Rubén Olmo defiende la dureza de la profesión de bailarín

A.S.R.
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Sevillano del 80, Premio Nacional de Danza 2015, la magia del movimiento le atrapó de niño y con 18 años alcanzó su sueño de bailar en el Ballet Nacional de España, que dirigirá desde septiembre

Rubén Olmo, director del Ballet Nacional de España. - Foto: Miguel Ángel Valdivielso

Se ríe cuando se le pregunta quién va a ganar el 18 Certamen de Coreografía Burgos-Nueva York. Eso no se dice y menos si aún queda una noche por delante con diez coreografías prestas a ser tocadas por la varita mágica. Son las 11.30 horas, el presidente del jurado acaba de asistir a una clase magistral del veterano coreógrafo Lázaro Carreño y en unos minutos se retirará a su habitación para preparar la que él dará en unas horas en una ciudad de la que solo conocía sus escenarios y que le ha maravillado hasta el punto de mirar su agenda en busca de un hueco para volver en viaje de placer.


Se estrena al frente del jurado del Burgos-Nueva York. ¿Primeras sensaciones?
Me encanta. La espectacularidad de los bailarines, lo que se vivía en el teatro, con tanto público dentro, que no me lo esperaba y es algo que da mucho calor a los bailarines, y el apoyo de las instituciones, con sus representantes sentados en primera fila, que no siempre pasa.


¿Cómo se siente un bailarín y coreógrafo en el otro lado?
No es fácil, yo soy muy bailarín y coreógrafo, muy de estar siempre detrás y en el escenario. Aunque yo no juzgo, en el arte hay gustos para todos, y yo intento mirar la técnica y si lo que nos quiere contar el coreógrafo coincide con lo que realmente transmite.


Durante su intervención en la inauguración, instó a los intérpretes a poner el alma y el corazón. ¿Cómo se detectan en una coreografía?
Un bailarín pone el alma y el corazón cuando tiene la técnica superada y está libre en el movimiento. Quise hacer hincapié porque cuando competimos queremos que salga todo perfecto y quizás un día no sale tanto, pero con corazón y alma llegas más al público que con la perfección de una pirueta.


¿Qué necesita una creación para llegar a lo más alto del podio?
Técnica, buen control del espacio escénico, sincronización y coordinación y musicalidad.


¿Con qué sueño coge el 2 de septiembre las riendas del Ballet Nacional de España?
Con toda la ilusión del mundo. Formé parte de él desde los 18 años, soñaba desde pequeño con estar en esa casa y he escalado, poco a poco, desde el cuerpo de baile, solista, primer bailarín, coreógrafo, artista invitado, maestro invitado y, finalmente, director. Ha sido poquito a poco, creándome una trayectoria con mi propia compañía, con muchos premios y espectáculos a mis espaldas. Y ya me apetecía mucho exponer el Ballet Nacional de España que yo tengo en mi cabeza.


¿Y cómo es?
Quiero que se abra para ofrecer al público el patrimonio que tiene, llamar a jóvenes coreógrafos, que se haga un mundo de vanguardia dentro, sin separación entre el universo de dentro y el que hay fuera.


Escalar, ir de abajo a arriba, es su sino. ¿Contra qué tiene que luchar un niño de Las tres mil viviendas, barrio humilde de Sevilla, para convertirse en profesional de la danza?
Uno se tiene que enfrentar, sobre todo, a la dureza del trabajo diario, no es tan fácil tener unas botas y unas castañuelas, pagarte todas las clases que se necesitan y, lógicamente, mis padres tuvieron que ayudarme muchísimo, además de empezar a trabajar a los 14 años, hice desde tablaos flamencos a giras con los ballets folclóricos.


Esa imagen acaba con la del bailarín como un cisne delicado...
No es una realidad, el bailarín que está al pie de cañón no vive como un príncipe, todo lo contrario. La mayoría prefiere tener unas zapatillas de ballet y comer dos huevos fritos y cenar un té verde antes que vivir como un rey.


¿Qué prejuicios hay que derribar para dedicarse a esto?
Hay muchos respecto a los bailarines hombres, pero yo siempre he estado rodeado de gente que entiende este mundo y tampoco tuve grandes problemas. Yo era feliz bailando y lo tenía tan claro que nunca se me pasó por la cabeza no hacerlo por el qué dirán.


¿Alguna vez le han apretado las zapatillas?
Ha habido momentos muy duros en los que piensas que vas a tirar la toalla, pero siempre que ocurría decía ‘voy a tirar una vieja para coger una nueva’, no para dejar de bailar, pero sí he tenido mi pequeño bajón, aunque siempre había algo que me reforzaba el espíritu y para arriba.


¿Se le ha resistido alguna ilusión?
Este es un mundo de ambición, en el buen sentido, y nunca me he preocupado de ponerme metas porque siempre han ido viniendo con el trabajo.


¿Un bailarín tiene que salir de España para serlo?
Un bailarín debe conocer lo que pasa en el mundo, aunque también es verdad que en clásico y contemporáneo en España hay pocas compañías y te tienes que ir a Europa o Estados Unidos para evolucionar y tener oportunidades.


¿Qué debe suceder en este país para que esas salidas sean por devoción y no por obligación?
España debe reconocer que la danza es una profesión muy dura, conocerla de cerca, porque hay mucha gente que no va a verla por desconocimiento y cuando entra al teatro y asiste a un espectáculo por primera vez se enamora. Para que esto ocurra, los colegios, los institutos y las universidades deben impartir conocimientos de danza.


¿La Danza Española tiene el reconocimiento que se merece?
La Danza Española es el patrimonio más importante que tiene este país y debe ser más reconocida aún. Es universal, única, la más rica y nace aquí. Así se reconoce en todo el mundo.


¿Y aquí?
Todo lo que nace en casa se le echa menos cuenta, pero hay que hacerla Patrimonio Inmaterial de la Humanidad.