El coronavirus deja un reguero de cierres en la hostelería

H.J.
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Aunque puedan ir reabriendo poco a poco, un buen número de locales están siendo víctimas de jubilaciones precipitadas o clausuras impuestas por la ausencia primero y la caída después de los ingresos

La cafetería Salamanca es una de las que ha cerrado estos días - Foto: Patricia

Solamente una pandemia de impacto global o una fortísima y repentina crisis económica serían capaces de dar al traste con la forma de ocio preferida por los españoles. En este caso la tormenta perfecta ha unido ambos factores y los negocios de la hostelería empiezan a ser unas de las primeras víctimas directas de la "nueva normalidad", ese eufemismo que durante unos cuantos meses promete seguir obligándonos a mantener las alertas encendidas.

Las tiendas llevan ya varias semanas vendiendo con cita previa, algunas habían tenido pequeñas aventuras en el comercio online y desde la entrada en la fase 1 ya pueden recibir a sus clientes aunque sea con precauciones, pero las cañas, los cafés y los pinchos lo tienen más difícil.

El coronavirus ya ha dejado un reguero de cierres en la hostelería de la capital burgalesa. No hay cifras definitivas, pero en el sector se barajan "al menos una veintena", con ejemplos en todos los barrios, de locales que han cerrado para no volver, al menos con sus mismos rostros detrás de la barra.

Son bares y cafeterías que no han sido capaces de resistir dos meses sin absolutamente ningún ingreso y que se enfrentan ahora a la lenta desescalada. Desde el día 25 de mayo pudieron reabrir con las terrazas al 50%, lo que ha supuesto un pequeño balón de oxígeno para las mejor situadas, las que son capaces de funcionar con menos personal o las que no tienen sobre su cabeza la pesada carga de un alquiler.

Sin embargo, les esperan demasiadas semanas de restricciones por delante mientras primero consiguen ampliar la terraza, después reabren el interior del bar con aforo restringido, luego pueden ir aflojando las limitaciones y finalmente consiguen traer de vuelta la confianza plena de los clientes. En el horizonte, además, espera una crisis económica para quienes no hayan sido capaces de recuperar los empleos perdidos en estos meses, con lo que el consumo de bienes que supongan pequeños lujos se resentirá notablemente.

Con todo ello, quienes estaban en la edad límite de jubilación y llevaban tiempo dándole vueltas al momento de dejarlo se han terminado de decidir. Sabedores de que la hostelería es un sector complicado y exigente, con horarios casi interminables y vacaciones siempre a cuenta del propio bolsillo, algunos de los que llevaban pequeños negocios como autónomos han acabado dando el salto hacia la retirada.

alquileres imposibles. Otros mucho más jóvenes se han visto impotentes en la negociación de la renta con sus caseros. La obligación de seguir pagando alquileres, traspasos, la inversión realizada en los locales o las nóminas, en el caso de negocios con varios trabajadores que se plantease rescatarlos de los ERTE, hace que otro puñado de bares y restaurantes sea muy pesimista de cara al futuro o directamente haya decidido ya que no me merece la pena seguir.

La sensación de fracaso, el miedo al qué dirán, provoca que algunos de ellos no quieran dar la cara y prefieran que no se conozca públicamente su situación, por mucho que sea imposible de ocultar a ojos de quienes se fijen en que pasan las semanas y las persianas siguen bajadas. Otros, sin embargo, cuentan abiertamente las dificultades y retos de un sector a menudo señalado como el maná de oro al que sin ponerle trabajo, esfuerzo (y siempre una pizca de suerte) no hay quien le saque rentabilidad.