Cartas desde la prisión

Angélica González
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El interno José Ignacio Cuncunegui Pastor relata cómo se está viviendo la alerta sanitaria en el Centro Penitenciario de Burgos

La UME acudió a desinfectar la cárcel de Burgos a finales de marzo. - Foto: Patricia

Con resignación y preocupación. Así se está viviendo en el Centro Penitenciario de Burgos la alerta sanitaria provocada por la pandemia de la COVID-19 o al menos así lo percibe José Ignacio Cuncunegui, interno que ha querido compartir con los lectores de Diario de Burgos sus reflexiones desde un lugar en el que hablar de confinamiento quizás suponga una ironía. «Aquí cada uno lo lleva a su manera y algunos con muchas preguntas. ¿Cuándo van a realizar los test a todos los trabajadores de las prisiones? ¿Es consciente, quien corresponda, de la cantidad de personas de máximo riesgo que estamos en prisión? ¿Alguien se ha planteado que si el virus entra en las prisiones va a ser terrible? ¿O somos prescindibles tanto unos como otros? Por lo demás, ya estábamos confinados cuando empezó esta pesadilla. ¿Cambios? Sí, turnos de comida para evitar aglomeraciones, más higiene y el Comando Lejía compuesto por varios compañeros que limpian todas las puertas, las barandillas, etc. Yo, personalmente, veo los informativos lo justo para saber si esta pesadilla tiene visos de terminar. Todos los días hay un número lamentable de fallecimientos y contagiados pero quiero albergar la esperanza de que cada vez sean menos».

Cuncunegui, que tiene mucha experiencia en cárceles ya que desde los 16 años lleva entrando y saliendo por robos y atracos a mano armada, cuenta que hasta el momento no ha habido ningún contagio en el centro ni entre trabajadores ni entre internos y eso ha sido, a su juicio, «a la actuación de la dirección, que ha sido correcta en estas circunstancias». Por otro lado, se duele de que nadie se acuerde de ellos: «Las prisiones son las grandes olvidadas en esta pandemia y en todas, porque hasta hoy en los informativos y ruedas de prensa solo he oído hablar de ellas en lo referente a las restricciones, cese temporal de las comunicaciones vis a vis, comunicaciones por locutorio o los permisos». Estos límites al contacto con sus seres queridos, explica, han sido suplidos en Burgos por el aumento de las comunicaciones telefónicas de 10 a 15 (sin contabilizar en esta lista las llamadas a los abogados), lo que, calcula, va a suponer, como mínimo, 25 euros para los que llamen a teléfonos móviles «e incluso más, dependiendo de adónde llamen». También se está facilitando a los internos la realización de videollamadas a sus familiares o a los números que tengan autorizados previa solicitud a través de instancia y se permite al capellán Fermín González comunicar por locutorios «ya que, por razones obvias, ni él ni los voluntarios pueden entrar».

(El relato completo, en la edición impresa)