Matrix en un hotel

José Javier Aárate
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Alejada de la habitual comedia de Daniels y Klein, la serie 'Upload', de Amazon, nos sumerge en un inquietante mundo virtual, una irrealidad idílica únicamente para quién la pueda pagar

Matrix en un hotel

Amazon apuesta fuerte por sus producciones propias. Para Upload ha fichado a Greg Daniels y a Howard Klein, que ya colaboraron en El rey de la colina, The Office, Parks and Recreation y Space Force. El primero concibió esta serie y ambos son productores ejecutivos de una ficción que se aleja de sus comedias.
La serie comienza de forma bastante simpática. En un futuro próximo, la empresa Horizen ofrece la posibilidad de trasladar la conciencia al mundo virtual. Nora es un ángel, un agente de soporte que trabaja allí. Entre sus clientes están Nathan e Ingrid, un divertido y superficial millonario y su novia aún más superficial, que viven una vida lujosa. Tras un accidente, la chica le convence de subirse a un mundo idílico, Lakeview.
El entorno es un hotel de lujo con todos los servicios rodeado de bosques frondosos y lagos. Y como en todo hotel, los extras se pagan aparte. Pero por razones incomprensibles, algunos de los elementos de esta realidad virtual se comportan como si el cliente estuviera en un videojuego. La selección de productos del minibar que se hace deslizando pantallas en la nevera, el clima que se cambia a voluntad, el perro psicoterapeuta que habla a ratos, el bufet virtual que desaparece llegada una hora...
También hay fallos de software, momentos de pixelación, ventas puntuales para monetizar el software (¿alguien necesita chicle?)...
Al mismo tiempo se produce la anómala situación de vivir entre dos mundos, el funeral al que acude el propio finado o el noviazgo que se mantiene entre el mundo real y el virtual. Y así hay múltiples elementos que hacen consciente al cliente de la virtualidad de su situación, de no  estar vivo. Pero quien diseñó ese mundo decidió que se vieran sometidos al apetito, al sueño o a las leyes de la gravedad. 
se rompe el guion. Las situaciones jocosas y absurdas se multiplican. Los manifiestos caprichos de algunos ricos resultan cada vez más excéntricos. Aunque Upload  podría seguir estos derroteros y cerrar la serie a base de gags en cada episodio, Daniels opta por explorar las sombras de ese idílico mundo. Porque también hay alcantarillas, y clientes de segunda y de tercera que viven por debajo de los mínimos, y niños subidos que no podrán tener una verdadera infancia. A esto se suma una complicadísima trama de conspiración y crimen que se entrecruza con otra de carácter sentimental. Con estos elementos la ficción va haciéndose más compleja y sombría, y consigue que queramos seguirla a lo largo de todos sus capítulos.
Lo que nos inquieta y a la vez nos atrae de Upload es que presenta una premisa verosímil. Por un lado, en el mundo virtual se reproducen, amplificados, los vicios del mundo real. Y al mismo tiempo sabemos que, a nivel tecnológico y en un futuro próximo, se plantea esta posibilidad de virtualizar nuestra conciencia e identidad.
Pero por el otro, y es lo más estremecedor, la realidad material que plasma ya está aquí. Ya vivimos en una sociedad pegada a las pantallas, en la que unos viven acumulando cada vez más mientras otros rozan el umbral de la mera supervivencia, en la que todo está gobernado por intereses económicos y en la que todo se regula, incluidas las relaciones íntimas. 
Sobre este último punto hay una escena que merece la pena, que te deja absolutamente impactado en el sofá, de esas que no se olvidan. Sería jocosa si no fuera, realmente, terrible.
Estamos, en definitiva, ante una serie de ciencia ficción fascinante e inquietante al mismo tiempo, precisamente por su realismo descarnado.