Fila 12, asiento 23

SAMUEL GIL QUINTANA
-

OPINIÓN | Yo creo que lo peor de que Agapito Bustillo se haya ido es que el amor que sentía por estos colores no puede compararse con nada

Antes del encuentro ante la Cultural Leonesa se guardó un minuto de silencio. - Foto: Jesús J. MatÍas

Desde su butaca en la vieja Tribuna de El Plantío, Hermenegildo Rodríguez Costa tiene que encorvarse ligeramente para contemplar, de cerca y con todo lujo de detalle, el obsequio que Manolo Salvador le ha regalado a la memoria del socio número 1 del Burgos Club de Fútbol. "Es por Bustillo", musita dolido, poco antes de recostarse de nuevo en su butaca. Tan solo una fila más abajo, sobre el asiento número 23, ha florecido una gran rosa que rinde homenaje a una ausencia. Majestuosa, la flor se yergue juncal hacia el cielo, como si hubiese alguien ahí arriba esperando para poder agarrarla. 

Agapito Bustillo se ha marchado, como ocurre siempre, demasiado pronto. Tenía 77 años. "Fuimos socios fundadores", recuerda Hermenegildo. En efecto, juntos habían tomado parte fundamental en el proceso de refundación de la entidad en 1994. 

Quizá por eso cuando el estadio, prácticamente lleno, hace la ola, estalla en júbilo o, simplemente, recuerda épocas pasadas, la imponente rosa abre sus pétalos y desprende todo su aroma tornándose colosal, extraordinaria. Será el alma de Agapito, que ha bajado de vuelta, cansado de contemplar la fiesta a vista de pájaro. Ahora, desde la fila 12, junto al palco de autoridades que un día fue su casa, el perfume de alegría se extiende, primero, entre aquellos que tanto le extrañan. 

En el asiento que ocupaba Agapito Bustillo se depositó una rosa en recuerdo del socio nº1 del Burgos CF. En el asiento que ocupaba Agapito Bustillo se depositó una rosa en recuerdo del socio nº1 del Burgos CF. - Foto: @Burgos_CF

Dice Sabina en uno de sus poemas que lo peor del amor, cuando termina, son las habitaciones ventiladas. Yo creo que lo peor de que Agapito Bustillo se haya ido es que el amor que sentía por estos colores no puede compararse con nada. Si acaso con la mirada orgullosa de Hermenegildo: recordando, atónito ante el fervor mayúsculo de 10.000 personas, a su eterno compañero de grada.