Sin vascos no hay paraíso

S.F.L.
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Los bares y restaurantes del Valle de Tobalina no ofrecen -de momento- servicio de terraza y sostienen que no es rentable porque muchos de sus clientes proceden de Euskadi

Las calles de Frías, la ciudad más pequeña de España, nunca se habían encontrado tan vacías de gente en el mes de mayo. - Foto: S.F.L.

El día prometía. Unos tímidos rayos de sol a primera hora de la mañana y un cielo azul sin rastro de nubes vaticinaban una jornada digna incluso de un chapuzón en las piscinas y remansos naturales con los que cuentan La Bureba y Las Merindades. No cabe duda que después de las nueve semanas de clausura sin precedentes la mayoría de los vecinos de las localidades que pertenecen a la zona básica de salud del Valle de Tobalina ansiaban el momento de poder reunirse con sus allegados y compartir el tradicional desayuno, el vermú del mediodía acompañado del pincho de tortilla o las cañas y vinos de la tarde, pese a que otros no quieren ni oír hablar del tema.
Ayer, los municipios de Frías, Partido de la Sierra en Tobalina, Quintana Martín Galíndez y sus respectivas entidades locales, al igual que tres de las pedanías de Oña, Barcina de los Montes, La Molina del Portillo de Busto y Zangandez, dieron el primer paso en la desescalada con sabor un tanto agridulce. Todos los propietarios de bares, restaurantes y tiendas que cuentan con el permiso necesario para subir de nuevo la verja y que echaron el cierre hace ya 66 días optaron por continuar tal y como estaban. Así, los vecinos de estas localidades no disponen de ninguna terraza abierta al aire libre de los establecimientos de hostelería y restauración ni la posibilidad de realizar alguna compra fuera de los artículos de primera necesidad en los negocios que han permanecido en funcionamiento desde que se inició el estado de alarma.
«¿Abrir? ¿Para qué?, si no hay ni un alma por la calle», manifiesta Iker, propietario de La Taberna de Quintana Martín Galíndez. La mayoría de los vecinos del pueblo pertenece a un sector  mayor de población que, desde que la pandemia comenzó a extenderse tan velozmente, dejó de salir a la calle. Ahora pueden hacerlo pero el miedo y la incertidumbre ha provocado que muchas personas no tengan prisa de retomar su anterior vida. Son las 11:30 y en el municipio apenas se ve una decena de personas haciendo cola para comprar el pan o sacar dinero en la caja. «El pronóstico del tiempo para esta semana es caluroso pero a mí personalmente no me compensa instalar una terraza con el 50% de aforo sin ofrecer servicio de comidas y cenas. Probablemente me espere a la fase 2», expone el hostelero.
Cascada de Pedrosa de Tobalina.Cascada de Pedrosa de Tobalina. - Foto: S.F.L.El maravilloso entorno que rodea el valle y la cercanía con el País Vasco hacen del territorio un lugar óptimo para disfrutar de una segunda residencia. Precisamente por ello, la ausencia de los veraneantes vascos se deja notar, ya que su presencia en cualquiera de las localidades de Tobalina resulta habitual. No sólo porque llenan muchas de las viviendas que de domingo a viernes se encuentran cerradas sino porque, gracias al turismo en masa que se deja caer durante los fines de semana, puentes y vacaciones procedentes de Euskadi, muchos de los negocios pueden mantenerse.
A partir de Semana Santa la vida y la economía fluyen  todavía con más garra en la zona. Los grupos de turistas se dejan ver también entre semana, tanto en las atracciones turísticas culturales como en las naturales. Sin embargo, 2020 será un año muy diferente. A estas alturas y con una temperatura como la registrada ayer, que sobrepasó los 23 grados al mediodía en Las Merindades, en la cascada de Pedrosa de Tobalina, uno de los atractivos más visitado del valle, habría gente tomando el sol, paseando o simplemente contemplando esa maravilla. Pero todo lo contrario. El pueblo estaba desierto y ni tan siquiera Nacho, el dueño del Bar Vélez, se planteó distribuir la terraza. Según uno de sus empleados, el propietario no abrirá el local hasta que el Gobierno no permita viajar a otras provincias. «Nosotros vivimos de los vecinos de Bilbao, que son los que más se mueven por esta carretera durante los fines de semana», asegura el camarero.  Lo cierto es que llama la atención comprobar como ambos lados de la carretera que atraviesa el pueblo están libres de coches, un hecho inverosímil en un día soleado y caluroso de mayo.
Pero si hay una localidad que, pese a que cambiar de fase, se ve muy damnificada esa es Frías, donde ninguno de los cuatro establecimientos de hostelería existentes han abierto. «No nos podemos mantener sirviendo cuatro cervezas y vinos», afirma Carlos, del bar La Roca. Tampoco lo han hecho las dos tiendas de artículos de recuerdo. «Necesitamos el turismo para subsistir», manifiesta Ana, de Artesanía Yara. Uno de los pueblos más bonitos de España, y su ciudad más pequeña, que vive de los viajeros. No en vano el año pasado recibió a 22.163 entre marzo, abril y mayo.