Cáritas retoma 'Café y Calor' para las personas sin techo

ANGÉLICA GONZÁLEZ / Burgos
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El programa se suspendió por la pandemia y se ha recuperado con algunos cambios. La ONG empieza a detectar nuevos perfiles de gente que vive en la calle

Ángel Mata y su perro Ton la puerta de una entidad financiera, en el Espolón. - Foto: Valdivielso

Dentro del programa que Cáritas tiene para ayudar a las personas sin hogar, hace unos años se puso en marcha una experiencia denominada Café y Calor. Consistía en que un grupo de voluntariado de la entidad salía dos o tres noches por las calles con un termo y unos dulces, buscaban a quienes dormían en un portal o en un cajero, se presentaban, les ofrecían un café y unas pastas y si la persona lo aceptaba entablaban una conversación con ella. El objetivo último era convencerla para que pasara la noche en la Unidad de Mínima Exigencia (UME) que la organización católica abre entre noviembre y mayo para evitar que haya personas que duerman en la calle cuando el termómetro marca muchos grados bajo cero -algo que muchas veces se conseguía- y más a largo plazo, que iniciara un programa más ambicioso, de manera que pudiera acceder a ayudas económicas, a atención sanitaria, rehabilitación si fuera precisa y a un empleo y una casa. De esta manera, Cáritas también se hacía una idea cabal de cuántas personas no tienen un techo en la ciudad y, así, orientar su trabajo de la forma más conveniente.

La pandemia terminó con Café y Calor, pero hace un mes se ha retomado con algunos cambios. Para evitar contagios, ya no se ofrecen ese café y esos bollos, y los recorridos por la ciudad se hacen por la mañana y a media tarde y no de noche, debido al toque de queda implantando como medida de choque contra el avance del virus. "Estábamos esperando a ver si el toque de queda se alargaba o se quitaba para hacer la actividad por la noche, pero como vimos que todo se estaba perpetuando en el tiempo optamos por reanudarlo no solo porque los voluntarios ya lo pedían sino porque nos estamos encontrando con una realidad, y es que hay gente nueva en la calle", afirma David Alonso, educador social responsable de varios de los proyectos incluidos en el Programa de Personas sin Hogar.

Ya habían notado que en lo que ellos denominan la acogida, es decir, una de las puertas de entrada a Cáritas, en su sede de la calle San Francisco, había caras nuevas, y también sabían que al salir por la mañana el perfil que se iban a encontrar iba a ser diferente ya que hace tres años iniciaron una actividad de educación de calle y eso les dio una cierta experiencia: "Por las noches, nos encontramos al que realmente no tiene nada y está muy deteriorado; ahora por las mañanas, también vemos a estas personas, pero, además, a gente que está en la cuerda floja, que está durmiendo en una casa ocupada, en una infravivienda o en un piso compartido porque no tiene recursos suficientes. Y estamos viendo gente a la que no conocíamos: de una media diaria de seis o siete personas, dos o tres son nuevas, que es mucho". Cree que está por ver que sean los primeros damnificados del efecto colateral económico de la pandemia "porque esos van a tardar aún algo en venir": "Lo que estamos viendo ahora es gente que estaba muy muy en el alambre y que se ha caído, pero la gente que se va a caer, la ola fuerte, aún no nos ha llegado, como ocurrió en la otra crisis, que en 2008, 2009 y 2010 no llegaron, pero que luego se precipitaron en el 2012 y el 2013, que fueron los peores años".

Adrián y su perra Luna, a las puertas de una tienda de zapatillas de deporte en la calle Santander. Adrián y su perra Luna, a las puertas de una tienda de zapatillas de deporte en la calle Santander. - Foto: Valdivielso

De momento, los recorridos se están haciendo por el centro, pero la idea es, a medio plazo, hacer también una visita semanal por el barrio de Gamonal. Las calles comerciales y los supermercados son los lugares donde más personas sin techo se encuentran: "En los supermercados lo más habitual es que sean personas que malviven con una pensión no contributiva que no les llega para pagar la luz -que ha subido-, los alimentos -que han subido- o el resto de suministros, que necesita una vivienda, pero que todavía no han dado el paso de acercarse aquí".

La clave del acercamiento en Café y Calor es, explica David Alonso, generar confianza y un vínculo y a partir de ahí preguntar a la persona qué necesita y en qué se le puede ayudar: "Se empieza por las necesidades básicas, ropa, comedor... y cuando se genera ese arraigo se plantean otras cosas como arreglar documentos, solicitar ayudas públicas o intervenir con las familias para poder propiciar un acercamiento". Lo saben bien las voluntarias Sara Castro, educadora social y estudiante de Trabajo Social, y Amalia León, estudiante en prácticas de 4º de Terapia Ocupacional de la UBU, que el pasado martes salieron a media mañana por el centro para echar un rato con Adrián, de 45 años, y con Ángel Mata, de 72.

El primero es ya un viejo conocido de las personas que atraviesan a diario la calle Santander. Allí está con su perra Luna, que es lo más importante de su vida y quiere que se sepa que se gastó todo el dinero ahorrado para el pago del alquiler de la habitación donde duerme para que al animal lo operaran porque tomó un trozo de comida envenenada. Cuatrocientos euros le costó la intervención y él los puso sobre la mesa del veterinario.

Originario de Bucarest (Rumanía), lleva muchos años pidiendo en la calle. Por suerte, y gracias a una generosa mujer de nombre Blanca, no duerme a la intemperie porque le alquila una habitación y hace la vista gorda cuando no puede pagar. Esta señora está colaborando con Cáritas para arreglar el papeleo necesario para que Adrián cobre una pensión.

Cuando Sara y Amalia se acercaron y se sentaron con él en el suelo junto a la puerta de una tienda de zapatillas deportivas aceptó de buen grado su compañía. También la de Diario de Burgos a quien autorizó para ser fotografiado. Las voluntarias le preguntaron si tenía ropa para cambiarse y comida -y les dijo que sí-, le recordaron que existe un ropero y un economato donde se puede surtir, le preguntaron por su salud (parecía que tenía las manos hinchadas) y le dieron una mascarilla nueva porque la suya estaba hecha trizas. Él insistió en que duerme bajo techo y que tiene provisiones de sobra, que a su perra no le falta de nada, pero que la vida en la calle es muy dura. El platillo con el que recoge monedas tenía una de veinte céntimos y dos de cinco cuando llegaron las voluntarias y cuando se fueron, una viandante había puesto un euro más. Adrián nos contó que al día suele sacar entre cinco y diez en total.

Territorio Espolón. Con la misma dulzura con la que habían tratado a Adrián, Sara y Amalia entablaron charleta con Ángel Mata, un burgalés de 72 años que no había metido nada caliente al estómago y era ya la una de la tarde. También le acompañaba un perro, este de nombre Ton, un compañero inseparable y la causa de que no duerma en el albergue, donde no se aceptan animales. Este asunto, el del inquebrantable apego que muchas personas de la calle tienen a sus perros hasta el punto de que rechazan ir a un comedor o dormir en una cama porque en los dispositivos sociales no se aceptan animales, está sobre la mesa de Cáritas desde hace tiempo para buscarle una solución.

Mata nos contó que era del barrio de San Esteban, que había trabajado varios años en una conocida multinacional de donde le echaron por circunstancias en las que no quiso entrar y que desde entonces está en la calle. Cobra una pensión no contributiva de 350 euros y 200 se le van en el alquiler de una habitación. Le invitamos a un café que llegó con el bollito de cortesía de una terraza cercana, lo desenvolvió y se lo dio a Ton, que tardó milésimas de segundos en comérselo. Sus planes de esa mañana pasaban por conseguir algunas monedas para comprar un bocadillo porque la idea de subir al comedor de San Vicente de Paúl estaba descartada de plano. "Sin Ton no voy a ningún sitio".