El mejor plan, quedarse en casa

Sol Carreras (EFE)
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La imaginación y las redes sociales se convierten en las aliadas para pasar los primeros días sin salir del hogar, desde donde se observa una inusual estampa de las calles de la ciudad

El mejor plan, quedarse en casa - Foto: Jesús HellÁ­n

El coronavirus ha logrado lo que mi madre llevaba años pidiéndome: que descansara al menos un día del fin de semana sin salir de casa ni hacer planes. Lo que no me imaginaba es que ocurriera en estas circunstancias, con las calles de Madrid semidesiertas y arropada por amigos y vecinos en la distancia.
Tras una semana de mucho trabajo, estaba deseando que llegara el sábado para descansar. Es algo que siempre me propongo y pocas veces consigo porque en mi ansia por hacer planes de todo tipo acabo brecargando la agenda.
Para este fin de semana, de hecho, tenía previstas varias quedadas con amigos que poco a poco fuimos anulando a medida que iban aumentando las restricciones y la conciencia ciudadana para contener la propagación del coranavirus.
El cierre de los centros educativos el pasado martes nos hizo cambiar el chip a muchos madrileños que hasta ese momento no terminábamos de ser conscientes de la gravedad de esta crisis. El viernes, con la decisión de cerrar todos los comercios que no fueran de primera necesidad, no quedaban dudas: había que quedarse en casa, era lo más sensato y responsable.
Totalmente convencida, me confiné en mi domicilio el viernes por la noche, a pesar de que mi curiosidad me tentaba con la idea de salir a recorrer las calles de un Madrid semivacío, algo inédito.
La televisión y las redes sociales han sido mis ojos de cara al exterior, y el teléfono móvil mi gran aliado para captar el estado de ánimo de la gente a través de llamadas y notas de audio.
Gracias a Whatsapp e Instagram he comprobado que el ingenio de los ciudadanos se agudiza en tiempos de crisis: una amiga ha organizado videollamadas para que su hijo pequeño pueda seguir jugando en la distancia con sus compañeros, otra se ha apuntado a las clases virtuales de su gimnasio y bastantes conocidos se han tomado cañas y cafés virtuales con los suyos. Esta idea me ha parecido maravillosa y pienso copiarla con mis mejores amigos, con los que ayer organicé una merienda vía Skype.
Es el único plan de un fin de semana de encierro voluntario que, de momento, agradezco. Puede que dentro de dos semanas la soledad de mi casa acabe siendo una carga, pero ahora mismo valoro el silencio y la tranquilidad. Pienso, además, que soy afortunada por tener una casa en buenas condiciones donde quedarme, aunque sea pequeña. Otros no tienen esa suerte, como un chico al que me encontré pidiendo en la puerta de un supermercado.
Tardé en abandonar mi hogar para hacer la compra porque pensé que a última hora ya no habría aglomeraciones en los comercios de alimentación. Estaba en lo cierto, aunque lo que no evité fue encontrarme algunas estanterías semi vacías. Ni rastro de papel higiénico, pero tampoco de palomitas. Imagino que más de uno había tenido la misma idea que yo de montar su propio cine en casa.
Me dio apuro hacer ruido al abrir la puerta de mi casa para salir al descansillo. Me daba la sensación de que estaba haciendo algo ilegal, aunque mi salida estuviera más que justificada porque ya no me quedaba casi nada en la nevera. Como iba empujando un carrito de la compra, mi misión era evidente, pero me preguntaba qué hacían fuera las pocas personas que me encontré paseando.
No reconozco la estampa de mi propio barrio un sábado por la tarde. Los cines de la calle Fuencarral, en el centro de Madrid, están cerrados y pese al buen tiempo todas las terrazas están desmontadas.
Me doy cuenta de que nunca me había fijado en tantos detalles al  caminar por la calle y de que no me había sorprendido hasta ahora por escenas más o menos cotidianas, como la de una pareja besándose en público. Entonces, caigo de nuevo en la cuenta de que llevo una semana sin besar, abrazar ni ver en persona a mis seres queridos.
Contagiada por la ola de solidaridad, llamo a mi portera para preguntarle si sabe si algún vecino necesita ayuda. Me dice que todos están bien y que unos cuantos están organizando un karaoke en el patio para animarnos. El espectáculo coincide con el aplauso convocado en redes sociales desde los balcones y ventanas para dar las gracias a los profesionales sanitarios por su trabajo. Me uno entusiasmada.