La unidad de emergencia atiende a menos sintecho, pero más días

G.G.U. / Burgos
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La unidad de emergencia atiende a menos sintecho, pero más días - Foto: Luis López Araico

Cáritas gestiona en su sede de la calle San Francisco el recurso que financia el Ayuntamiento cada invierno para evitar que duerman al raso personas sin hogar que no quieren ir al albergue municipal para transeúntes

Más burgaleses que gente de paso, más jóvenes y con una situación de vulnerabilidad socioeconómica más cronificada. Ese es el perfil de los 17 sintecho que este año recurrieron a la denominada Unidad de Mínima Exigencia (UME), el recurso que el Ayuntamiento financia y que Cáritas gestiona cada invierno con el objetivo de que personas sin hogar que, por el motivo que sea, no quieren ir al albergue municipal de transeúntes puedan dormir a cubierto durante los meses más fríos del año. Ubicada en los bajos de la sede de la organización católica, la UME cerró a comienzos de abril con una ocupación del 93% y un balance positivo, ya que el haber acogido a menos personas que en temporadas anteriores (35 en 2015) pero durante más tiempo, se ha podido dar un paso más e iniciar intervenciones personalizadas para mejorar su situación.
El perfil de los usuarios, como ya se indica, también ha sido distinto al de otras temporadas, ya que la mayor parte han sido hombres, nacidos en Burgos y con una media de edad de 47 años. Hasta ahora, lo habitual era que se superaran los 50 años; un dato que evidencia hasta qué punto está incidiendo la crisis y la precariedad laboral entre personas con situación vulnerable.
Hace muchos años que Cáritas, responsable también de la gestión del albergue municipal, cambió el planteamiento de los programas para las personas sin hogar y pasó de un modelo meramente asistencial a otro que ellos denominan ‘escalera’ y que consiste en poner los medios para que la persona vaya subiendo peldaños hacia la reinserción y normalización de su vida. Un criterio que también ha empezado a aplicarse en la UME, un recurso que en principio está pensado para dar asistencia básica y minimizar daños, pero en el que, según explican fuentes de la entidad, este invierno se ha hecho «algún tipo de acompañamiento» con la mayoría de los 17 usuarios atendidos. «La intervención ha sido más exitosa porque» la asistencia de emergencia «ha derivado en una mejora de situación y calidad de vida tanto en términos de salud como de cobertura de las necesidades fundamentales».
Y la experiencia parece indicar que la decisión de cambiar de criterio fue acertada porque, después de siete inviernos en activo, el personal que gestiona la UME ha comprobado que el recurso ha servido para encauzar a históricos de la calle: personas que llevaban muchos años malviviendo de la mendicidad y sin un techo bajo el que dormir acudieron a este espacio por probar y, al final, accedieron a instalarse en el albergue y a iniciar algún programa de reinserción social y laboral. Esta suele ser, de hecho, la principal reticencia a ir al albergue municipal, un recurso que se puede emplear durante varios meses seguidos pero que obliga al usuario a seguir un itinerario de reinserción adaptado a sus características. Es decir, que en función de la edad y del perfil  de cada usuario, conlleva más formación, prácticas, tratamiento para dejar adicciones y, en general, exige voluntad de cambio.
Como son muchas las personas que no tienen esa disposición o esa resolución, se pensó en la necesidad de poner en marcha un espacio de exigencias mínimas, un sitio al que se pudiera entrar de noche y salir a primera hora de la mañana, desayunados y aseados, sin rendir cuentas a nadie. El Ayuntamiento lo financia cada temporada con unos 15.000 euros, un presupuesto que la entidad vinculada a la Iglesia católica exprime para poder reforzar el recurso cada año. En este invierno, por ejemplo, contaron con un enfermero, un integrador y un educador social gracias a tres contratos bonificados. También se empleó a un antiguo usuario que ha normalizado su vida y cuya experiencia se ha considerado de gran valor para entablar una relación con esas 17 personas que han ocupado las 6 camas de la calle San Francisco.