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El Colacho de los móviles

H. Jiménez / Castrillo
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Castrillo de Murcia revivió una de las fiestas más arraigadas de la provincia con la presencia de cientos de curiosos que, teléfonos y cámaras en mano, le restan autenticidad pero le procuran una difusión internacional

Salto en la plaza ante cientos de espectadores con cámaras, teléfonos y hasta tabletas en mano para inmortalizar el momento. - Foto: Tomás Alonso

El bien y el mal. Lo religioso y lo pagano. El llanto y la risa. Lo viejo y lo nuevo. Las maldiciones pasadas y las bendiciones futuras. Todos estos ingredientes se mezclan cada año por la festividad del Corpus en El Colacho, probablemente la fiesta tradicional con más personalidad de la provincia, declarada de Interés Turístico Nacional, que ayer volvió a tomar las calles de la localidad burgalesa de Castrillo de Murcia.

Un señor con un traje amarillo y una máscara grotesca saltando sobre colchones llenos de bebés no es algo que se vea todos los días, y precisamente su peculiar carácter y desarrollo atrae a medios de comunicación de todo el mundo interesados en la superstición, el folclore o la sensación de peligro que para muchos transmite el salto y que los vecinos niegan rotundamente.

De ahí que cientos de personas abarrotaran este pequeño pueblo y que entre los visitantes (sobre todo periodistas)se escuchara hablar más de una lengua extranjera. Y que hubiera tantas cámaras de fotos (móviles mediante) como espectadores . Y que una tradición con orígenes en el siglo XVII se mantenga con más fuerza y viveza que nunca aunque parcialmente despojada de su autenticidad.

- Foto: Photographer: Tomas Alonso Armado con su tarrañuela para provocar estruendo y con su zurriago para mantener a raya a los niños y jóvenes que le provocaban, la fiesta del Colacho repitió el argumento de la representación teatral secular que se extiende durante varios días y que tiene su culminación en el salto sobre los bebés nacidos en el último año en el pueblo o sus alrededores.

Empeñado en interrumpir los actos religiosos que el pueblo organiza con motivo del Corpus, este personaje burlesco y sin habla  que representa al diablo incordia en la misa, estropea los ritmos de los bailes y ejerce de antagonista al Santísimo Sacramento. Acompaña al atabalero y a su tambor, a la Cofradía del Santísimo Sacramento y a la Archicofradía de Minerva, cuyo nombre resulta ya de por sí evocador.

Pero como ocurre en los cuentos, la historia aquí también tiene final feliz, el bien vence al mal y el demonio acaba huyendo, volando sobre sus recién llegados al mundo previamente bendecidos y librándolos (eso ya depende de las creencias de cada uno) de males, enfermedades, hernias...

Los ColachosPedro y Manuel (pues participan tanto el protagonista principal de este año como el que lo será el próximo, a modo de ensayo) pasaron sobre casi un centenar de niños que parecían más asustados que contentos. Los que verdaderamente se emocionaban eran los padres y abuelos, como Marta y María Jesús, mamá y abuela de Martín (7 meses) respectivamente, que participaron en la tradición de Castrillo invitados por amigos. De hecho, en esta ocasión no había ningún descendiente directo de la localidad, pero los llegados de fuera lo vivían a través de los conocidos.

Ellas, comentaban, estaban «entusiasmadas». Y la tradición las empujaba a contribuir a un evento que los naturales del pueblo viven especialmente. «El Colacho ha saltado sobre mis abuelos, mis padres, sobre mí y sobre mi hija», contaba otra vecina mientras trataba de mantener a raya al ejército de fotógrafos y curiosos que entorpecía el paso de las capas de los cofrades, se colocaba delante de los altares situados junto a los colchones de los bebés o cometía la grave equivocación de aplaudir tras los saltos.

Por supuesto, toda fiesta española que se precie acaba con bebida y comida. Tras su recorrido religioso, la llamada «procesión cívica» llegó hasta la era de San Juan, la concurrencia escuchó el pregón de Germán Martín Hernández y se dispuso a la también bendita colación de pan, vino y queso.

Hoy, el cierre

Los vecinos de Castrillo vivirán hoy la última jornada de sus fiestas. Habrá nuevas carreras de los chiquillos delante del colacho y otra misa por los cofrades difuntos. Estarán seguramente más tranquilos sin tanto turista y empezarán a pensar en la próxima edición de un evento que les ha hecho famosos en medio mundo.