Al bombero torero y de pinchos con el abuelo Ovidio

A.S.R.
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El circo, como el bombero torero, era una de las salidas fijas de todos los Sampedros, aunque algunos años fueron más emocionantes que otros como da fe esta fotografía. - Foto: Cedida por D. Epifanio

Antes de que el baloncesto se cruzara en su camino, disfrutó de los fuegos artificiales, las barracas, el baile de los Gigantillos o el Día del Burgalés Ausente, citas que ahora también vive pero a través de los ojos de sus hijos

No puede evitar comparar los Sampedros que él vivió en su infancia con los que comparte ahora con sus hijos, Rodrigo y Bruno, de 6 y 4 años. Es inevitable porque Diego Epifanio Epi, hasta hace unas semanas entrenador del San Pablo y desde hace unos días del Breogán de Lugo, ve actualmente las fiestas mayores de su ciudad a través de los ojos de estos dos pequeños. Pero no siempre fue así. El míster también fue niño. Vibró con el baile de los Gigantillos, se rio con el bombero torero, pilotó un auto de choque, subió a un elefante bajo la carpa del circo... y (que se tapen los ojos sus vástagos) hasta hizo botellón. Por partes.


No hace tanto de la niñez y la juventud de Epi (Burgos, 1978), pero, a bote pronto, sí detecta que las propuestas infantiles de antaño no eran tantas ni tan variadas como las de ahora, aunque el paso del tiempo no hace mella en el reinado de los infantes. Dicho lo cual, un color sepia domina la escena y el entrenador se ve agarrado de la mano de su abuelo Ovidio en la plaza de toros.


He ahí la foto inicial de su álbum fiestero. «A él le gustaban mucho los toros y a los cuatro nietos nos llevaba a ver al bombero torero», anota antes de pasar a otro de esos recuerdos en los que aparece de nuevo el abuelo Ovidio, que fue metre en el Restaurante Ojeda durante muchos años. «Como trabajaba en la hostelería, nos llevaba de pinchos, aunque entonces aún no existían las casetas».


Una buena costumbre esa de ir de tapeo que el nieto ha mantenido con ligeros cambios. Cuenta que durante las primeras ediciones de la Feria de Tapas era fácil verle a él y a sus amigos apostados en alguna barra. «Teníamos veinte años, estábamos solteros y nos juntábamos a comer con aperitivo incluido y sobremesa infinita», sonríe antes de regresar de nuevo a los años ochenta. Ahora en compañía de sus padres.


Con ellos iba al circo, un clásico junto al bombero torero, y a las barracas a La Quinta. «Mi madre odiaba las atracciones, pero a mi padre le gustaban mucho y nos subía en todo: autos de choque, noria, montaña rusa...», sostiene y apunta que cuando las trasladaron a La Milanera ya estaba en la época en la que le dejaban ir solo con sus amigos. Las disfrutaba de otra manera. Hasta ahí puede leer. La ubicación en el polígono docente le pilló a otra cosa y después de estar un tiempo sin pisar por ellas, «ahora hemos vuelto a ir en masa, nos toca mínimo una vez con cada abuelo, con la cuadrilla de mis amigos...».


Las fiestas de Epi (así le llaman desde siempre) tenían otros destinos imperdibles como el baile de Gigantillos, Gigantones y Danzantes, el canto del Himno a Burgos y los fuegos artificiales. No se los perdía entonces y no lo hace ahora. Al primero va siempre que le cuadra, el segundo lo sigue entonando en familia y el tercero suponía un ritual de barrio, bajaba con sus padres y amigos de ellos con sus hijos desde San Cristóbal al centro para ver ese espectáculo pirotécnico que aún le maravilla.


Era y es de los que se sumaban al Día del Burgalés Ausente en Fuentes Blancas como el mejor broche para San Pedro. Se dejaba envolver por la algarabía de la Peña La Antigua, de la que era integrante su amigo José Luis. Se pegaba a él y la vivía como uno más. Ahora ha cambiado la compañía del colega por la de su familia política, forofa de esta celebración.


Reconoce que nunca fue al pregón, aunque sí estuvo en el de La M.O.D.A., a la que piropea sin mirar a los lados; ni al lanzamiento de la bota, ni cuando hace dos años fue Javi Vega quien la tiró; ni a la ofrenda floral, a la que ahora más le vale llegar puntual porque desde hace dos años su hijo mayor lleva un ramo a Santa María.


En esta espiral de infancia propia e infancia ajena se mueve Epi en este ejercicio de memoria sampedrera en el que se topa con un paréntesis. A partir de los 20 años, empezó a participar en campus de baloncesto por toda la geografía española y poca rienda suelta pudo dar, aunque, apostilla divertido, que antes de que la canasta le robara horas de sueño, lo hicieron las noches a la orilla del río compartiendo risas y tragos con los amigos. «Al final, cada etapa de la vida tiene su momento y ese también lo he vivido, aunque tengo que decir que éramos de los que recogían todo. Para un adolescente la fiesta programada va por un sitio y la suya, por otro», observa y suspira consciente de que aquellos maravillosos años no volverán para él (sí para sus hijos).