¿De verdad, esta España dolorida se merece esto?

Carlos Dábado
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El pacto del PSOE con los sucesores de ETA para derogar la reforma laboral hace pensar que casi todo es posible para este Gobierno

La negociación de Sánchez con EHBildu no se conoció hasta después de la votación de la quinta prórroga del estado de alarma.

Tras el escándalo del miércoles con un pacto de ida y vuelta de Sánchez con EH Bildu, los sucesores de ETA, cualquier cosa es posible en este país tronchado por un asqueroso microorganismo. Incluso, no hay que descartar la dimisión de Nadia Calviño, el rumor insistente ahora mismo en los cenáculos virtuales de Madrid. La enésima pirueta de Sánchez abona cualquier escenario. Volveré sobre este bochorno, pero en este inicio empiezo con un adelanto o con un aviso. Como quieran. En 10 días el presidente aún del Gobierno volverá a plantear una nueva prórroga del estado de alarma. Es decir, que lo que no ha conseguido en un solo tramo, con una única votación, lo intentará en dos.
El miércoles, al fin de la sesión parlamentaria en la que Ciudadanos le dio, engañado por sus aliados de conveniencia, un sí tras un discurso que parecía fabricado para el no, toda la oposición, incluidos los mencionados, abundaban en la impresión de otro latazo. Un diputado «presencial», o sea, de los que estuvieron en el Hemiciclo, se confesaba así: «se ha pitorreado de Cs; en dos semanas volveremos a estar aquí». El Plan Sánchez consiste exactamente en abordar el verano sin más trajines parlamentarios y luego,... «luego, ya veremos», me decía un colega que conoce muy a las claras las intenciones de Sánchez y del harén que le rodea. 
Un clan en el que ya solo quedan dos personajes: un mercenario (no es un insulto, él se define así) que atiende por Iván Redondo, y otro más oscuro del que casi nadie sabe nada: Félix Bolaños.
Y, ¿qué veremos realmente cuándo llegue septiembre? Por un lado, una obsesión innegociable para Sánchez: aprobar unos Presupuestos que Ciudadanos no podrá firmar, y, por otro, una determinación evidente por parte de Casado y el PP de provocar un clima social que favorezca elecciones inmediatas. 
El aún presidente insistirá también en que el otoño está al caer y que hay que prepararse para otra embestida del maldito virus; o sea, alarma disimulada, pero cierta al fin, que así se lo confirman a este cronista fuentes inequívocamente socialistas. Acusará al PP de meter al país en un brete político irresponsable urgiendo a abrir las urnas cuando se sabe que la COVID-19 está revoloteando todavía sobre nuestras cabezas, e intentará, previo pago de la cuota independentista, que Esquerra vuelva al redil. 
En realidad, el ensayo ya ha empezado: el mismo día en que Rufián -un deslenguado que juega a ser el mejor orador de cualquier colegio yanqui- estrellaba el voto en la cara de Sánchez, éste dictaminaba que el preso Junqueras saliera de la cárcel a go gó para, presuntamente, trabajar en algo, pero efectivamente para ir preparando los próximos comicios regionales en Cataluña.
Para Sánchez, Cs se ha convertido en un compañero de viaje útil, y un tanto tontorrón, cuando todo parece perdido. Quizá injustamente, pero también quizá con algún merecimiento, en el Congreso los sucesores de Rivera reciben el apodo de partido kleenex, de usar y tirar, vaya. 
Después del episodio vergonzoso antedicho, deberá ser difícil para Arrimadas apoyar al todavía presidente en la venidera nueva prórroga, si es que el Gobierno la exige. Ciudadanos, por boca de su animoso (y muy ingenuo porque está en política más verde que un brócoli) Edmundo Bal, no puede regresar al apoyo porque, según voces del mismo partido, otra maniobra así agravaría su crisis. Tiene pinta la formación naranja de irse disolviendo por lisis, pese a los trucos del CIS y de las carantoñas interesadas de llamado doctor Sánchez. 
Por lo demás, soterrádamente, se sabe que el contento de Pablo Iglesias con la recuperada compañía de Ciudadanos es nulo. Y no ha dejado de expresarlo, con sus gestos. Verán: con sorpresa constatamos esta pasada semana cómo el líder de Podemos se ausentó sin disimulos del banco azul del Gobierno mientras peroraban todos los portavoces del Parlamento. Con celebrada hilaridad recibieron los periodistas la razón de la huida fundamentada en que el jefe comunista estaba preparando su reelección como presidente de su partido. ¿Es que acaso estando, como estaba, convocada para el día 20 esta sesión decisiva del Congreso, no tenía iglesias otra fecha para lograr su renovada responsabilidad? 
En un país como el nuestro en que las gentes ni siquiera creen en que el blanco no es negro, ya nadie acepta mentiras de bachiller. 
Los socios de Iglesias, como los de Sánchez, son la rabiosa izquierda independentista, los conmilitones de ETA y muchachos y muchachas de aluvión como el desgastado delegado de Teruel existe o ese límpido, por su camisa blanca, Baldoví, el valenciano que reingresará en el rebaño cuando otee que la derecha puede ganar las elecciones. 
¿De verdad, esta España dolorida se merece esto? Seguro que no. Reparen: Bildu, la organización que nunca ha condenado a ETA y que celebra homenajes a los asesinos, se salió en principio con la suya; exigió la derogación de la reforma laboral y Sánchez aceptó todo a cambio de una abstención. El escándalo fue tan estruendoso que con, nocturnidad, abortó el PSOE el acuerdo. Cs fue de bueno y los malos le colocaron como cómplice. ¿De verdad, esta España dolorida, casi en quiebra, se merece algo así? 
Mientras los políticos se enredan en estas mil peleas el maldito virus sigue haciendo de las suyas. Creo que en esta misma página venimos anunciando que de aquí a la primera decena de junio habrá repunte de contagiados y, por ende, de fallecimientos. 
Ahora España, cuando ni siquiera conocemos el nombre y apellidos de los presuntos expertos científicos que Sánchez se niega a revelar, la hartura disimula la amenaza real del virus chino, y según el Centro de Investigaciones Sociológicas que dirige el jocundo Tezanos, contribuye al relajamiento nacional, al cachondeo incluso, con revelaciones tan hilarantes como que el 70 por ciento de los españoles se sienten económicamente mejor que en el pasado marzo, cuando solo el 38 por ciento reconocía esta situación. Para morirse de risa, no de virus por Dios. La segunda, según el mencionado trapisondista de la averiguación, a los españoles la libertad les molesta; únicamente uno de cada tres compatriotas la echan en falta. Inmenso este Tezanos.


Manifestaciones

Al principio de esta crónica hacía una previsión política, termino con otra: la calle de la España atónita y angustiada se está enredando, por eso me pregunto: ya que a cielo abierto no importa la susodicha distancia física sino las mascarillas obligatorias. ¿Por qué no se permiten las manifestaciones legales, uno de los derechos ahora mismo conculcados? 
Illa, el ministro de Sanidad, el colmo de la sindéresis como se ha comprobado, advirtió hace un par de meses: «no hay que llevar mascarilla por las calles, se ha generado un pánico irracional». Vale, pero con mascarillas antes y sin mascarillas ahora, de las manifestaciones huye Sánchez. Lo entiendo. Dejó escrito Eduardo Punset: «Aislamiento, control, incertidumbre, repetición del mensaje y manipulación emocional son técnicas utilizadas para lavar el cerebro». Parece que fue hoy cuando lo advirtió.