"Todavía me divierte la vida"

R.P.B.
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Paco Arana, guitarrista flamenco y escritor - Foto: Patricia González

Blowin' in the wind (VI). Paco Arana. Guitarrista flamenco y escritor

Le hubiese gustado haber sido un gitanillo de Sanlúcar y atesorar en la sangre siglos de hondura y desgarro. Pero no le hizo falta ese guiño del destino para que prendiera en él la llama inmortal del flamenco. Este burgalés con raíces en Pradoluengo vive por bulerías: su manera de estar en el mundo siempre es alegre, cordial, animosa y cálida. Se diría que se guarda las penas para adentro, o para tocarlas a la guitarra por soleá o peteneras, porque sonríe desde la boca hasta los ojos, tararea letrillas, dibuja con verbo florido una anécdota, un recuerdo, aquella vez que tocó con Rocío Jurado, por ejemplo, o el bolo que hizo en Almería, en el pueblo del Tomate, casi ná.

 

Es también elegante el maestro Paco Arana: perfil juncal, pañuelo al cuello, ademán cortés. Es guitarrista autodidacta y escritor (muy bueno, por cierto) aunque haya sido de todo mucho antes, cuando Burgos era una ciudad profundamente gris y provinciana: niño humilde y enfermizo, ayudante en la panadería del tío Rupelo, trabajador en una fábrica textil, luego en otra de piensos y más tarde en un banco. "Y ahí me quedé para toda la vida, llevaba representaciones, era comercial. Pero es que había que mantener una familia. Un amigo me llegó a llamar buscavidas".


De haber nacido en su admirado sur, en Sanlúcar o en Jerez, habría tenido, dice, "otras vivencias mucho más... productivas. Aunque nunca se sabe. Lo que se desea es más fuerte que lo que se añora. Pero he estado por allí y hasta he tocado. ¡Un flamenco de Burgos! Era una rara avis: rubio, con los ojos claros... ¡Me hablaban en alemán!".

 

Paco Arana se enamoró de la guitarra a los 21 años, en la Mili. Tocaba un poco de todo. A su vuelta, solía dejarse caer por el Patillas, que ha sido su refugio y escenario durante tantos años, y ahí aguzaba el oído y observaba a quienes tocaban.
A él el flamenco ya le había entrado en el corazón después de una larga convalecencia por tuberculosis, cuando aislado del resto de la familia se pasaba los días y las noches escuchando en un viejo transistor a Juanito Valderrama, a la Niña de los Peines, en una habitación de su casa de la calle Progreso. Alguien, entonces, le dio un consejo: "Tú podías tocar flamenco; pero si lo haces, no te metas en más historias. Que te suene todo a flamenco". Y lo cumplió a rajatabla. "Era cierto: el flamenco necesita otra técnica, otra impronta", admite.


Hay un ‘sonido Arana’, reconocible entre los iniciados. "Yo siempre he tocado de oído, con mucha observación. Como jamás tuve un profesor fui aprendiendo de los discos... Como mi técnica y mi entendimiento no me dan para fotocopiar a los más grandes, aporto algo de mí mismo, de mi posibilidad de hacerlo mejor, de hacerlo distinto. Lo que más me satisface de las cosas buenas que me han dicho es que mi sonido es reconocible", señala. Dos anécdotas explican a la perfección su obsesión por aprender buscándose la vida. Una data de los años 70. Paco de Lucía llegaba a Burgos después de una exitosa gira por Japón, donde había llenado en cada concierto. Sin embargo, aunque ya era un dios en medio mundo, apenas medio centenar de personas se acercaron al Teatro Avenida a escucharle. Todos gitanos menos un payo, Paco Arana, que se personó con un magnetofón para grabar el concierto. "Paco de Lucía ha sido... Algo impresionante... Eso ha sido algo increíble. Lo más curioso de él es que antes de grabar ‘Entre dos aguas’ se había zurrado el culo por ahí, viajando solo con su guitarra, chapurreando el poco inglés que habría aprendido, tocando solo y aprovechando el bolo contratado para tocar en la fiesta de algún señorito, de algún ricachón". La otra, más íntima, es aquella que le permitió tocar con ese otro dios del flamenco, el Camarón. Se ponía una y otra vez el disco en el que el genio de San Fernando canta con el Tomate a la guitarra: Arana imponía el sonido de la suya sobre el de la de aquel. Y así tocaba el cielo por tangos, por fandangos, por bulerías...


No hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió, escribió Joaquín Sabina, ya metidos en genios. Y a Paco Arana le araña el alma lo que quizás pudo haber sido y no fue por mor de las circunstancias. "Me hubiera gustado haber tenido una vida bohemia, fuerte, de viajes por el mundo con la guitarra. Pero no como figura, sino como peón de la guitarra. Figuras ha habido cinco en la historia. Y tiene que ser muy doloroso ser figura. La guitarra es muy hija de puta. Es ingrata y pasa factura. Pero sí me hubiera gustado llevar una vida bohemia hasta los 35 o 40 años y haberme casado de mozo viejo. Pero resulta que con 27 años tenía ya dos hijos y no podía...". Pero no se queja de la vida que ha llevado. "Todavía hoy me divierte lo que hago. He tenido mis ratos, mis momentos, la vida...".


de la memoria. Siempre le interesó la memoria a Paco Arana; de dónde viene, qué avatares de la historia marcaron a los suyos. Algunas de esas obsesiones las ha volcado en textos literarios, en relatos autobiográficos. "Me ha interesado el pasado, la memoria, quizás demasiado. Pero ya me curé las heridas, de lo bueno y de lo malo. Yo no puedo odiar a nadie por sus circunstancias. Nadie tiene culpa de nada. He pasado página", dice. El veneno de la escritura corre por su sangre. El poeta José Luis Camarero advirtió en él ese talento, cierta destreza por el romance. Le aconsejó y animó. Ganó tres veces consecutivas el certamen de letra flamenca de La Unión, toda una proeza. Lo hubiese ganado más veces, a buen seguro. Pero cuando -no recuerda en qué edición- llamó al festival para interesarse por las bases, le informaron de que ya no había premio para los letristas. "¿Y eso por qué?", preguntó Paco. "Porque siempre lo gana el mismo", le respondieron. Suelta una carcajada cristalina el músico burgalés.


No ha dejado de hacer cosas, bolos. No tantos como hace años, cuando llegaba a hacer doblete en en mismo día en dos Casas andaluzas de distintas ciudades del norte. No ha perdido la emoción ni los nervios siempre que toca en público. "Cada vez lo paso peor". A la vida le pide seguir creando. Conserva maravillosos recuerdos de todas aquellas personas los que aprendió y actuó: Juanjo Ruiz Rojo, González Marrón, Emilio Gómez, Regina Tapia, Santi Ibáñez, Fregonese, Tino Barriuso, José San Esteban, Fermín de Roa... "Con Juanjo Ruiz Rojo hice Bodas de sangre, de Lorca. Allí estaba Tino. Yo tocaba de fondo, entre bastidores. De pronto, Marrón, que estaba viendo el ensayo, dijo que yo tenía que estar tocando en el escenario. Luego Marrón me contrató para hacer La zapatera prodigiosa en mimo. Si había una pelea, yo tocaba por seguiriyas; si había una chufla, tanguillos de Cádiz...".


Ha tocado también fuera de Burgos, y no sólo en los bolos del norte. En cierta ocasión lo hizo en la cuna de Tomatito, en Almería. Fue en el año 86. Allá se fue con Mariano Mangas y varios cantaores. Hicieron un homenaje a Lorca, "en un patio precioso. Estuvo bonito, muy interesante. Lo peor es que al final uno de los de la compañía soltó un romance castellano que no venía a cuento. Al día siguiente, en la prensa, el cronista se preguntaba quiénes eran aquellos tipos... Dijo que la actuación había sido un bodrio. Es que nosotros hacíamos un flamenquito del norte". Vuelve a reír Arana, con un destello en los ojos. Tampoco ha olvidado aquella vez que tocó para que cantara Rocío Jurado. Fue en Burgos, a propósito de un premio que recibía su marido, Ortega Cano. "Cantó por fandangos de Huelva. Tenía una voz impresionante, un poderío, una facilidad. Y muy cercana. Eso sí, cuando veía una cámara, se ponía a posar. Las letras del flamenco son muy machistas. Recuerdo que cantó esta letrilla: Me mandaste de regalo/ siete cubiertos de plata./ Me mandaste de regalo/ y yo me conformaría/ con la cuchara de palo/ de cuando tú me querías".


Dice Paco Arana que él sigue aprendiendo. Que la guitarra siempre puede ofrecer cosas nuevas. Que el arte no se acaba nunca. Abomina de quienes critican la vida cultura burgalesa. Él, que es uno de sus protagonistas desde hace medio siglo, sabe que siempre hubo y hay creadores de altura, gente que toca, que pinta, que escribe. "Otra cosa es que los políticos apuesten por ellos". Le tiene echado el ojo a un gitano que, asegura, podrá ser lo que quiera. Es El Boli, otro autodidacta tocado por un don. "Es buen chaval y tiene un talento... Es un musicazo. Tiene técnica, mete horas. Es algo sensacional". Quizás sea el heredero de Paco Arana, quién lo sabe. Lo cierto es que la guitarra esclava, puñetera. "Le preguntaban al maestro Segovia qué pasaría si no tocaba un día y él respondía: ‘yo me lo noto’. ¿Y si no tocaba dos días? Que lo notaba el público. ¿Y si pasaba tres días sin tocar? Que lo notaban hasta los críticos". Ríe con esa franqueza flamenca el maestro Arana mientras se acaricia el pañuelo. Acaso llame la atención que en la fotografía no pose el músico con su guitarra. No hace falta. Paco es guitarrista. Se le nota en la mirada, en las manos, en el deje de la voz, en esa melodía invisible que resuena a todas horas en su cabeza, en su corazón. También la música es memoria.