"Lo esencial es la manera de mirar"

R.P.B.
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No presiden, no representan, no quieren foco... Pero son parte esencial de esta ciudad.La crónica de Burgos se escribe en las vidas de quienes ayudaron a construirla.Estos son algunos de esos hombres y mujeres y esta es (parte de) su historia

"Lo esencial es la manera de mirar" - Foto: Patricia González

Tiene el porte de un galán de cine y cierto aire de donjuan que acompaña con voz radiofónica y un requiebro siempre seductor, travieso, guasón y bienhumorado al borde de la boca. Es todo un personaje Ángel Herraiz, quien acaso se explique desde los genes: fue su padre un buscavidas, de esos que de tanto pasarlas canutas lo mismo daba clases de conducir sin tener el carné que se empleaba como contable sin que nadie le hubiese enseñado a hacer cuentas o presentaba un magacín sin saber lo que era estar delante de un micrófono. Este fotógrafo recién jubilado es una ametralladora verbal: si se pone a hablar no hay quien lo pare. Quizás haber nacido en una emisora de radio tenga algo que ver... Quién sabe. Pero no es un charlatán, ni un parlabarato: es el suyo un discurso siempre inteligente, culto, desenfadado, alegre y vital. Profundamente vital. 
Sin embargo, una sombra amarga atraviesa su rostro como un dolor innombrable cuando evoca no tanto su infancia -"la infancia siempre es feliz"- como la consciencia posterior del dolor, la escasez y la pena que rodeó en numerosas ocasiones a sus mayores. "Mi padre fue un niño huérfano de la guerra y después represaliado político. Aunque soy optimista por naturaleza y todo me parece bien, sufro retrospectivamente: mis padres pasaron hambre para que yo comiera. Siento cierto resentimiento social", admite exhibiendo una sonrisa que desmentiría ta cruda afirmación. Se jacta muy mucho Ángel Herraiz de haber nacido en las dependencias de Radio Juventud de Aranda de Duero -e incluso farda de ser buen rapsoda, que lo es- como si ambas cosas le viniesen de cuna, de haber soltado sus primeros berridos cerca del estudio de aquella radio en la que su padre entró como contable y terminó sentado frente al micrófono.
Habla mucho de su progenitor, como si hubiese dejado pendiente alguna conversación con él o simplemente para honrarle: no en vano recordar significa volver a pasar por el corazón. "Mi padre fue un personaje. Tuvo oficios de todo tipo... Era un hombre genial, como tantos en aquellos años duros, gente de otra pasta. En su epitafio, del que se hizo eco hasta Nieves Concostrina, pone lo siguiente: Niño huérfano en el Madrid asediado, buscavidas de posguerra, seductor bailón de cuplés. Guapo boxeador, chuleta madrileño. Locutor de radio represaliado, profesor de autoescuela ¡sin carnet! Vendedor de humo, apoderado de empresa. Dueño de la fábula y enemigo de la sinrazón. Mi madre era arandina, hija de un rojo muy rojo fusilado durante la guerra. Hace unos años, en la última fosa común que se exhumó en Milagros, recuperamos los restos de mi abuelo. Fue muy reconfortante. Muy emotivo".
Con seis años su familia se instaló en Burgos. Ángel Herraiz estudió en La Salle hasta que por ciertos asuntillos de notas que no vienen al caso acabó fuera de aquel centro y recalando en otro, llamado Santo Tomás, del que también salió para desembocar finalmente en un recién creado Diego Porcelos, donde coincidió con lo más granado, licenciados todos en gramática parda. "Nos juntamos allí un grupo de gente muy pirata pero, ojo, muy culta y muy inquieta", apostilla. Que nadie crea que este maestro fotógrafo nació con una cámara bajo el brazo. Antes de eso, fue pintor. Aunque lo que siempre quiso es ser poeta. "Yo quise ser poeta y soy un rapsoda cojonudo. Me sé de memoria igual... ochocientos poemas. Eso es mérito de mi madre, que fue quien me inculcó aquella pasión". Bécquer era su especialidad. Y le servía para el ligoteo. "Recitar unas rimas no digo al oído, al cuello... A veces funcionaba hasta con las francesas de los Merimée, que no entendían nada... Aquello era una cosa... Siempre me gusto la poesía. Como broma, en las tarjetas que voy a hacer ahora voy a poner ‘Poeta visual’ en vez de ‘fotógrafo’. Me gusta la poesía porque es un maravilloso vehículo para transmitir emociones y sentimientos. Yo hago fotos, pero las que no son de trabajo comercial son poemas. Es lo que quiero tansmitir siempre, emociones: belleza, tristeza, melancolía...".
Conserva un maravilloso recuerdo de aquella época del Porcelos, que fue intelectualmente muy rica. "En los recreos no saltábamos tapias ni volcábamos contenedores, debatíamos sobre si tal o cual letra de John Lennon estaba bien construida". Se empapó de toda la influencia que le llegaba de gente como Diego A. Manrique, por ejemplo, que les abría unos horizontes musicales y literarios prodigiosos. "Leí mucha literatura prohibida: a Ginsberg, a Kerouac... Puede que ni siquiera entendiera bien aquellas lecturas, pero te sembraba la inquietud, la intuición de que había algo más". Y aquello, recuerda, fue en un Burgos todavía gris, de curas y militares, pero en el que existía ese otro Burgos menos visible de gente inquieta, ávida por conocer cosas nuevas, que ya bullía como lava ardiente, deseando erupcionar con libertad. Evoca enjundiosas tertulias con Jacinto Molina -conocido con el nombre artístico de Paul Naschy- actor de películas de terror que se desarrollaban en el Óliver. "Era un tertuliano admirable. Nos hablaba de cosas que no concíamos... De todo aquella nació una subcultura generada en bares de Las Llanas -el Óliver, El diablo cojuelo, etc.-. Discutíamos del cine de Igmar Bergman... Aquella fue una formación diferente. Claro, una vez abierta todas esas puertas, te interesa todo".
El aspirante a poeta que terminó siendo fotógrafo fue antes que todo pintor. "Yo empecé en lo de la pintura con Revilla XII. Y con éxito comercial, más por astucia que por arte. Para poder pagarme la pintura que me gustaba hacer, y quizás heredero de la tradición de buscavidas de mi padre, me enteraba de quién dirigía tal o cual empresa y de dónde era. Me iba al pueblo de turno, hacía por allí alguna fotografía -por ahí empezó todo- y después pintaba un paisaje del pueblo o el pueblo mismo y cuando lo terminaba me personaba en el sitio y se lo ofrecía al jefe. Claro, al verlo siempre decían: ¡anda, qué bonito mi pueblo! Y me compraban el cuadro. Los vendía como churros. Había que vender a quien podía comprar. Elegir el tiro". Pero la pintura dio lo que dio mientras dio. Y aquello de la fotografía le había hecho cierto tilín. Y veía más rentabilidad en ella. A su innata curiosidad por aprender sumó la formación. Empezó a estudiar. "Yo soy el único titulado medio en fotografía de mi generación de toda España", sentencia. "Firmado por el Caudillo", añade. El título, avalado por el Ministerio de Educación y Ciencia, es el de ‘Fotógrafo industrial’. "Aprendí muchísimo. Me formé tanto que terminé haciendo un trabajo muy especial. Gracias a adquirir conocimientos en química yo me hacía mis propios reveladores para que dieran la calidad que yo quería. Aún tengo un laboratorio químico muy potente para hacer cosas especiales; también emulsionaba mis propios papeles. Y he seguido con esa tradición. Todo lo que he hecho siempre ha sido muy artesano".
Aquello del título único, aunque suene anecdótico, tuvo su utilidad. Vaya que si la tuvo. Con su proverbial gracia lo explica el artista. "En aquella época, para el ejercicio de la fotografía profesional no podías ponerte por tu cuenta sin el beneplácito del Sindicato Vertical, que era una mafia total y absoluta. Había que pasar obligatoriamente por la escuela de un tipo de Guadalajara. Yo me negué. Me presenté con mi título en el sindicato, donde me remitieron a la escuela de marras. Así que cogí y me planté en Madrid para quejarme ante el ministro de Educación. Con dos cojones. No me recibió el primer día, ni al siguiente; pero al tercero se conoce que se apiadó de mí y me recibió. Me atendió maravillosamente. Le expliqué todo. Hizo llamadas y me salí con la mía. Regresé a Burgos exultante. Terminaron sacándome cantares, que si era sobrino del ministro... Pasé de que no me quisieran a entrar en la juntad directiva con Fedín (Federico Vélez hijo)".
Empezó en la calle Santa Águeda, donde montó un laboratorio propio. Revelaba para él y para otros. Por cercanía, aquello le vinculó mucho con la Catedral. "Julián, el sacristán de entonces, nos depredaba a todos los que hacíamos fotos para que le regaláramos diapositivas para los audiovisuales que hacía él. Y el más cercano era yo. Entraba y salía de la Catedral como Pedro por mi casa". Ángel Herraiz prosperó. De aquel primera local pasó a otro en el número 20 de la calle Vitoria, del que no guarda un recuerdo especialmente bueno. "Tenía una clientela muy pija que encima eran malos pagadores". Su último local, al que echó la verja el pasado mes de julio, estuvo ubicado en el barrio de San Pedro de la Fuente.
la profesionalización. Hubo un antes y un después en la fotografía profesional en Burgos. El punto de inflexión fue la creación de la Federación Nacional de Fotógrafos, que se constituyó en Segovia por todos aquellos fotógrafos con inquietudes, que asistían a congresos y que se empapaban de todas las novedades. Él fue uno de los fundadores. "Creamos un reglamento y un proceso de calificación con el fin de enseñar a los demás. Tuvo un éxito tremendo. Hasta nuestros días está funcionando. La fotografía ha mejorado y prosperado claramente", asegura con íntimo orgullo.    
Atesora una treintena de premios nacionales e internacionales sería incapaz de quedarse con una de las miles de fotos que ha realizado, aunque tenga ojitos derechos. "Yo no he hecho cientos de miles de fotos. Soy muy asertivo: donde pongo el ojo pongo la bala. Parece que se premia la cantidad. Desde luego que he hecho miles, sin contar las fotos comerciales". El gran Tino Barriuso, con quien tanto quería Herraiz, le definió un día como ‘cazador’. Lean al maestro: Algunas fotografías de Ángel te sorprenden en lo más íntimo: eso estaba ahí y tú lo habías visto y no lo recordabas, eso estaba ahí y en tu alma. Tú, probablemente, has gastado infinidad de palabras buscando la sensación olvidada. O te has resignado a que el mundo se vista cada día de sus peores galas, las que le hacen más feo y menos habitable. Ángel trabaja como un cazador: no tiene horas o, por mejor decir, tiene las horas de la presa: hay un momento en el que vuela alto y no llegas y otro momento en que se acerca al río. He conocido pocos artistas que pongan tanta intención -palabra mucho más sólida y menos gastada que pasión, que es una conejera llena de gatos- en su trabajo y lo desarrolle con tanto acierto. ¿Cuál es el secreto? Confiesa Herraiz que hay que tener ojo, que hay que ver la fotografía, hay incluso que preverla, y que no siempre es fácil. Aunque lo más importante no es un secreto, ni tan siquiera está relacionado con el talento. "Lo esencial es la manera de mirar. Y yo disfruto mirando".
Tiene Herraiz colecciones para hacer exposiciones los próximos diez años. Algo propio de un entusiasta como él, que disfruta de todo, que goza con todo, siempre con una cámara en la mano. Más ahora, que se acaba de jubilar, aunque reconozca que siente tener menos tiempo para casi nada. "Sufro ahora una barbaridad, estoy asfixiado... ¡No da tiempo a nada y hago más que nunca! Pero todo bueno, ¿eh? Pero eso, que me lío, me lío y de la jubilación me río. Me llueven temas creativos, otros que me coleaban, y como me implico también en ocupaciones sociales no doy abasto". Genio y figura.