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Azucena García y Pablo RedondoAsociación de Educadores de Castilla y León

azucena garcía y pablo redondo | asociación de educadores de Castilla y León. - Foto: Javier Álvarez Cobb

¿Qué ocurre cuando, legalmente, la única ‘familia’ que puede hacerse cargo de un niño es una institución como la Junta? Más allá de las necesidades básicas, como tener un techo, comida, sanidad o educación, existen otras que es difícil que queden cubiertas dentro del sistema de protección regional. Para paliar esta carencia -y no hay que olvidar que en Castilla y León hay más de 1.200 menores tutelados-, ASECAL (Asociación de Educadores Castellanoleoneses, fundada en Salamanca en 1992) dispone del programa Enlace, con el que sus voluntarios acompañan a niños y niñas en espera de acogimiento o adopción. El contacto con ellos se realiza tanto por teléfono como en persona, enfatizando sobre todo el apoyo emocional.
Para Azucena García (Burgos, 1986), esta labor se centra en el que ya denomina «mi niño: es como un hermano pequeño, que te cuenta sus problemas y dudas, pero con el que también vas al cine, a jugar a fútbol…». El caso de Azucena, voluntaria en la asociación desde hace 4 años, posee un aura especial: ella misma fue en su día acogida, y conoce bien la importancia de que «haya una persona especial, única, para cada chico, con un trato más familiar».
Lo más difícil en ese acompañamiento a menores surge «al principio, cuando no todo es tan bonito y cuesta más», o esas fases «en las que algo se te escapa de las manos, aunque siempre tienes ayuda».
Pablo Redondo (León, 1984) cuenta los años de voluntariado por los que ha ido cumpliendo el chico al que acompaña; cuando empezó tenía 10, y ahora 15. «El primer día fuimos a Fuentes Blancas -recuerda-. Estaba muy emocionado e ilusionado, y ya empezamos a quedar todas las semanas. Recuerdo que vimos la misma película decenas de veces», para su tranquilidad, porque antes de comenzar «pensaba que iba a tener que estar haciendo planes distintos cada vez». Con el tiempo, también fueron cambiando los intereses del chico: «Al principio, por ejemplo, no le gustaba nada que fuésemos a comprar ropa, y ahora es él el que lo pide».
Además de la necesidad de afecto y acompañamiento, Pablo y Azucena coinciden en sus peticiones para el grupo con el que trabajan, dirigidas especialmente a los posibles voluntarios y a las personas que se estén planteando una acogida o adopción: «Que se atrevan a probar, y que les den una segunda oportunidad a esos chicos y chicas».