El 70% de quienes han superado un infarto sufren ansiedad y depresión

Angélica González / Burgos
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El Teléfono de la Esperanza gestiona desde 2004 un programa que se ocupa del estado de ánimo y la atención psicológica de los post-infartados con terapias individuales y de grupo. Más de 700 personas, casi todos varones, lo han usado en este tiempo

Un hombre hace ejercicio en unos aparatos de gimnasia del Paseo de la Quinta. - Foto: Valdivielso

Que sobrevivir a un infarto de miocardio es, objetivamente, una suerte no hay quien pueda discutirlo. Pero existen  personas que en vez de celebrar la segunda oportunidad que les ha dado la vida se desestabilizan emocionalmente, se encierran en sí mismas y presentan cuadros de ansiedad y depresión que les impide llevar una buena calidad de vida y les acarrea importantes conflictos familiares. Muchas personas. Casi el 70% de los post-infartados sufren algún episodio de ansiedad o depresión según explican en el Teléfono de la Esperanza. Esta institución benéfica conocía bien este fenómeno porque muchas de las llamadas que recibían estaban relacionadas con él. Así que, diagnosticado el problema y no existiendo un servicio en la sanidad pública que pudiera ofrecer una solución (salvo, en ocasiones puntuales, consultas psicológicas aunque, debido a la demanda, muy distanciadas en el tiempo), en el año 2004, la veterana organización instaura su Servicio de Ayuda y Orientación para Post-Infartados (SAOPI). Desde entonces, más de 700 pacientes han pasado por allí. El año pasado, según su memoria, atendieron a 158 afectados. En su inmensa mayoría, por no decir todos, son varones entre los 50 y los 70 años, a pesar de que la realidad del infarto apunta a que, a partir de una determinada edad, la prevalencia se iguala entre los sexos, según apunta el psiquiatra Enrique Romans, coordinador del servicio.
«El miedo y la ansiedad son muy frecuentes y casi un efecto colateral para quienes han pasado una enfermedad tan grave como ésta; piensan que les puede volver a ocurrir, se obsesionan con cuándo les repetirá, no saben qué hacer y se angustian mucho. Es cierto que al alta, en el hospital se les da unas pautas sobre la vida que deben llevar pero son muy genéricas:  hacer ejercicio, no fumar, hacer unas comidas equilibradas... y no suelen tener que ver con el estado de ánimo y el aspecto psicológico», explica Romans, que es también vicepresidente del Teléfono de la Esperanza.
El psiquiatra recuerda que para montar el SAOPI se inspiraron en unos programas que existían en el hospital madrileño Gómez Ulla y en el Clínico de Barcelona, «que tenían unidades integradas en los propios servicios de Cardiología que funcionaban muy bien». Así, con esa guía comenzaron a ofrecer ayuda psicológica para resolver dudas y preocupaciones, reencauzar la vida laboral, familiar y social de los afectados y conocer bien los factores de riesgo para evitarlos. El sistema de trabajo se basa en encuentros periódicos y personalizados primero con los pacientes; después se escucha a sus acompañantes (suelen ser las mujeres las que llaman pidiendo ayuda y ‘empujan’ al post-infartado a acudir) y, más adelante, una terapia de grupo en la que cada quien cuenta su experiencia.
«Siempre hemos sido un programa complementario a la atención que los usuarios reciben en el hospital. En su día, cuando lo pusimos en marcha, lo comunicamos en el entonces Hospital General Yagüe y allí les pareció una idea fenomenal y nos atendieron muy bien pero jamás nos han mandado a ningún paciente. La gente que llega aquí es por el boca a boca o porque lo ve en los anuncios del Diario de Burgos o lo escucha en la radio», añade Romans, que desconoce a que se debe esta situación de que no acuda al SAOPI ningún paciente por haber sido informado desde Cardiología del Hospital Universitario.
El estado en el que llegan los post-infartados es duro: tienen un  gran abatimiento, una angustia muy grande, han sufrido crisis de ansiedad y algunos están en depresión: «También hay problemas de tipo familiar porque la persona cambia: lo que hacía habitualmente ya no lo hace, deja de trabajar, muchas veces no sabe cómo emplear su tiempo libre, tiene miedo a hacer ejercicio cuando realmente es lo que les conviene, no sabe qué comer y qué no comer... Todo esto distorsiona la vida cotidiana, como, por otro lado, ocurre con todas las enfermedades crónicas».
El programa incluye charlas de expertos y buenos consejos sobre la salud: se insiste en la necesidad de dejar el tabaco (hay personas que siguen fumando incluso después de haber sufrido el episodio cardíaco), llevar una dieta adecuada adaptada a su circunstancia y hacer ejercicio físico, sobre todo caminar «pero no como el que va mirando escaparates sino andar en serio y establecemos un plan con controles de pulso, tensión arterial o fatiga». Todo esto siempre teniendo en cuenta el criterio del cardiólogo que lleva el caso de cada paciente y conociendo su situación particular, precisa Romans.

«Mi vida se ha acabado»

 

Muchos post-infartados consideran que tras superar el episodio «su vida se ha acabado». Esto ocurre, como manifiesta el psiquiatra Enrique Romans, sobre todo en hombres muy estresados: «Se trata de gente muy volcada en su trabajo, con mucho estrés, que es uno de los factores importantísimos que pueden desencadenar un infarto». A este grupo de nerviosos  les da pautas para controlar el estrés «e incluso hablamos con el entorno laboral por si se pueden mejorar algunas circunstancias en el momento de la reincorporación».
El espíritu que recorre el SAOPI, tal y como lo dice en sus folletos publicitarios, es «hacer de la ilusión  y la superación nuestra bandera». Desdramatizar, en una palabra. Hacer que el hombre que ha tenido la suerte de salir bien de un infarto interiorice que no hay problema por volver a alternar  con los amigos aunque tenga que tomarse una cerveza sin alcohol o un vaso de agua y que tiene continuar haciendo lo que antes le gustaba «aunque con moderación» e incluso, en ocasiones especiales, permitirse algún lujo controlado.