Alas de inocencia para volver a creer

Adrián del Campo
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Irene Arnaiz fue la protagonista de la Bajada del Ángel en Aranda. Con tan solo cinco años y entre sonrisas y nervios liberó a la Virgen de su velo para llevarse centenares de aplausos

Centenares de personas abarrotaron la plaza de Santa María para ver, fotografiar y grabar la tradicional Bajada del Ángel. - Foto: Julio Calvo Recio

A veces, más bien en muchas ocasiones, la experiencia que dan los años, los palos que va regalando la vida, hacen que los adultos pierdan la ilusión, o la fe en volver a ser plenamente felices. La edad puede ir apagando a las personas hasta el punto de convertirlas en incrédulas, desconfiadas y convencidas de que ningún milagro es posible. En contraposición a todo eso está la niñez. Ese estado de inocencia que acerca a los más pequeños a la felicidad plena de una manera tan constante que seguramente, como señala Santi Balmes en el libro El Hambre Invisible, es imposible volver a experimentar de una forma tan habitual una vez cumplidos los doce años.

Ese antagonismo entre la inocencia de la niñez y la incredulidad de los adultos se representa perfectamente en la Bajada del Ángel de Aranda. La Virgen, después del duro golpe de la muerte de su Hijo, parece no poder ver que haya vuelto a la vida, pero el Ángel (representado por un niño) es quien le quita el velo de tristeza, de luto, para que contemple lo que parecía imposible: a Jesucristo resucitado.

Aranda de Duero volvió a revivir ayer la Bajada del Ángel para cerrar su Semana Santa. En esta ocasión la protagonista de la histórica representación fue Irene Arnaiz García, una niña de tan solo cinco años que se vistió de Ángel para salir de una esfera situada a varios metros sobre el suelo, soltar unas palomas, quitarse la corona y retirarle el velo a la imagen de la Virgen de las Candelas mientras subía y bajaba a través de unas cuerdas, poleas y arneses aleteando para simular el vuelo de un ángel. Todo eso lo tuvo que hacer en un breve espacio de tiempo y ante cientos de miradas, cámaras y, sobre todo, móviles.

Tantas eran las tareas del Ángel que claro, algo podía fallar, y como anécdota quedó que se le cayó el velo de la Virgen, pero no tuvo mayor importancia. La propia Irene, minutos después, contaba, tímida, que no se puso triste y explicaba lo ocurrido: «Como se me ha caído el pañuelo, yo esperé para que me lo diesen». Y así fue, los cofrades le devolvieron el velo enseñándole una segunda oportunidad de las muchas que le dará la vida. Los nervios también estuvieron presentes en la pequeña, sus propios padres, y hasta su hermana menor, que le dio un beso bajo la Virgen, la animaron y tranquilizaron, y sobre todo le dijeron que sonriera, que sonriera mucho. Y eso hizo Irene, sonrió desde que empezó a descender hasta que completó la procesión bajo en el paso de la Virgen, portando el velo que le había retirado.

Esa sonrisa inocente, nerviosa y tímida a la vez, fue quizá, a parte de todo el mérito de ser Ángel, por supuesto; lo que le valió la ovación de las centenares de personas que fueron llenando la plaza de Santa María de Aranda para ver, un año más, la Bajada. Desde las once de la mañana las primeras filas fueron la obsesión colmada de los más madrugadores y cuando quedaban 20 minutos para el vuelo del Ángel, solo quedaban huecos en segundos escalones. «Oiga señora, usted póngase detrás», se escuchaba entre el público. También un: «Ya sube la escalera, ya sube la escalera, papá». Y muchas otras conversaciones: que si aquí una reverencia, que si aquí va el paso de Cristo, y todas ellas esperando a ver a Irene y su sonrisa. Esa tan limpia, tan confiada y tan inocente que es difícil encontrar en los adultos. Aunque quizá asomara mientras una niña-ángel les recordaba que a veces creer no es un pecado.