Diez horas de naufragio

G.G.U.
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El burgalés Iván Santamaría pasó la noche del 4 de julio flotando en el Pacífico, frente a las costas de Colombia, con un bebé de un año a su cargo. Una plancha de fibra de carbono fue su salvavidas. En el suceso murieron 5 personas

Diez horas de naufragio - Foto: Alberto Rodrigo

Hoy hace un mes que Iván Santamaría, ingeniero informático burgalés de 34 años, compró el billete de Bogotá a Madrid que puso punto y final a su propósito de dar la vuelta al mundo. El viaje comenzó en enero con un robo en Bariloche (Argentina) y terminó con un naufragio en Buenaventura (Colombia), lo cual le hizo llegar a la conclusión de que «hay cosas más importantes en la vida. El objetivo era aprender y, al final, te das cuenta de que de esta manera lo único que haces es ver sitios y retrasar lo inevitable, que es volver a la vida real». En su caso, eso implicaba procesar el fin de una relación y la búsqueda de un nuevo trabajo para retomar su día a día en el punto en el que lo dejó, como consultor para la Comisión Europea afincado en Bruselas. Ahí comienza el relato que termina con una noche flotando en el Pacífico, con un bebé a su cargo y con una mujer y su hija adolescente aferradas a la misma tabla de salvación. Diecisiete personas sobrevivieron, pero cinco murieron «por pura negligencia».
Santamaría explica que llevaba años trabajando para la dirección general de Competencia de la Comisión Europea cuando, junto a su pareja, decidió hacer un paréntesis para recorrer el mundo. Al poco de empezar, ella aceptó un empleo en un cuerpo diplomático y Santamaría siguió solo con el itinerario previsto:Argentina, sur de Uruguay, Chile, Perú, Bolivia, Ecuador, Colombia, Panamá, parte de Estados Unidos, Vietnam, sudeste asiático y, hacia octubre o noviembre de este año, Europa otra vez. Salvando imprevistos como el robo en Bariloche o un atraco en Cali, las cosas iban según lo esperado; su único pesar era que iba a abandonar América del Sur sin haber visto ballenas y algún «imperdible». Así que a última hora se animó a seguir a Nuquí a un compañero de fatigas del País Vasco al que había conocido en la travesía. El cambio de plan conllevaba un viaje de 22 horas en barco siguiendo el litoral colombiano desde Buenaventura «para poder ver la costa del Pacífico y alguna ballena».
Pero cuando llegaron al puerto el 4 de julio, su barco le dio «mala espina» porque «parecía una lata de sardinas» que, sin embargo, no dejaban de cargar. «Salió casi con una hora de retraso (19.00 horas) y seguían echando cosas. En cuanto soltaron amarras, se inclinó hacia delante», dice, recordando que otro pasajero comentó que eso iba a obligar a navegar más despacio. «Después supe que nunca tendríamos que haber salido porque hay que zarpar con marea alta y ya íbamos fuera de tiempo», asevera.
A la sobrecarga siguió otro «error» que le indigna aún más. «Antes de abandonar la bahía de Buenaventura nos paró la Armada, porque, al parecer, la embarcación iba por debajo de la línea de flotación». Así que, cuando -para su alivio- ya creía que los iban a mandar de nuevo al puerto, comprobó que les dejaron seguir. Fue la segunda negligencia y, a partir de ahí, los acontecimientos se precipitaron.
Santamaría recuerda ahora que se «acomodó» en su litera y se puso música, pero en cuestión de minutos notó que los motores habían parado y que no había luz. «Abrí los ojos y estaba en vertical», dice, recordando que lo primero que hizo fue coger el pasaporte y metérselo en los calzoncillos para, de inmediato, tratar de poner la funda sumergible al móvil y salir. Ya no había duda de que se hundían pero explica que él estaba tranquilo porque «se veía la costa» y siempre creyó que, en caso de no llegar nadando, el rescate sería cuestión de minutos. «Era increíble lo tranquilo que estaba», recuerda ahora, con una media sonrisa.
No oculta que en todo momento pensó en ir por su cuenta para garantizarse la supervivencia, pero en el barco viajaban menores y, en plena huida, una mujer con un niño de 5 años imploró que alguien se encargara de su bebé de un año, Caleb. Nadie contestó, así que Santamaría se vio obligado a ofrecerse mientras trataba de ayudar a soltar los dos botes salvavidas: uno quedó atado y el otro boca abajo. De los chalecos no había ni rastro, así que saltó al agua con el crío antes de que el barco los succionara mientras se hundía.
sin aviso. En esos instantes pudo agarrar una placa de «fibra de carbono» que, cree, fue una puerta del barco y se agarró como pudo. Una decisión que también tomaron una mujer, Ana Elsa, y su hija de 14 años, Hillary Tiffany. Ellas por un lado y Santamaría con el niño por el otro; los dos adultos sujetando la tabla con el cuerpo bajo el agua y solo la cabeza fuera. «Ana Elsa vio claro desde el principio que era cuestión de aguantar, se colocó tras su hija y así se quedó», recuerda el burgalés, que dedicó los primeros momentos a tratar de recuperar objetos flotantes con las piernas y a evitar que el pequeño se sumergiera. «Ese niño resistió porque quería vivir, lo único que yo hice fue mantenerlo fuera del agua», recuerda, admitiendo que él estaba en una posición que le permitía flotar con las olas, pero que a los otros tres la marea les daba de cara, por lo que tragaron mucha agua con petróleo.
«Se suponía que, según nos hundíamos, habían dado el aviso y siempre creí que iban a venir a por nosotros», explica el burgalés, que empezó a sospechar que nadie sabía nada de ellos cuando vieron a dos o tres barcos pasar de largo. Ahí empezó a convencerse de que la cosa iba para largo y, una vez que las aguas amainaron, pudo colocar al bebé sobre la tabla, para que lo calentara la adolescente. «Yo me dediqué a flotar. Y me acordé de las clases de meditación que nos daban en la Comisión, lo cual me ayudó mucho, porque era cuestión de cabeza», comenta.
Hacia las 06.30 horas constataron que, por fin, los estaban buscando y toda la ira acumulada explotó. «Se acercaron en unas lanchas a toda velocidad y casi nos pasan por encima», rememora, indignado por la ausencia inicial de iniciativa de «aquellos militares fuertotes, que se limitaron a tirarnos una cuerda», que cogieron para ponerse a salvo. A las 08.30 horas estaban en el hospital y supieron que, tanto la madre como el hermano de Caleb también habían sobrevivido. «Estaba agotado, pero tranquilo porque salvé el pasaporte, la cartera con las tarjetas y, sobre todo, porque hubiera preferido morir a pensar que no pude salvar al niño», asegura, convencido de que su naufragio fue suficiente aprendizaje y que ahora toca vivir. Sin más.