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100 años de luces y sombras en el Centro Histórico

J.M. / Burgos
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El arquitecto Félix Escribano toma posesión como académico numerario de la Institución Fernán González con un trabajo sobre la evolución urbanística y arquitectónica de la ciudad en el último siglo

Escribano en su estudio de la calle Eduardo Martínez del Campo con un ejemplar del libro sobre la mesa. - Foto: Alberto Rodrigo

Los arquitectos ya tienen, después de muchos años, a un académico en la  Institución Fernán González (la Real Academia Burgense de Historia y Bellas Artes). Hace ya más de un año que a Félix Escribano, para «sorpresa» suya, le propusieron entrar en este selecto grupo de experimentados eruditos y pensadores y ayer en la Diputación Provincial tomó posesión para convertirse en el decimoctavo numerario de esta organización. Como es norma, se presentó ante sus colegas con su discurso, editado en un libro de 140 páginas, en el que desgrana ‘Un siglo de intervenciones en el centro histórico de Burgos’.

En la publicación, que le ha llevado un año de trabajo y que le ha servido para recuperar su pasión por la investigación, el que fuera presidente del Colegio de Arquitectos hace un repaso a la evolución del diseño urbanístico y arquitectónico del centro de la ciudad, en donde describe algunas luces, grandes sombras y donde se atreve a hacer algunas propuestas a la próxima Corporación.

Por orden cronológico, y tras explicar que pocas huellas quedan en la ciudad del Burgos medieval, Escribano comienza con la que fue la primera gran transformación de la capital en el último siglo: el entorno de la Catedral en 1914. Solo los más curiosos o veteranos saben que en la cara que mira a la plaza de Rey San Fernando se encontraba adosado a la Seo (literalmente) un palacio arzobispal de grandes dimensiones que para poder derribar exigió importantes negociaciones con la Iglesia.

Su demolición dejó un importante vacío (ver foto), con restos de otras construcciones pasadas. El arquitecto Vicente Lampérez lo resolvió con tal brillantez que parece que esa restauración forma parte del original de la Catedral. El mismo, según relata, se encargaría también de cambiar, con acierto, la imagen de la Casa del Cordón. Un edificio ruinoso que, según recuerda Escribano con palabras del autor, estaba «condenado por el Ayuntamiento y por los propietarios a ser demolido». Una sentencia de muerte, según destaca en el libro, que también estuvo a punto acabar años después con el Teatro Principal (hubo un concurso para reemplazarlo en 1967).

Las décadas de los años 30 y 40, de la Guerra Civil y de la posguerra, fue una época oscura, con la destrucción de hasta nueve conventos en la zona sur de la ciudad. Afortunadamente en esos tiempos comienza el ensanche de la calle Vitoria, donde Escribano destaca edificios como el que hay frente al Teatro Principal o las primeras manzanas de esta arteria de la ciudad, con el sello del arquitecto Marcos Rico. Eso sí, también aquí lamenta cómo años después desaparecieron El Gran Teatro y los Cines Avenida.

En 1944 surge el primer planeamiento urbanístico que sirve para que a mediados de los 60 surjan las primeras edificaciones en la zona de la actual plaza de España. Después vendrían la avenida de la Paz, Reyes Católicos e incluso la avenida de Cantabria. Un acierto que precede a uno de los grandes peligros que salvó, casi de milagro, el centro histórico. La llegada del coche hizo que la mentalidad de entonces fuera la de conservar solo los monumentos. A los edificios de viviendas no se les daba valor. Se querían ensanchar las aceras para darles paso y no importaba que se tiraran, se retranquearan (como en un bloque de la calle La Paloma) o que ganaran en altura (como junto a Capitanía). También lo hizo el edificio Campo, de que el numerario defiende, como algunas publicaciones profesionales, su estética.

Afortunadamente poco de esto pasó y buena culpa de ello lo tuvo el concejal y arquitecto en 1966, Felipe de Abajo, que propuso una ordenanza que, según Escribano, «evitó, al contrario de lo que le pasó a Valladolid, que Burgos se quedara sin centro histórico». También fue importante su papel en la incorporación de zonas verdes, «como La Quinta», que de no ser por su visión ahora no existirían.

Ya en las últimas décadas, Escribano destaca la recuperación de edificios como El Museo de Burgos, el convento de las Bernardas o el Teatro Principal. Destaca  las rehabilitaciones del Monasterio y del centro cívico de San Agustín... y elogia, en contra de muchas opiniones, la biblioteca de San Juan o el Complejo de la Evolución Humana. Aunque «ahora nunca se hubiera tirado la antigua», también destaca la nueva Iglesia del Carmen. Del Palacio de Justicia, polémico en su día, afirma que «el tiempo dirá» si mereció la pena la pérdida de la escalera y elogia la labor del arquitecto en el interior.

De los últimos tiempos también ejemplifica alguna obra suya como el Centro de Arte Contemporáneo (CAB) o el Mirador del Castillo o la de su colega Luis García Camarero en el Albergue de Peregrinos. Destaca el ARCH, la urbanización de Fernán González y no le gusta la de la Catedral.  

Escribano también habla de dos grandes «desastres»: la plaza Vega y la Plaza Mayor. La segunda, que ya se perdió con la construcción del aparcamiento en los años 70, que cambió su configuración, y que se remató desvirtuando el último proyecto de Viaplana. Guste o no, detalla su identidad se le arrebató quitando mobiliario urbano, cambiando las farolas modernas por otras de estilo fernandiano... «Habría que replantearse el proyecto desde el principio». Capítulo aparte merece el convento de Las Carmelitas (en la plaza Santa Teresa). Un espacio abandonado y conquistado por autobuses y caravanas.