Las adicciones y los trastornos mentales perpetúan la situación de muchos sintecho

Angélica González / Burgos
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Santiago posa delante de la ‘tienda de campaña’ en la que duerme desde hace siete meses. Espera que su situación cambie pronto. - Foto: Alberto Rodrigo

Santiago, bilbaíno de 42 años y diagnosticado de una esquizofrenia, duerme desde mayo bajo unos plásticos junto al río

Hasta el 80% de las personas que viven en la calle tienen problemas de salud mental y adicciones, una situación que provoca que sus procesos de recuperación se compliquen y se alarguen mucho en el tiempo. Esta realidad, constatada y denunciada por Cáritas hasta la extenuación, y frente a la que apenas hay una respuesta institucional, se personifica en Santiago. El miércoles por la noche, este bilbaíno de 42 años, que reconoce un diagnóstico de esquizofrenia, accedió a mostrarnos el lugar donde duerme desde mayo, una especie de tienda de campaña formada por palos y plásticos, en un descampado junto al río.
Hace siete meses, tras incumplir una de las normas, fue expulsado por un mes del albergue municipal que gestiona Cáritas. Cuando terminó el ‘castigo’ y se le ofreció volver, lo rechazó de plano porque dijo que en la calle «vivía mucho más libre». Ahora, con los fríos, ha empezado a insinuar que no le disgustaría dormir bajo techo, pero lo podrá hacer cuando cumpla  su parte del pacto, que es acudir a Proyecto Hombre, donde está citado la próxima semana. «A pesar de que duerme en la calle nunca le hemos dejado de la mano, le hemos gestionado el acceso a los servicios de salud mental y a la renta garantizada de ciudadanía y la posibilidad de comenzar un tratamiento contra las adicciones. Pero si le decimos que sí a todo y nos limitamos a una política asistencialista no solucionaríamos nada», explica David Alonso, trabajador social del albergue, el hecho de que duerma en la calle.
Santiago, de hecho, sigue haciendo las tres comidas en Cáritas. Allí, además, se ducha y tiene guardadas sus pertenencias y en el entorno del albergue, en la calle San Francisco, pasa todo el día junto a sus amigos Said, Alfonso y Manuel. Estos dos últimos son españoles (catalán y vallisoletano, por más señas) y tienen menos de 40 años, un perfil que está creciendo alarmantemente entre los sintecho. La crisis ha terminado de dar la puntilla a quienes ya eran vulnerables por razones de salud.
A pesar de todo, a las nueve y media de la noche, los cuatro formaban una alegre pandilla. «Claro que os invito a mi casa, lo que no sé es si me llegará el café para todos», se cachondeaba Santiago, que no puso ninguna objeción a ser fotografiado ante su ‘tienda de campaña’ en la que solo cabe un colchón. En el camino, iba presumiendo de que no se toma las pastillas que le da el psiquiatra, de su expulsión del Ejército, de los policías a los que han mandado al hospital, de las cárceles que ha pisado (Zuera, Soto del Real, Navalcarnero, Nanclares... repetía como un mantra) y hasta de su experiencia como pastor: «Me llevo mucho mejor con los animales que con los humanos». Cuando se le pasa el acceso de euforia reconoce que sí, que tiene que empezar a cambiar, pero advierte que lo quiere hacer él solo sin contar con su familia: «¿Tú crees que quieren saber algo de mí después de que le rompiera la cara a mi cuñado y dos dientes a mi hermano?». Lorena y Cristina, estudiantes en prácticas de Cáritas, le animan a que vaya a Proyecto Hombre pero él no acaba de verlo. Para David Alonso, en cambio, esa posibilidad es como contemplar una luz al final de un túnel que ya dura mucho.
El trabajador social tiene confianza porque sabe que sí hay gente que sale. A pesar de las recaídas, de las entradas y las salidas del albergue, de los enfados: «La semana pasada vino a verme Javier para contarnos que entra en un centro a desintoxicarse. Trabajamos con él más de dos años. Me fui a casa con un subidón que me compensa de todo».