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El misterio del silencio

R. Pérez Barredo / Burgos
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En los espacios inaccesibles al turismo de la Cartuja de Miraflores viven aislados del mundo 26 monjes que dedican su vida de ermitaños a la oración y al estudio en soledad y en silencio

Escenas cotidianas de la rutina de los monjes cartujos, hecha toda de recogimiento y sosiego. - Foto: Fotos de la obra: ‘Diálogos en la Cartuja’

Cada día, decenas de autobuses y coches ascienden entre frondosos pinares la sinuosa carretera que llega hasta la Cartuja de Miraflores. En ese alcor recóndito el monasterio se aparece luminoso, silente, con su sobria figura recortada contra el cielo como un tótem de piedra. En torno al crucero de su antesala se desatan los flashes de las cámaras mientras van entrando y saliendo los turistas entre animadas conversaciones. Es alegre el entorno de la abadía.

En su interior, donde descansan los padres de la reina Isabel la Católica con la eternidad de alabastro que les procuró Gil de Siloe, también es importante el trajín, las visitas guiadas, los grupos, las exclamaciones de admiración a propósito de las magníficas obras de arte que allí se exhiben.Sin embargo, el espacio que puede visitar el público en este monasterio burgalés es muy reducido. Al otro lado de esos muros, mucho más espacioso, el mundo es bien diferente. A ese otro lado, además, reina el silencio. Y la soledad. Y el misterio.

A ese otro lado del espejo moran los cartujos, que acaban de celebrar el 500 aniversario de la canonización de su fundador, San Bruno, aquel monje que en el sigloXI se ocultó a los ojos de la sociedad para consagrar su existencia a Dios y a rezar por las necesidades del mundo en el silencio y la soledad de una ermita. Aquellos valores se han mantenido vivos desde entonces: esta orden de ermitaños casi invisibles para la sociedad ha perpetuado ese espíritu ascético y vive según las reglas del fundador, exactamente igual que hace mil años.

En la Cartuja de Miraflores viven en la actualidad 26 monjes profesos. El más joven de todos tiene 37 años y el más anciano, 92. Estos hombres viven en un estado de aislamiento casi absoluto. Nada interrumpe la rutina de sus días, que siempre, salvo excepciones, es la misma. Esa regularidad, señalan fuertes cercanas a los monjes, permite al alma del cartujo centrarse en lo esencial, porque de esta manera aprende a acompasar su vida al ritmo sosegado de las estaciones y de los tiempos litúrgicos.

Para los monjes cartujos, el silencio y la soledad son custodiados con celo. Este periódico se ha acercado todo lo que ha podido a ellos, a su forma de vida anacoreta, tan singular en el mundo de la globalización y las comunicaciones. El silencio y la soledad son la regla fundamental de este grupo de hombres que pasan en su celda la mayor parte del día y de la noche, dedicando la mayor parte de sus horas a la oración y al estudio. Las celdas (también llamadas ermitas) no son pequeñas; más al contrario, son casitas, generalmente de dos plantas, con espacio para el estudio, la oración y el descanso.

Cada celda cuenta con un pequeño huerto, una sala de estudio, un oratorio con un reclinatorio, un taller de carpintería con un torno y un banco de madera. Además, cuentan con un armario-mesa con los útiles necesarios para la comida, una estantería para libros, una silla y una cama. La amplitud del espacio, que es austero y humilde, se explica por el carácter eremítico de la orden cartuja: el monje pasa casi toda la vida en la celda.

Es allí, en su pequeño universo, donde éste busca a Dios. La celda, dicen ellos, es el puerto resguardado donde reina la paz, el silencio y la alegría: el ambiente más adecuado para la oración y la mirada contemplativa. Estas estancias son austeras, humildes.

El día a día

Nos han explicado que el cartujo se acuesta muy pronto, entre las siete y media y las ocho de la tarde. Cuatro horas después, a las once y media de la noche, se levanta y comienza su jornada. Después de asearse y de orar en su celda, a las 0,15 horas la campana de la torre convoca a los monjes a la oración de la noche en la iglesia: son los Maitines y los Laudes, oraciones cantadas, compuestas de salmos, lecturas de la Sagrada Escritura y de los Santos Padres, preces y oraciones por las necesidades del mundo y de la Iglesia. Este largo oficio litúrgico de la noche es muy apreciado por los monjes, cuando el silencio de la noche invita a una oración más fervorosa. Se prolonga hasta las dos y cuarto o incluso las tres de la madrugada.

De vuelta a su ermita el cartujo hace una breve oración a la Virgen María en su oratorio y se acuesta sin tardanza. A las seis y media de la mañana se levanta y dedica esas primeras horas a la oración. A las ocho se reúne la comunidad en la iglesia para la Misa, que siempre es cantada, y donde el aspecto comunitario de la orden se hace visible. La mañana transcurre en la ermita, dedicados los monjes al estudio, la lectura meditada de la Biblia, y al trabajo manual. La hora de la comida es a las once y media, y la tarde sólo se interrumpe para cantar en la iglesia del templo el oficio litúrgico de Vísperas.

 También realizan los cartujos actividades manuales como encuadernación, carpintería, o fabricación de velas, rosarios y otros productos artesanales, además de cultivar una huerta de la que se autoabastecen. Asimismo, desarrollan tareas cotidianas de cocina, sastrería, lavandería y labores de mantenimiento para la conservación del monasterio.

Dicen los cartujos que su vida es un misterio afín al misterio de Dios; que, más allá de todo ideal, el monje busca a Dios, vive para él, en cuerpo y alma. Y que este y no otro es el único secreto para alcanzar esa comunión mística y pura. Silencio, espiritualidad del desierto. La soledad interior es el camino y el fin. Está escrito en el escudo de la orden: La Cruz permanece mientras el mundo pasa.