El goleador burgalés del campo del horror

R.Pérez Barredo
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Un libro recoge la historia de Saturnino Navazo, de Hinojar del Rey, que salvó en aquel horror su vida, la de un niño judío y la de muchos compatriotas gracias a su talento futbolístico y a su humanidad

Navazo, arriba a la derecha, fomenado alineación con otros españoles en el campo de concentración. - Foto: Archivo Siegfried Meir

Jamás hubiese imaginado aquel niño de 10 años que había visto morir a toda su familia en el campo de exterminio de Auschwitz, el gran matadero industrial del nazismo, queasullegadaaotroinfiernollamado Mauthausen encontraría un ángel de la guarda. Era enero de 1945. Bachmayer, comandante del campo, le dijo que sería confinado en la barraca de los españoles. «Yo pensaba que era una especie de treta para engañarme o algo así y que me mandarían a la cámara de gas. El hecho es que me llevó a la barraca y me presentó a Navazo».

Así es como recuerda Siegfried Meir en el libro Los últimos españoles de Mauthausen (Ediciones B) cómo conoció a su ángel de la guarda. Al hombre que lo protegería, que lo salvaría de una muerte segura y que garantizaría su existencia en adelante lejos de cualquier horror. Ese hombre se llamaba Saturnino Navazo y era burgalés, nacido en Hinojar del Rey en 1914. Un héroe. Uno de esos héroes anónimos que construyen con hilos invisibles, pero firmes, la historia.

Su historia -su epopeya- ha quedado ahora reflejada en ese libro, firmado por el periodista Carlos Hernández. Ha contado para ello con el mejor testimonio posible: el de ese niño, hoy un hombre octogenario que cuenta con esta emoción su primer contacto con Navazo:«Nos miramos y e nlamirada de Navazo vi una de las cosas más maravillosas de mi vida...».

Tras su deportación, volvió a jugar al fútbol en Francia.Tras su deportación, volvió a jugar al fútbol en Francia. - Foto: Archivo Siegfried Meir

Saturnino Navazo, futbolista de profesión que había sido estrella de Deportivo Nacional y que lo hubiera sido Real Betis si no se hubiese interpuesto la Guerra Civil, había acabado confinado en Mauthausen después de haber perdido la guerra con el bando republicano y haberse exiliado a Francia, donde fue hecho prisionero por los alemanes. Convertido en el número 5.656, Saturnino Navazo logró alejarse de los 186 escalones de la cantera de Mauthausen en los que se dejaron la vida miles de españoles gracias a su talento con el balón.

Además de seres humanos, los nazis también mataban el tiempo en actividades lúdicas. El fútbol era una de ellas. Organizaban partidillos con aquellos reclusos a los que aún no habían vencido el hambre, la explotación y las torturas. Y enseguida repararon en que aquel espigado hombretón era un artista con la pelota en los pies. En más de una ocasión, los desalmados alemanes aplaudían sus goles y malabares.

El talento del burgalés le granjeó una posición de privilegio dentro del campo: fue nombrado jefe de un barracón de doscientos españoles y designado a ayudar en la cocina para que pudiera organizar partidos de fútbol. «Navazo se ocupaba de la barraca y de organizar los partidos de fútbol. También trabajaba pelando patatas y yo le ayudaba. Cuando podíamos, robábamos algunas de ellas y las repartíamos con los demás», cuanta Meir en el libro. «Le acompañaba a los partidos, llevaba sus botas, le daba masajes y él se portaba como un padre conmigo. Por eso, meses más tarde, cuando llegó la liberación, le pedí que me llevara con él. Le pedí que fuera mi padre de verdad», apostilla Meir.

Lo fue. Saturnino Navazo no sólo conservó la vida y ayudó a que sus compañeros de barracón preservaran la suya llevándoles alimentos de matute sustraídos en las cocinas de Mauthausen: cuando los norteamericanos liberaron el campo en mayo de 1945, el burgalés se hizo cargo del pequeño. Y vivió con éste y con la familia que formó después de aquel horror en Francia hasta que Meir decidió independizarse, sin que eso significara alejarse: siguieron viéndose y pasando temporadas juntos hasta la muerta de Saturnino Navazo, acaecida en 1986. El pasado verano, en un gesto maravilloso, Hinojar del Rey le dedicó una plaza. Toda su familia estuvo presente en el acto.

Los españoles que estuvieron recluidos en los campos de concentración nazis (de los que hay constancia documental) ascienden a 9.328. De estos, 5.185 murieron, 3.809 sobrevivieron y 334 figuran como desaparecidos. La mayoría de estos deportados, 7.532 hombres, mujeres y niños, estuvieron recluidos en el campo de Mauthausen, donde murieron 4.816. Dachau, Buchenwald y Ravensbrühk también recibieron a un importante número de deportados. Los últimos españoles de Mauthausen recoge los testimonios de Siegfried Meir y de un centenar de españoles que consiguieron sobrevivir al infierno.

La obra aporta también documentos inéditos que permiten acusar al régimen franquista de facilitar la muerte en las cámaras de gas de más de 50.000 judíos de origen sefardí.

* Este artículo fue publicado en la edición impresa el 11 de febrero de 2015