Refugiados, un arma de presión

M.R.Y. (SPC)-Agencias
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Erdogan utiliza a miles de migrantes sirios varados en suelo otomano para intentar chantajear a la UE y exigirle más apoyo financiero

Refugiados, un arma de presión - Foto: MURAD SEZER

Con el acuerdo migratorio entre la UE y Turquía «muerto», según declaró el primer ministro griego, Kyriakos Mitsotakis, porque el presidente otomano, Recep Tayyip Erdogan, «ha decidido violarlo» por el incremento de la violencia en Siria, la tensión entre ambas partes aumentó, generando una crisis humanitaria inédita en los últimos años que se vio aplacada, no por los esfuerzos de la diplomacia, sino por la pandemia global generada por el coronavirus.
El campamento de sin papeles en la frontera entre Turquía y Grecia duró un mes. Miles de migrantes sirios llegaron casi tan deprisa como se fueron, demostrando que desde Ankara han decidido utilizar a los sirios que huyen como arma de presión hacia Europa. Un jueguete en manos de Erdogan con el que chantajear a la UE para tratar de conseguir más fondos y lograr el visto bueno de la adhesión del país euroasiático en el bloque comunitario.
Si bien es cierto que Turquía acoge el mayor volumen de refugiados del mundo -unos cuatro millones- al tratarse de la puerta al Viejo Continente desde Asia y parte de África, precisamente para ayudar en esa contención de las entradas ha recibido de los Veintisiete desde 2016 cerca de 6.000 millones de euros. Una cantidad que no parece suficiente a un Erdogan que decidió lanzar, sin éxito, un órdago a sus posibles futuros socios.
Fue a finales de febrero cuando una ofensiva del Ejército de Damasco en la provincia de Idlib -último bastión insurgente en Siria- mató en un solo día a 34 soldados turcos pertenecientes a las tropas que apoyan a los rebeldes. Al verse huérfano del respaldo de Rusia y frustrado por la falta de apoyo de la UE en sus ambiciones geopolíticas en la guerra contra Al Asad, el Gobierno de Ankara decidió renunciar a su papel de guardián de Europa y dar vía libre a los refugiados que sueñan con un futuro en países como Alemania, Francia o Dinamarca abriendo sus pasos fronterizos y dejando una alfombra para que pudieran cruzar a Grecia.
Este anuncio desencadenó una oleada inmediata de miles de personas que se desplazaron hasta la ciudad de Edirne, limítrofe con la nación helena, en un movimiento que, lejos de ser espontáneo, fue preparado a conciencia por las autoridades otomanas.
Sin ir más lejos, apenas dos horas después de la apertura de fronteras, se convocó a quienes quisieran alcanzar Europa a acudir a una calle de Estambul, donde esperarían autobuses gratuitos con destino a Edirne. Los vehículos, alquilados a una empresa turística, estaban allí esperando, pero nadie supo o quiso explicar quién financiaba estos viajes.
campaña de falsas noticias. Una vez que miles de personas se concentraron en la zona e improvisaron un campamento, dispuestos a alcanzar Grecia en apenas unos días, la prensa turca se dedicó a lanzar falsas noticias sobre un éxito inexistente de los migrantes a la hora de cruzar a suelo heleno.
Sin embargo, esas informaciones eran irreales. Las autoridades griegas habían cerrado el paso de Pazarkule, cerca de Edirne, e incrementaron la presencia policial en la zona, que no dudó en repeler todos los intentos de los refugiados.
De hecho, según los testimonios de los propios protagonistas, prácticamente ninguna persona entró en Grecia y casi todos aquellos que trataron de avanzar al país vecino fueron interceptados y forzados a regresar a Turquía. También los presentes informaron de que la propia Policía turca llevaba a centenares de migrantes a diversos puntos de la frontera para animarles a cruzar, consejo que seguían familias enteras con y maletas, en la frustrada creencia de hallar el camino abierto.
A pesar de que desde Ankara habían alertado a la UE con una futura «invasión» de sin papeles «en las capitales europeas», su plan no dio resultados. Por eso, el Gobierno de Erdogan cambió el enfoque y se dedicó a condenar la «dura respuesta» de las Fuerzas de Seguridad griegas, acusando a los agentes de usar munición real para rechazar los asaltos a la valla y cuestionando la defensa de los Derechos Humanos de las autoridades comunitarias al permitir esas prácticas.
El paso de los días sin avances llevó a la frustración de muchos de los migrantes, que empezaron a regresar a Estambul o a otras ciudades turcas de las que provenían. Sin embargo, otros aguantaron en el campamento de Pazarkule, argumentando que habían vendido todas sus pertenencias para llegar hasta Edirne y que no tenían un lugar al que volver. No obstante, la Policía se vio obligada a evacuarles una vez que se desató la crisis por el coronavirus. 
Erdogan, entonces, ordenó cerrar las fronteras para evitar la entrada de europeos y demostró que, una vez más, utilizó a los refugiados como arma de presión y, en su fracaso, acabó  por perjudicar a los más frágiles: los sin papeles que se quedaron sin nada por culpa de un falso sueño inventado.