Seis años de un tiempo nuevo

Leticia Ortiz (SPC)
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Felipe VI ha intentado regenerar y modernizar la Corona desde su llegada al Trono en 2014, al tiempo que ha vivido como Jefe del Estado la cadena de hechos históricos que han sacudido a España

Seis años de un tiempo nuevo - Foto: Juanjo MartÁ­n

Un Parlamento cada vez más fragmentado que tuvo al país casi un año con un Gobierno en funciones; un gran atentado yihadista en Barcelona; la primera moción de censura que derrocaba a un presidente del Ejecutivo y cambiaba el color del Gabinete; un referéndum ilegal en Cataluña que hizo temblar la unidad constitucional y que muchos señalan como el 23-F de su Reinado; la aplicación por primera vez del artículo 155 para intervenir una autonomía; un cuñado condenado a pena de prisión por corrupción; un Gobierno de coalición en el que tiene representación una fuerza de conocida ideología republicana; las dudas en torno a la fortuna de su padre por las que incluso renunció a su herencia personal... Y, para rematar la sucesión de hechos insólitos en la Historia reciente de España, una pandemia mundial que ha tenido a la nación bajo el estado de alarma durante más de cuatro meses. Los seis años de Felipe VI como jefe del Estado no han sido tranquilos, precisamente. 
«Una Monarquía renovada para un tiempo nuevo». Ese fue el lema que condensó las intenciones con las que Felipe VI asumía la Corona  tras la abdicación de su padre, el Rey Juan Carlos. Fue el 19 de junio de 2014 cuando el Hemiciclo del Congreso albergó la ceremonia de proclamación del nuevo Soberano teniendo como testigos de sus compromisos a los representantes de todas las instituciones del Estado. Los seis años transcurridos desde entonces, plagados de efemérides que están ya en los libros de Historia, han hecho realidad la llegada de esos nuevos tiempos, tanto para la institución monárquica como para la vida política, económica y social de un país que se parece poco o nada al que asistió a ese cambio en el Trono.
Obsesionado en su camino por la renovación y transparencia de la institución monárquica con el fin de que todo lo que rodeara a la Casa del Rey estuviera presidido por la ejemplaridad y la eficiencia, Felipe VI ha ido acometiendo cambios en Zarzuela (reducción de la Familia Real, auditorias externas de las cuentas, bajada de sueldos...) que han quedado sepultadas por la actualidad del país. Algo similar a lo ocurrido en la crisis sanitaria que aún sacude al país durante la cual los Reyes han realizado más de 200 actividades -entre visitas, mensajes, reuniones, gestiones, audiencias, llamadas y videoconferencias- que apenas han tenido hueco entre la abundancia de información derivada de la pandemia. Un trabajo silencioso desarrollado en todos los sectores de la economía y la sociedad española, desde las organizaciones empresariales a músicos conocidos como José Mercé o David Bisbal, pasando por sanitarios, deportistas, autónomos, militares... Solo actos presenciales, como la visita de Felipe VI al hospital de campaña montado en Ifema (Madrid) o el paseo de ambos Monarcas por Mercamadrid para conocer de primera mano el trabajo desde la madrugada del principal punto de venta de alimentos de España llegaron a la sociedad. Una sociedad que, antes de la pesadilla del coronavirus y según diversas encuestas, aprobada mayoritariamente la actuación del Monarca en sus primeros años en el Trono.


Mal momento

Si el Rey ha intentado insuflar aire nuevo en Zarzuela se debe en parte a que cogió las riendas de la institución en un momento no demasiado halagüeño, con el caso Nóos en plena ebullición (la Infanta Cristina acababa de ser imputado en la causa) y con las polémicas en torno a Don Juan Carlos (la célebre cacería en Botsuana seguía coleando). Por ello, la misión histórica de Felipe VI era, y aún sigue siendo, demostrar que la Monarquía sigue siendo útil para los españoles y que la institución «tiene la autoridad moral necesaria para el ejercicio de sus funciones». Con ello se comprometió en su discurso de proclamación. 
Una hoja de ruta que mantenía  al Rey con un perfil bajo en los primeros meses, quizá por ese trabajo en la sombra para regenerar la Corona. Sin embargo, la incertidumbre política de 2016, con cinco rondas de contactos con las fuerzas políticas y un candidato, Mariano Rajoy, que por primera vez rechazaba el ofrecimiento del Monarca de someterse a la investidura, y, sobre todo, el desafío independentista catalán rompieron los planes, devolviendo al Soberano al foco de la atención del país. Fue, precisamente, el órdago secesionista el que llevó a Felipe VI a comparecer de manera extraordinaria ante los españoles el 3 de octubre de 2017  para pronunciar un discurso con el que hacer frente a la «deslealtad inadmisible» de los dirigentes independentistas y ante la que defendió que «los legítimos poderes del Estado» aseguraran el orden constitucional. Fue su 23F. Esa es la reiterada comparación que se hace entre la intervención de don Juan Carlos la noche de 1981 en que tuvo un papel decisivo para frenar la intentona golpista del teniente coronel Tejero.
Apenas han pasado tres años de aquello... Y, sin embargo, parece una eternidad. Y es que los cambios en la política, la economía y la sociedad hacen que el referéndum ilegal del 1-O quede ya muy lejos. De nuevo volvió a comparecer el Rey de forma imprevista el pasado 19 de marzo para alentar a los españoles a unirse para superar el desafío más grande al que tanto él como el país se han enfrentado en este «tiempo nuevo»: el coronavirus.