La red complica 'ir' al insti

S.F.L.
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Edo, Dorien y una amiga de la familia son los únicos vecinos que pasan el confinamiento en La Aldea. El joven se topa con serios aprietos a la hora de acceder y seguir las clases online o enviar sus deberes al no gozar de buena cobertura

Edo, estudiante de 3º de la ESO, tiene que salir al cruce de su pueblo para conectarse a internet. - Foto: S.F.L.

La falta de calidad en la cobertura telefónica y de internet en buena parte del medio rural de la provincia lastra la posibilidad de que los estudiantes sigan de forma coordinada las clases online que ofrecen los centros de enseñanza desde que se inició el estado de alarma. Interferencias, lentitud en la transmisión de archivos, imágenes que se congelan durante segundos o audios deficientes son algunos de los problemas a los que se enfrenta prácticamente a diario  Edo Baldesari, estudiante de tercero de la ESO, cuya actividad formativa pasó de presencial a telemática con el confinamiento generado por la COVID-19.

El joven reside junto a su madre, Dorien, en La Aldea del Portillo de Busto, lugar en el que la conexión a la red escasea y la posibilidad de realizar llamadas de teléfono móviles desde los propios hogares es nula. Gracias a la instalación de un dispositivo 4G en el albergue turístico El Descanso del Hacedor, para que los clientes contaran con servicio de internet, Edo puede llevar a cabo sus trabajos escolares. Para contar con el servicio en casa, la artista tuvo que trasladar el aparto hasta su domicilio, aunque en ocasiones continúa dando problemas. De hecho, el adolescente se ha visto obligado a retrasar la entrega de varios trabajos por el fallo en la conexión y por estropearse el ordenador.

El hecho de que la pequeña localidad esté habitada por esta familia de dos miembros y por Silvia Visciglio, la encargada de gestionar el alojamiento y algunas de las actividades que la asociación Imágenes y Palabras organiza a lo largo del año, ha supuesto una ventaja con respecto al uso de internet. «Si hubiese venido al pueblo más gente a pasar el confinamieno la red estaría mucho más saturada y me costaría aun más poder acceder a las clases y enviar mis actividades resueltas», declara Baldesri.

Edo Baldesari se encuentra con problemas cuando se propone enviar sus tareas y en ocasiones tiene que salir a la carretera para lograr conexión a internet.Edo Baldesari se encuentra con problemas cuando se propone enviar sus tareas y en ocasiones tiene que salir a la carretera para lograr conexión a internet. - Foto: S.F.L.

Como en la gran mayoría de los pequeños núcleos del país, la llegada de la primavera y el verano atrae de nuevo a los vecinos que durante los meses más hostiles de invierno se quedan en sus primeras residencias. Desde que las persianas de los hogares se vuelven a subir y el movimiento de personas resurge la conexión a la web comienza a flaquear hasta alcanzar un punto de congestión que no permite la navegación.

Igualmente, los problemas de conectividad afectan también directamente a la cobertura móvil. En La Aldea resulta imposible tener una conversación telefónica en una vivienda y todas deben realizarse desde la carretera, teniendo en cuenta que la única compañía que cuenta con algo de cobertura es Movistar.

Muchos interesados en alojarse en el albergue o personas que buscan información sobre actividades culturales, artistas que pretenden participar en las exposiciones o voluntarios de trabajo no consiguen contactar con Dorien ni con la persona encargada de la gestión porque los teléfonos carecen de cobertura y no entran llamadas. «Para nosotros es un problema porque algunas veces perdemos clientela. Por ello, animo a que la gente que quiera hablar conmigo a que lo intente además por correo electrónico», manifiesta la matriarca.

Edo fue el último niño que nació en la localidad, hace ya 16 años. El anterior llegó al mundo hace casi 40. Asegura que le da mucha pereza ponerse a estudiar desde casa porque tarda más de lo normal en hacer y enviar los ejercicios del instituto. Además, «las clases en solitario no tienen la misma chispa que cuando uno se rodea de sus amigos», apunta. Espera con ansia el momento de poder reunirse con toda su gente y disfrutar pronto de una jornada de pesca.

La soledad como modo de vida. A los dos miembros que componen la familia Baldesari no les ha alterado de manera tan radical como a otros ciudadanos la clausura provocada por el coronavirus. Desde hace más de una década residen solos en La Aldea, acompañados de sus animales y en ocasiones de vecinos que alargan los fines de semana o disfrutan de periodos de vacaciones. Aseguran que están totalmente acostumbrados a la soledad y que durante mucho tiempo han ensayado para poder «sobrevivir a un confinamiento». El pueblo se encuentra tan aislado que resulta «sencillo escuchar el silencio, ahora más que nunca», declaran.

Sin embargo, pese a que para ambos sea normal vivir en soledad, Dorien confiesa que cada día que pasa se levanta de la cama con menos energía. «Estoy habituada a sacar las cosas de mí misma sin la ayuda de nadie pero al no haber perspectivas me siento con mala gana y me cuesta mucho más motivarme». El arranque del albergue será una inyección importante de empuje.