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De Lepanto a Las Huelgas

R. PÉREZ BARREDO
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El monasterio atesora estandartes de la batalla en la que la Liga Santa, encabezada por España, derrotó a los otomanos. Los donó la abadesa Ana de Austria, hija de Juan de Austria, líder de la armada vencedora

Dos de los estandartes de Las Huelgas (no se exhiben en la actualidad) que estuvieron presentes en los barcos que derrotaron al enemigo en la batalla contra los turcos.En la otra página, una bandera del mismo combate. - Foto: Patrimonio Nacional

Con profundo murmullo la victoria/ mayor celebra, que jamás vio el cielo/ y más dudosa y singular hazaña,/ y di que sólo mereció la gloria,/ que tanto nombre da a tu sacro suelo,/ el joven de Austria y el valor de España. Los versos inmortales de Fernando de Herrera suenan solemnes tonantes y no es para menos: el soneto al que pertenecen está dedicado a la Batalla de Lepanto, aquella gesta militar -el mayor combate naval de la historia moderna- en la que España, aliada con Venecia, Malta, Génova, Saboya y los Estados Pontificios (la llamada Liga Santa), derrotó a los feroces otomanos, que aspiraban a dominar el Mediterráneo. Se cumplen ahora 450 años de aquel enfrentamiento que fue el comienzo del fin de la pujante presencia turca en el Mare Nostrum.

Más de 400 galeras y alrededor de 200.000 hombres se enfrentaron en una contienda sin cuartel que sirvió para echibier el poder de la artillería europea sobre la marina otomana. La coalición católica fue liderada por Juan de Austria, aquel hijo ilegítimo de Carlos V, quien demostró una destreza sinigual para conseguir el objetivo: derrotar a la armada turca. El cruento enfrentamiento se prolongó durante casi todo un día. El saldo, además de la victoria católica, fue terrible: diez mil muertos, ocho mil heridos y una docena de galeras perdidas por el lado de los vencedores; cuarenta mil muertos y prácticamente todos los barcos perdidos por el lado de los derrotados.

Se cumplen 450 años de aquel combate fiero en el que participó (y resultó herido en uno de sus brazos) el gran Miguel de Cervantes, quien calificó la hazaña bélica como "la más memorable y alta ocasión que vieron los pasados siglos, ni esperan ver los venideros". Se da la circunstancia de que en el monasterio de Las Huelgas no sólo está el archiconocido pendón de las Navas de Tolosa: tras sus muros también se conservan varias banderas o estandartes que ondearon en aquella terrible contienda que llenó de cadáveres el Jónico. No se exhiben al turismo, pero están en el cenobio burgalés. ¿Cómo llegaron hasta allí?

La respuesta tiene nombre de mujer: Ana de Austria, abadesa del monasterio entre 1611 y 1629. Era hija de Juan de Austria, el hombre que guió a la victoria al bando católico, y prima del rey Felipe III. Considerada una de las mejores abadesas que ha tenido Las Huelgas, según consta en la documentación del cenobio cisterciense estos estandartes fueron un regalo de su padre que ella decidió donar al monasterio en su memoria. "Tuvo enorme importancia esta abadesa y todo lo que hizo durante su gobierno, pues a ella se debe la renovación del Coro con la actual sillería y gran parte de la clausura del monasterio que se denomina Abadía. No es nada extraño que su padre, don Juan de Austria, le enviara regalos y en concreto las banderas de Lepanto pueden tener un significado muy especial para un monasterio que ya tenía otro trofeo de guerra importantísimo como el denominado Pendón de las Navas de Tolosa. Las conexiones con las cruzadas religiosas son más que evidentes", explica María Jesús Herrero, conservadora del Monasterior de Las Huelgas. Las banderas de la Batalla de Lepanto se encuentra actualmente Departamento de Restauración, que se halla en el Palacio Real de Madrid.

Una gran abadesa. Aunque se sabe poco de la personalidad de Ana de Austria, la historiadora Adelaida Sagarra Gamazo sseñala en una semblanza de esta abadesa publicada por la Institución Fernán González que pese a ser una mujer de salud quebradiza era "incansable, luchadora, generosa", "con capacidad y dotes de gobierno", y confirma que regaló al monasterio los estandartes que a su vez su padre le había regalado después de la contienda en contra los otomanos.

Otro historiador, Damián Yáñez Neira, abunda en el gran recuerdo que dejó doña Ana de Austria de su gobierno en Las Huelgas Reales, que llegó al recinto monástico en un momento de importante crisis en la comunidad, contribuyendo a poner orden en la misma y sus dominios y a relanzarla. "Su comportamiento fue tal que todas las religiosas bendecían a Dios que les hubiera facilitado aquella mujer que dejaría en la casa gratísimo recuerdo, no sólo siendo una verdadera madre para todas sus religiosas, sino solucionando con acierto todos los problemas que había pendientes, dejando a la posteridad gratísimo recuerdo de su paso".