Volver a estar encerrada a los 99

M. Trespaderne (EFE)
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Rosario vivió tres años confinada durante la Guerra Civil, un tiempo del que, recuerda, "al menos sabías lo que ocurría" y cuál era la solución

Volver a estar encerrada a los 99 - Foto: Nieves Navarro

Rosario tiene casi un siglo y dos reclusiones a las espaldas. Durante la Guerra Civil se encerró tres años en tres casas distintas de Madrid, viendo pasar las desgracias desde la ventana a golpe de aguja de tejer. Ahora, recluida en su piso, se confiesa triste porque luchamos «contra una cosa muy absurda». 
Avi, como la llaman sus seis hijos y 10 nietos, un apodo que arrincona ya su verdadero nombre, pasa estos días mucho tiempo sentada frente a la tele de su piso en Madrid. Normalmente no para, entra y sale, sube y baja, pero esta pandemia la tiene algo decaída. «El otro día salían los que iban cayendo y terminaban en 94 años. Y pensé: ‘Me he pasado, ni siquiera me ponen’», bromea.
Aunque es inevitable, la entrevista no era para hablar de los datos de virus, sino de su experiencia en la Guerra Civil, de cómo ella ya vivió confinada, un tema que abraza con cabeza clara y recuerdos que se amontonan a pesar de que entonces era solo una adolescente.
Cuando estalló, en julio de 1936, vivía con sus padres y sus dos hermanos en el Paseo del Pintor Rosales. Entonces «el padre ya dijo: ‘¡A cerrar todo!’». «No salíamos ni a la ventana ni cogíamos el teléfono» porque no sabían quién podía estar al otro lado. En dos meses les echaron del piso. Estaba en primera línea de guerra y los republicanos temían que desde allí pudieran hacer señales por las ventanas. Les obligaban a dormir amontonados en unos trasteros.
De ahí se marcharon, «con lo puesto», a otro prestado, pero al poco las bombas no dejaron ni un cristal vivo en las ventanas. Finalmente aterrizaron en el de otros conocidos. Ocho personas entre padres, dos hermanos, una tía y dos «muchachas» agolpados en dos habitaciones.
«La verdad es que pasé mucho miedo y la angustia de que no terminaba nunca. Aquello fue muy largo, pero lo que veo diferente es que allí sabías lo que ocurría, que a estos les ha pasado aquello, que han bombardeado ahí... pero ahora la lucha es contra una cosa muy absurda que no sabes lo que es», asegura. «Bueno, sí lo sabes pero nadie conoce el arreglo», corrige Avi, y acto seguido suelta un descargo para su infrecuente pesimismo: «Es que a estos años, qué quieres que te diga, me pilla muy mayor».
La guerra es «una cosa horrible» y no se puede comparar a lo que está ocurriendo ahora, afirma. «Era un miedo a que vinieran y te llevaran, ahora es por un bichito», apunta, aunque confiesa que está atemorizada por una enfermedad que también se lleva a la gente, solo que de otra manera. «Estar en casa no me importa, me cuesta el pensar que no va a mejor y que pobrecillos los de las residencias, eso es lo que me pone triste», explica.
Estos días Rosario intenta desconectar de los informativos. Tejer ya no puede porque sus dedos artríticos no le dejan, pero intenta no perderse un día en el balcón, a las ocho, aplaudiendo desde su atalaya, forrada para no pasar frío.
Y vaticina lo que vendrá cuando todo esto acabe. En la guerra, recuerda, «fue una alegría que no se puede comparar con nada». «En Madrid todo el mundo se volvió medio loco, no sabes, la gente joven se daba besos con los militares». «Yo no, que yo tenía 15 años», añade, coqueta y más animada.