Mucho Malikian

R. Pérez Barredo
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El virtuoso violinista libanés es un verdadero animal sobre el escenario. - Foto: Alberto Rodrigo

El virtuoso violinista libanés hechiza el Coliseum con su energía y talento en una noche inolvidable. La acústica, tanto en el foso como en la grada, sonó muy mejorada

El tipo es en sí mismo un espectáculo; a su virtuosismo, a su deslumbrante talento con el violín, añade una energía de origen misterioso, que acaso tenga que ver con su atribulada biografía y que tal vez tenga su génesis en aquel garaje de su infancia en el que se recluía con su familia para hacer música mientras las bombas caían sobre Beirut. Ara Malikian es, además, un hechicero, un cautivador de los pies a la melena: anoche embrujó durante más de dos horas a las tres mil personas que se citaron en un Coliseum de mejoradísima acústica tanto cuando quemaba las cuerdas del violín como cuando interpelaba al público entre tema y tema, revelándose el músico libanés como un mologuista desternillante y surrealista.
Arrancó el concierto con un tema de una belleza casi dolorosa, ejerciendo de prestidigitador; era una melodía lenta y triste que terminó transformándose en algo volcánico cuando Malikian entró en combustión desatándose casi con locura sobre el escenario, sacando humo del violín, dando saltos y tirándose por el suelo. La puesta en escena fue espectacular. Pero fue un prólogo a la altura de la noche que se avecinaba. La complicidad que exhibe con los musicazos de su banda convierte el espectáculo de Malikian en algo rotundo, pluscuamperfecto, como acreditaba cada ovación del público, entregado desde el primer minuto. Por momentos, parecían una banda de rock veterana, unos Stones de las cuerdas. Daba igual si la canción era un vals de Tchaikovsky que uno de esos raros temas de Björk: lo que Malikian y los suyos hacen con la música es magia.
El bolo cuenta con un atractivo añadido: entre canción y canción, Malikian regala pasajes de su vida de trotamundos en los que mezcla realidad y ficción con un sentido del humor maravilloso que arranca carcajadas estruendosas. Las anécdotas que desgranó anoche no tuvieron desperdicio(como cuando, para poder tocar con un grupo de folk irlandés, tuvo que hacerlo vestido de castor para enmascarar su nada británico aspecto). Uno de los momentos más brillantes del concierto fue la interpretación de una espectacular y fascinante versión del temazo de Guns N’ Roses Sweet child o’ mine, que llevó el delirio a la grada y que arrancó la ovación más importante de la noche, antes del broche final. Ara lo hizo tocado con un sombrero como el que siempre exhibió Slash, el guitarrista de la banda liderada por Axel Rose. Deslumbró la intensidad de Malikian, su nervio constante, la pericia para tocar  como Dios el violín mientras salta o corre o se hinca de rodillas en el suelo, exhibiendo un estado de forma de gimnasta olímpico. Noche inolvidable en el Coliseum. Mucho Ara Malikian. Grande, grande. Genial.