El año que llegó el progreso

R. PÉREZ BARREDO
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Se cumplen 160 años de la llegada a la ciudad del primer ferrocarril con locomotora a vapor. El acontecimiento congregó en las inmediaciones de la estación a más de la mitad de los vecinos de Burgos

Gente en la estación de tren a finales del siglo XIX. - Foto: Archivo Municipal de Burgos

Podría decirse, sin riesgo a caer en la exageración, que media ciudad se agolpó en las inmediaciones de la estación -cuya construcción aún no se había completado- para asistir con curiosidad y fascinación a la llegada de la primera locomotora a la Cabeza de Castilla. Las crónicas de la época aseguran que en torno a quince mil burgaleses (en la capital había censadas unos veinticinco mil) no quisieron perderse la entrada de aquel animal de hierro impulsado por vapor que se deslizaba por raíles a la velocidad del rayo; un medio de transporte del que sólo habían oído hablar en los papeles y que se llamaba ferrocarril. Que se llamaba progreso. Se cumplen ahora 160 años de aquel prodigio que ya estaba cambiando el mundo. La Compañía de los Caminos de Hierro del Norte de España había iniciado su andadura mediado el siglo con el objetivo de unir la capital, Madrid, con la frontera francesa en Irún. Aquella línea, llamada a conectar a un país que quería salir del subdesarrollo con Europa, se dividió en tres partes: el primer tramo unió Madrid con Valladolid; el segundo, cuya onomástica se celebra este año, Valladolid con Burgos; el tercero, Burgos con Irún por Miranda de Ebro.

El convoy inaugural arribó a la capital burgalesa con retraso, como si ya anticapara cuanto habría de ocurrir muchas décadas después con las infraestructuras en esta malhadada tierra: tenía que haberse producido en verano, pero finalmente el suceso se celebró en octubre. El político e ingeniero de Caminos Arturo Marcoartú había escrito un año antes: Cuando el solsticio estival dore las agujas de la Catedral de Burgos, albas nubes de vapor de las locomotoras rodearán sus afiligrinados contornos y el rojo resplandor de las calderas señalará las ignominiosas almenas de Santa María que las ciudades comuneras alzaran al paso del tirano Carlos V... No fue en el verano, sino en otoño. El día 25 de octubre, el ferrocarril salió a la una y media de la tarde de Valladolid con un pasaje escogido a bordo: los administradores de la Compañía de los Caminos de Hierro del Norte Isaac Pereire, Duclerc y Semprum, y los ingenieros López, Tournier, Letourneur y Durand. El convoy hizo su aparición en Burgos tres horas y media después, a las cinco de la tarde, tras cubrir una distancia de 121 kilómetros, 22 leguas españolas.

Todos los periódicos de la época se hicieron eco del acontecimiento, realizando crónicas entusiastas del prodigio. Valga como ejemplo esta de ‘La Correspondencia de España’: El tren que los conducía iba remolcado por la primera locomotora que ha hecho su aparición en Burgos. A su llegada fueron recibidos por mas de quince mil personas que esperaban en la estación, y que no pudieron reprimir sus aclamaciones y su entusiasmo a la aproximación del tren. Mr. Isaac Pereire fue visitado en la fonda donde paraba por la Diputación Provincial y el gobernador, siguiendo después el alcalde y el Ayuntamiento, que le felicitaron calurosamente por lo que ha hecho la compañía del Norte en favor de la ciudad de Burgos y de toda Castilla. Dos músicas militares ejecutaron gran número de trozos de óperas durante la comida. Pereire, deseoso de que los pobres participasen de la alegría general, envió 5.000 reales a los establecimientos de beneficencia. Burgos, la histórica capital de Castilla, cuenta con un gran elemento de civilización en su seno, y por el entusiasmo que en él ha despertado la vista de la primera locomotora que acaba de llegar a sus puertas, demuestra el espíritu de progreso y cultura de que se halla animado.

Estampa del tren saliendo de BurgosEstampa del tren saliendo de Burgos - Foto: Archivo Municipal de Burgos

Y esta de ‘La Iberia’: A dicha hora se habían trasladado las autoridades y la mayor parte de los habitantes de esta ciudad al espacio ocupado por la estación, esparciéndose por las alturas que dominan la línea férrea una multitud de almas ansiosas de contemplar un espectáculo para muchas de ellas completamente dcsconocido. A las cinco y media, unos cuantos cohetes arrojados desde las atalayas anunciaron la poximidad del tren; momentos después se divisaba la blanquizca y prolongada faja de humo que arroja la máquina y se oía el agudo y estridente silbido que amedrentaba a muchos de los sencillos vecinos de esta ciudad, y penetraba lenta y majestuosamente en la explanada de la estación la máquina locomotora ‘Burgos’ adornada con banderas nacionales y francesas, arrastrando tras sí varios coches y vagones. Al llegar a las puertas de dicho local, la multitud apiñada, a quien a duras penas la Guardia Civil podía contener, prorumpió en vítores y aplausos...

El caos de la novedad. No fue hasta el día 28 cuando circuló por primera vez un pequeño tren de viajeros entre Valladolid y Burgos. La novedad fue tal, que aquel viaje se vio enturbiado por el caos, como recoge una crónica del periódico liberal ‘La Corona’ que no tiene desperdicio por cuanto revela lo que supuso la puesta en marcha del ferrocarril en la ciudad. Llegados los primeros viajeros procedentes de Valladolid temprano por la mañana, se dispersaron por las calles de Burgos, habiendo sido citados para el regreso a las cuatro de la tarde. Así recoge la crónica del citado rotativo cuanto sucedió después: Cuando volvieron a la hora citada, se encontraron todos los coches llenos. Algunos que los ocupaban decían que estaban allí por habérselo permitido los dependientes del ferrocarril; otros confesaban haber entrado sin permiso, pero creyendo de buena fe que podían hacerlo pagando sus asientos, a lo cual se manifestaban dispuestos.

Algunos desistieron pronto de su empeño al saber que no habría tren para volver al siguiente día; pero otros, y acaso el mayor número, se resistieron a salir de los coches. La estación, que aún no se halla concluida ni cercada, se veía toda cubierta, incluso las vías, de gentes de todas edades y condiciones, creciendo la confusión y el desorden por momentos. Ya distante de Burgos, hizo alto el tren, y allí se despejaron por fin los vagones, así como los coches de la gente allegadiza de fuera. En cuanto a la de adentro, costó trabajo hacer salir a uno que otro de los intrusos; hasta hubo golpes y contusiones...