¡Sal de mí, Satanás!

R. Pérez Barredo / Burgos
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No sólo existen exorcistas. Las monjas del Monasterio de Villamayor de los Montes llevan siglos vendiendo un conjuro para alejar toda posesión demoníaca de seres, animales y fenómenos naturales

Así es el documento que venden las monjas de la abadía cisterciense.

Una medalla de San Benito encabeza la cartilla que, desde hace siglos, expenden para todo aquel que lo desee las monjas del Monasterio de Villamayor de los Montes, fundado con la actual regla del Císter en el siglo XIII. Se trata de un documento contra brujas y posesiones demoníacas. Es conocido como ‘Estampa de San Benito’ y ya en los años 30 del siglo pasado era considerado un conjuro más propio de tiempos remotos, de épocas oscuras en las que las supersticiones estaban hondamente arraigadas en la cotidianidad del pueblo llano. No sólo, como hemos visto estos días, hay exorcistas y se realizan exorcismos. Todavía hay quien, tras su visita a este cenobio cisterciense, se lleva consigo el insólito documento, que hunde sus raíces en la noche oscura del Medioevo.Con un diseño críptico, y escrito en latín, la hojilla viene encabezada por este texto: Sal fuera, Satanás. No me seducen tus mentiras. Son veneno tu comida y tu bebida.La cruz santa sea mi luz. Y que el dragón no me guíe.
Consta, a continuación, de una declaración compuesta para repeler y ahuyentar las fuerzas del mal: Cristo vence, Cristo reina, Cristo te proteja contra todo mal. Malvados y condenados demonios: En el nombre de los santos nombres de Dios: Mesías, Enmanuel, Soler, Sabaot, Agios, Ischiros, Athanatos, Jehová, Adonai y Tetragrámaton, os arrojamos y separamos de esta criatura y de esta casa, y de todo lugar donde estuviesen estos nombres y signos de Dios, y os mandamos y obligamos a que no tengáis poder alguno ni para causar peste ni maleficio que pueda dañarle el alma ni en el cuerpo. Idos, idos, malditos, al estanque de fuego adonde Dios os lanzó.Os lo manda Dios Padre, os lo manda Dios Hijo, os lo manda Dios Espíritu Santo, os lo manda la Santísima Trinidad, el único Dios.Amén».
No concluye aquí el singular y atávico conjuro del monasterio burgalés. Ofrece, para rematar, una oración que tampoco tiene desperdicio alguno:
Os rogamos, señor Dios nuestro, que bendigas a esta tu criatura para que se salven su cuerpo y su alma, que sea tu fiel esclava y reciba tus altos favores.
Ponen fin al curioso documento otras tres oraciones, una para sanar las lombrices, otra para la solitaria y una tercera para todo mal, que dice lo siguiente: Por la señal de la Santa Cruz, por cuyo signo sanes de toda enfermedad, se alejen de ti tales gusanos, que mueran y salgan de tu cuerpo para que alegrándonos en el Señor digamos: se apoderaron de ti para quitarte la salud y, en cambio, ellos han sido los enfermos y los que murieron.Amén.

Sin fe no funciona. Cuando el periodista burgalés Eduardo de Ontañón se acercó a la abadía en los años 30 para realizar un reportaje que se publicaría en la revista Estampa, se informaba de que la gente acudía a por el conjuro desde pueblos muy lejanos. Curar enfermedades, sanar el alma, proteger al ganado, ahuyentar tormentas y cuidar de la cosecha... Hoy siguen acercándose curiosos a por la ‘Estampa de San Benito’, pero según dicen las monjas, los hay que llegan confundidos, como descarriados y con cosas raras en la cabeza. Ellas suelen decir que este remedio secular sólo funciona con una cosa: la fe.