Julio de 1967 - El tren siega seis vidas de un golpe

R.B.
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La vía ferrea de la capital burgalesa ha sido el escenario donde han perdido la vida muchos ciudadanos. Este no fue el primer accidente que ha causado el tren, pero sí uno de los que dejó una mayor estela de cadáveres. Seis en total

Estado en el que quedó el autobús tras sufrir la espectacular colisión contra un tren de mercancías aquel domingo tres de julio de 1967. - Foto: Fede

LUGAR: El paso a nivel de Villalbilla.

CAUSAS: No se sabe por qué las barreras no estaban bajadas si funcionaron los sistemas de avisos.

CONSECUENCIAS: En el autobús viajaban 44 personas y el accidente provocó seis fallecidos y 38 heridos.

Los toros no habían estado mal aquella tarde, aunque la verdadera fiesta había venido después. Varios vecinos de Tierra de Campos, sobre todo de Pedrosa del Príncipe y de Astudillo, habían aprovechado el último día de las fiestas de San Pedro para acudir a la capital burgalesa y olvidar todas su preocupaciones en las múltiples atracciones. Por eso mismo, el autobús especial que les debía llevar a casa había esperado hasta última hora, dada la juerga que aún tenían dentro del cuerpo sus ocupantes.

Después de acomodar a los 44 pasajeros en sus correspondientes asientos y de aguantar las consabidas burlas, el conductor, un joven palentino de 27 años, enfiló la carretera de Valladolid para dejar a cada uno en su casa. Eran las doce y media de la noche y, al llegar al paso a nivel de Villalbilla, comprobó que las barreras estaban levantadas, por lo que continuó viaje. No podía sospechar siquiera que, apenas unos instantes después, un tren de mercancías iba a cruzarse en su vida y en la de todos los viajeros.

El impacto fue brutal. Tanto que arrastró el autobús más de 20 metros sobre la vía «convirtiéndose el vehículo en una masa informe de chapas y de hierros retorcidos», según contaban las crónicas periodísticas de la época. Los gritos de los heridos rompieron el silencio de la noche y una enorme confusión se adueñó de todo el entorno.

El primero en reaccionar fue el maquinista del tren, que avisó con urgencia a las asistencias de la ciudad, «desplazándose hasta el lugar todas las ambulancias que estaban disponibles en ese momento». Cuando los servicios asistenciales llegaron hasta el lugar encontraron un panorama desolador. Cinco cadáveres estaban esparcidos por el suelo y la práctica totalidad de los viajeros presentaban heridas de mayor o menor gravedad. Nadie sabía por donde comenzar a actuar. «Se vivieron escenas desgarradoras, al no encontrar algunos a sus familiares y amigos», narraba el periodista.

Agentes de la Guardia Civil y números del puesto de Huelgas acudieron prestos al lugar. Mientras tanto, un empleado de RENFE encendía los petardos anunciadores de la catátrofe. Su misión no era otra que la de avisar al resto de maquinistas de que la vía se encontraba cortada por el accidente, algo vital teniendo en cuenta que esa era una hora punta en lo que al tráfico ferroviario se refiere.

Los equipos de asistencia comenzaron a trasladar a los heridos, comenzando por un joven de 19 años que, sin embargo, falleció instantes antes de llegar al hospital, aumentando a seis la cifra de víctimas. Cualquier centro era bueno para acoger a las víctimas. Tanto el Hospital Provincial, como la Clínica del Carmen, San Juan de Dios o la Casa de Socorro se prepararon para vivir una noche movida. Hasta allí se trasladaron también muchos ciudadanos en busca de unos seres queridos que no aparecían por ningún lado.

Mientras el personal sanitario curaba a los heridos, otro grupo trataba de restablecer el tráfico en la vía. Después de muchos esfuerzos, los operarios lograron mover unos metros el autobús siniestrado y a las 5.30, los trenes pudieron volver a pasar por el lugar, algo básico en una época en la que, no hay que olvidarlo, el ferrocarril era aún el medio de transporte más utilizado.

Al amanecer, un grupo numeroso de personas recorrieron la vía para recoger los restos del accidente. En un amplio radio encontraron ropas, dinero joyas y otros objetos, como cartillas de ahorro, desperdigados por la plataforma. También acudieron numerosos curiosos, ya que la noticia fue pasando de boca en boca con una velocidad de vertigo. Una vez en el lugar de los hechos, pudieron comprobar la magnitud de la tragedia.

Como siempre que sucede un accidente de estas características, enseguida se trató de buscar a los culpables. Lo primero que comprobaron los técnicos fue si habían funcionado correctamente el dispositivo que tenía que avisar de la llegada del expreso. Al comprobar que no había habido ningún fallo en este punto, fueron a hablar con el responsable del puesto. «El guardabarreras no cesaba de llorar sin poder explicarse lo ocurrido», agrega el cronista. Nunca se supo, o al menos no se publicó, la causa final del accidente.

* Este artículo fue publicado en la edición impresa el 1 de agosto de 2004