El mendigo lector

G. Arce
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Juan, la pasada semana en una acera de la calle Vitoria - Foto: Alberto Rodrigo

Juan, barcelonés de 45 años, le da a la lectura mientras espera la caridad. Su vida no tiene nada de novelesco

Juan no mira libros, los lee. Su tiempo vale su peso en oro y no está para perderlo, dice. Este barcelonés de 45 años, barbudo y con el rostro y las manos curtidas por la intemperie y la suciedad, dedica toda su jornada a pedir limosna; poca, porque en la vieira peregrina que pone a disposición de los ausentes paseantes no caben muchas monedas, solo las justas para poderse pagar un café con leche y algo caliente  para comer cada día. «Yo no ceno», zanja.

 

Juan ocupa desde hace unos días -«hasta que me vaya...»- un cachito de acera de la calle Vitoria, en su confluencia con la calle Segovia, apoyado sobre la pared de una sucursal bancaria y frente a uno de los últimos quioscos de la ciudad. Se sienta sobre la mochila, su particular armario ropero; a un lado coloca un ajuar que se resume a una bolsa llena de una indefinición de cosas y, al otro, la jaulita de su perra Yuna, mezcla de pequinés con yorkshire, que mantiene en su regazo dándole calor y cariño. Yuna permanece indiferente al limosneo y solo amenaza cuando alguien amaga con poner una mano sobre su dueño. «Lleva conmigo 5 años, desde que nació, y estará conmigo hasta que se muera. Es hija de una perra que yo tenía...».

 

En los albergues, Juan no entra con su mascota y eso le pone malo. «Allí van algunos muy borrachos o todo puestos para dormir sin ningún problema y a mí, que solo llevo a mi perra, no se me permite entrar...». Duerme con Yuna, sí o sí, quizá sea el único ser vivo que entiende su vida nómada a ninguna parte.

 

Pero si algo llama la atención de este joven sintecho es que pasa absorto horas y horas leyendo un libro a la espera de la recaudación del día vaya cayendo. Ahora toca Aléxandros I, El Hijo del Sueño, de Valerio Massimo Manfredi, que ya casi ha terminado. Juan dice que es un ávido lector -le gustan los de historia- y que incluso llegó a tener un libro electrónico con más de dos mil títulos. «El problema es que la gente no echaba monedas viéndome con una tableta... Como que no les encajaba», sonríe.

 

Lo del libro electrónico era, sobre todo, por ahorrar espacio y peso en su vagar vital a ninguna parte. «Es que te ven con un libro y hay gente que no te regala uno sino unos cuantos. Pero, ¿dónde los llevo...?». Lo mismo le ocurre con esa caridad mal entendida:«Hubo uno que me dejó una caja llena de bolsas de garbanzos y de lentejas. ¡Si no tengo lumbre ni cazuelas donde guisar!». «Otros te van por la noche con calditos: 25 litros de agua, una zanahoria y dos patatas. Eso mata seguro...». «Tampoco como bocadillos..., los que estamos en la calle necesitamos comer caliente», advierte.

(Artículo completo en la edición de hoy)