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«En una copa de vino tiene que haber sentimiento»

I. PASCUAL
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Retratos del Burgos olvidado (XXXI) | Recuerda cuando pisaba la uva de niña, cuando la vendimia era una fiesta, cuando se marchó a estudiar Derecho... y cuando volvió. Asun, como las cepas, es hija de esta tierra y como ellas, necesita su alimento

Asun Barbadillo García, gerente de Bodegas Monte Amán y vicepresidenta de la DO Arlanza. - Foto: Luis López Araico

Iba para abogada, o al menos comenzó a estudiar Derecho, pero le parecía muy aburrido, así que pronto lo dejó para embarcarse en Relaciones Laborales. Tampoco terminó, aunque a esos estudios Asun Barbadillo les ha sacado partido en sus cometidos al frente de la bodega Monte Amán, en Castrillo Solarana, de la que es gerente, además de vicepresidenta de la DO Arlanza, una denominación lograda a fuerza de sudor y lágrimas y en la que su padre, Adolfo Barbadillo, fue uno de los bodegueros de la comarca que más se involucró junto a la familia Sierra, de Villalmanzo, y Viña Valdable, de Covarrubias.  

Y de buena cepa, no podía salir mal caldo. Así, Asun Barbadillo es pura pasión por el mundo del vino, quizás no esté al pie de la viña como lo está su hermano, pero todo pasa por ella, más centrada en la gestión administrativa, comercial, en el marketing, ahora tan importantes si quieres que te conozcan y vender, en las redes sociales y en hacer de guía en las visitas a la bodega, otro mundo que no se puede obviar porque el enoturismo forma parte ya del mundo vitivinícola y de la propia subsistencia de las empresas bodegueras. Además, es la que está en contacto con las enólogas para decidir qué tipo de vino hacen, cuantos meses estará en barrica o en qué tipo de madera va a madurar el vino. 

A Asun la pillamos para este reportaje enfrascada en papeleo, «esto nos quita media vida, cada día nos exigen más y todo por internet, un suplicio», dice, y cierra el ordenador. Recorremos las instalaciones, la bodega, el restaurante, pero queremos ver campo, así que tras charlar un buen rato nos vamos a ver las viñas, esa inmensidad que se extiende en el límite con Quintanilla del Agua, un mar verde que está en pleno proceso vegetativo;  es tiempo de hacer la poda en verde. «Ahora, cuando empiezan a salir los tallos, es el momento de quitar algunos para controlar la producción, porque aquí lo que interesa es la calidad, no la cantidad», afirma. 

Allí, nadando entre las cepas, es inevitable no contagiarse y disfrutar de esa sabiduría que atesora esa mujer que dice estar enamorada cada vez más de esos paisajes, en los que las viñas se funden con las sabinas. «No estamos incluidos en el parque natural Sabinares del Arlanza, pero aquí, mires por donde mires verás sabinas por todas partes». Los viñedos de Monte Amán se extiende por términos que Asun va recordando como su estuviera en el colegio y le mandaran recitar la lista de los reyes godos: Valdeágueda, Las Muñecas, La Raposa, Los Llanos, Andilluela, Los Valles, Alto Carmona -que va a dar nombre a un vino de autor, un proyecto nuevo y muy especial para la bodega- y Monte Amán, abrazándolos a todos y dando nombre a la bodega y a sus vinos tintos y rosados, elaborados con la variedad Tinto del País o Tempranillo. Todas esas fincas, pequeñas en sus inicios y que se han ido juntando para hacerlas inmensas y poderlas trabajar mejor, conforma un paisaje envidiable, con una tierra apropiada para plantar viñas, «arcillosa y con cascajos», aclara la experta.

Esa visión para hacer de esos terrenos malos para cereal, buenos para viñedo, ya la tuvieron sus abuelos y el resto de antepasados de Castrillo, una tierra donde siempre hubo cepas como lo atestiguan las 150 bodegas tradicionales que se ubican en torno a  la iglesia, y la veintena de lagares que había. «Si hay bodegas es porque había viñas, era un consumo para casa, todas las familias hacían sus caldos», confirma Asun que, un día decidió dejar esos estudios de Relaciones Laborales y unirse al proyecto familiar para relanzar la bodega. «En casa decían que aquí hacia falta alguien para esas tareas de gestión y me vine, tomé esa decisión y aquí sigo, también involucrada en la DO Arlanza». 

El año 1985 marca el comienzo de Monte Amán como referente vitivinícola en la comarca. Ese año se reestructura todo el viñedo, se arrancan las cepas viejas y se van plantado nuevas; las más jóvenes son del año 99, y fue en 1990 cuando empiezan a embotellar con la marca Monte Amán; hasta entonces, se hacía vino y se vendía a granel. Actualmente son 30 las hectáreas que conforman el viñedo de la familia. 

Asun piensa que la bodega ha permitido mantener en cierto modo la economía local, que se ve dinamizada en épocas de poda y vendimia con la llegada de grupos de trabajadores, o al menos, vincular al pueblo con el mundo del vino, que no es poco. Además, destaca que su ubicación es perfecta, en medio de ese triángulo que conforman Lerma, Covarrubias y Silos, «eso es muy importante, por aquí pasa mucha gente», añade, aunque lamenta que la denominación Arlanza no consiga despegar, crecer en hectáreas. Recuerda que en 1940 había en la comarca 15.000 hectáreas, de las que ahora quedan 1.000 y poco más de 300 registradas en el consejo regulador. En cuanto a su futuro, cree que tiene que entrar gente joven, otra generación, invertir y apostar fuerte, aunque reconoce que siempre será una DO pequeña, «pero tenemos que diferenciarnos, hacer calidad, buenos vinos. Siempre digo que hay que diferenciar lo que es una bodega de una fábrica de vino, y en esa filosofía, las pequeñas son las que más cuidan y se preocupan por hacer caldos mejores. A veces, la gente se deja llevar más por el marketing, hay que catar y probar para decidir lo que es mejor».

Para Asun, hablar de vino, es hablar de sentimiento. «Yo he vivido el contraste. He visto pisar la uva, yo también la pisaba, claro, en aquella lagareta que la recuerdo como si fuera entonces, cuando tenía unos 6 ó 7 años, y luego cómo se ha ido transformando y utilizando moderna maquinaria», dice dejando vagar sus recuerdos a los años en los que todos ayudaban a vendimiar. «Aquello era una fiesta, pero hoy para mí la vendimia no es fiesta, es la peor época porque hay que coger gente y estar pendiente de demasiadas cosas. No es lo mismo cuando se hace vino para uno que cuando es un negocio y tienes que sacar un vino con una marca».

Como buenos productores, también en casa son consumidores. «A mí en verano me gustan los rosados, más frescos. En invierno, prefiero los tintos, y en general para comer, dame un vino con madera, un crianza o roble», dice sin vacilar.