El estado de ruina avanza en la colegiata de Valpuesta

R.P.B.
-

Mientras los políticos se enredan en estériles debates, la ruina avanza en Valpuesta, que apenas se beneficiará de la inversión de un millón de euros para adecentar el acceso al pueblo y el entorno del templo

El estado de ruina avanza en la colegiata de Valpuesta - Foto: Luis López Araico

Se perderán en estériles debates, porfiarán por denominaciones de dudoso prestigio y utilidad, esa capitalidades artificiales que no van a ningún sitio y que tan sólo buscan satisfacer ese mal endémico llamado ‘titulitis’. Pero quienes tienen en su mano el presente y el futuro del patrimonio de esta tierra estarán olvidando lo más urgente e imperioso: evitar que la ruina que campa a sus anchas en la Colegiata de Valpuesta avance como lo hace, de forma inexorable, vorazmente. Esta semana se ha vivido el enésimo ejemplo de la incapacidad de la clase política para abordar el verdadero problema que está poniendo en serio riesgo la cuna del castellano, el lugar del que proceden los cartularios que recogen los primeros registros escritos del español.
Se ha perdido el tiempo polemizando sobre si se ha de nombrar a Burgos oa Salamanca ‘Capital del castellano’. Bla, bla, bla. Ese no debe ser el debate. Lo peor es que la inversión anunciada respecto de Valpuesta tampoco se antoja la solución. Ha recordado estos días el PP que se va a realizar una inversión cercana al millón de euros. Sin embargo, es el reparto de esta partida lo más grave: la mayor parte se la va a llevar el acondicionamiento y ensanche de la carretera que lleva a la histórica localidad (que sin duda es importante) y el entorno de la Colegiata. Sin embargo, la inversión prevista para el edificio es irrisoria, de todo punto exigua: no llega a 100.000 euros.
«Con ese dinero no se puede hacer nada. La Colegiata da verdadera pena, se está cayendo a trozos, está comida por la humedad. No hay ni para empezar con esa partida. No es es serio. Se necesita una inversión mucho mayor si realmente se quiere rehabilitar de una forma decente», explica a este periódico un arquitecto que conoce de primera mano el estado en el que se encuentra el inmueble, en el que no se lleva a cabo una intervención seria desde hace casi una década, tiempo en el que algunas de sus estancias han ido languideciendo olvidadas, directas a la ruina más absoluta.
Desde el Instituto Castellano y Leonés de la Lengua se lleva alertando desde hace años de la necesidad de que se actúe con urgencia y de forma integral en el edificio. «Me abruma el estado de Valpuesta. Es mi principal caballo de batalla», confirma Gonzalo Santonja, director del ILCyL, consciente de la importancia que para esta institución, y por extensión para toda la región, tiene su rehabilitación.
en serio peligro. Tal y como pudo confirmar este periódico hace apenas unos meses, buena parte de la Colegiata de Valpuesta se encuentra en un estado deplorable, indigno de un lugar que reclama un espacio protagónico nada menos que en los orígenes del español, esa lengua que hablan más de 500 millones de personas en todo el mundo. Únicamente el claustro, remozado con garantías hace unos cuantos años ya, la cúpula y el tejado ofrecen garantías de supervivencia.El resto del templo -y muy especialmente la nave principal, así como las anejas a ésta- presenta un deterioro absoluto. En riesgo claro, que se aprecia desde el exterior: no en vano el pórtico soportalado por el que se accede presenta unos muros agrietados, desconchados, marcados por la humedad. Las piedras que se apilan en el suelo se cayeron hace varios meses, sin que tuviera que lamentarse daño personal alguno.
Julio Comín, vecino de Valpuesta encargado de mostrar la colegiata (voluntariamente, ninguna administración ha dipuesto personal para tal fin), relataba hace unos meses a este periódcio que debería prohibirse el acceso a determinadas partes del templo, tan agrietado como está. Ejemplos del olvido y de la ruina saltan a la vista del visitante, como el tornavoz del púlpito, que se descolgó de sus goznes con gran estruendo; o el botafumeiro, que también se precipitó en su día desde el techo al vacío justo cuando algunas personas del pueblo se afanaban en tareas de adecentamiento de la nave; o la enorme grieta del muro que linda con el claustro, de donde se sueltan con demasiada frecuencia, según el testimonio de muchos vecinos, piedras y cascotes, lo que motivó que los vecinos improvisaran un parapeto de madera para evitar desgracias mayores.