Un lugar donde no olvidar lo que se aprendió

S.F.L.
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La Fundación Castresana de Oña abrió las puertas del único centro de día de la comarca hace ya seis años. Cada día, 18 abuelos de pueblos aledaños acuden para mantenerse activos y reforzar su autoestima

Los mayores practican ejercicios físicos a diario. - Foto: S.F.L.

El modelo de sociedad que se ha formado poco a poco ha favorecido el incremento de la soledad, especialmente en las personas de mayor edad. Para muchos ancianos este hecho no es fruto de una decisión propia, sino que la propia vida la impone. Residir solo no tiene nada que ver con sentirse solo. Corresponde al estado de un amplio número de mayores, un problema del que, en ocasiones, la familia entra en la ecuación e incentiva a que sus abuelos mantengan su actividad social, disfruten del ocio, se sientan útiles y al mismo tiempo conserven su independencia, siempre que estén capacitados para ello. En el caso de que no sea así, deberían preocupase de erradicar una de las enfermedades silenciosas que más afecta: el aislamiento.

Para frenar los sentimientos de nostalgia y desamparo que sienten estas personas existen diversas alternativas, asociaciones culturales, voluntariado, residencias o centros de día. Estos últimos van más allá de un lugar para que los ancianos puedan permanecer o entretenerse durante unas horas. Promueven un envejecimiento activo con la práctica de ejercicio y una alimentación adecuada, la búsqueda de mantener la autonomía y las relaciones sociales, además de trabajar la estimulación cognitiva y reforzar la autoestima.

El primer y único centro de día de La Bureba se sitúa en Oña. Abrió sus puertas en 2013 y desde entonces, abuelos de localidades de la comarca acuden de lunes a viernes  en horario de 9.30 a 17 horas. Con una sola planta y sin barreras arquitectónicas fue diseñado a la medida de las necesidades de los mayores. Consta de salas para la realización de tareas dirigidas, salón de televisión, comedor, enfermería y patio. Asimismo, dispone de atención sanitaria, taller de terapia ocupacional, servicio de comida, merienda y transporte adaptado a demanda para los usuarios.

La Fundación Castresana, presidida por José Ignacio Castresana, puso en marcha el proyecto -con una capacidad de 24 plazas de las que actualmente permanecen cubiertas 18- con el objetivo de mejorar la calidad de vida de los ancianos que habitan en el medio rural e intentar frenar el deterioro que acompaña el envejecimiento. En ocasiones, los familiares optan por trasladarlos a las ciudades a vivir con ellos o los ingresan en residencias pero «nosotros les ofrecemos la alternativa de que continúen en sus hogares y durante el día ocupen su tiempo con compañeros realizando actividades», declaran fuentes de la entidad.

Minibuses para llegar al centro. Para facilitar la asistencia al centro, la fundación cuenta con minibuses que los recoge en sus respectivas localidades «porque sino la mayoría no podrían acceder». Hay tres rutas estipuladas: la de la zona de Briviesca, la de Poza de la Sal, las Caderechas y la de Trespaderne. A pesar de que resulta ser la prestación más costosa, permite que aquellos que no viven en la villa condal «tengan la oportunidad de acudir sin inconveniente», añaden.

A lo largo de las ocho horas que dura el servicio, los abuelos practican gimnasia adaptada, actividades terapéuticas y ocupacionales, comen y meriendan en el centro, que dispone de cocina propia y no de catering. Ya por las tardes, con el peso de las horas, ejecutan tareas lúdicas más relajantes como musicoterapia, cartas y juegos.

Desde el centro garantizan que con este programa los mayores activan cuerpo y mente. Mariví Sanjuanes, la enfermera, los supervisa a diario. «Los ocho trabajadores nos encargamos personalmente de que se sientan a gusto y sobre todo queridos», declara. El 60% de los asistentes padecen Alzheimer o demencias y su labor gira en torno a motivarlos y a intentar retrasar la pérdida de sus facultades.

Sanjuanes trabajó 13 años en una residencia de ancianos y asegura que el periodo de adaptación al centro de día no tiene nada que ver. «Aquí les dura poco, en cuanto ven que viene un autobús a recogerlos para llevarles a sus casas no tienen problema», expone. Del mismo modo, «la atención y el trato se ofrece a cada miembro de manera individualizada ya que la situación de cada uno no tiene nada que ver», añade.

Después de recibir un diagnóstico de Alzheimer o enfermedades que generen pérdida de memoria  muchos familiares se preguntan: ¿y ahora qué? En estos casos, los hijos, hermanos, nietos, sobrinos de estas personas no saben por dónde tirar. El desconocimiento de dichas afecciones provoca que la parentela, a veces, se sienta muy perdida e ignora cual es el camino que de debe tomar. ¿Lo estoy haciendo bien? Es una de las preguntas que la gente se hace a la hora de tomar decisiones.

Para estos casos, la Fundación presta a las familias un servicio de atención constante de asesoramiento. «La atención telefónica está disponible para cualquier duda y la tranquilidad que aportamos a sus seres queridos nos la hacen llegar», manifiesta la enfermera.

La Fundación Castresana, anteriormente conocida como Goicoechea e Isusi, se formó en 1925 como una residencia de mujeres mayores en Madrid. Una organización benéfica sin ánimo de lucro con el fin de atender a trabajadoras, jubiladas y personas con escasos recursos necesitadas a través de una residencia. Sin embargo, Castresana -exalcalde de Oña- comprobó que en las zonas rurales había más necesidades que en las ciudades, por ello, se decidió trasladar la sede social y permitir que los ancianos vivan en sus pueblos.

Ancianos y niños comparten experiencias. Alegría y cariño a cambio de experiencia y sabiduría. Cada último viernes de mes, el Centro de Día Castresana y los alumnos de entre 6 y 12 años del colegio de San Salvador de Oña se reúnen para compartir un rato juntos. Después de los encuentros intergeneracionales, los mayores parecen «haberse quitado algún año de encima» y los jóvenes recuerdan las historias que los abuelos les han contado. «La relación entre niños y personas mayores reporta importantes beneficios individuales y también sociales», afirman desde la Fundación. La explicación más sencilla para que los pequeños comprendan el concepto de centro de día se resume en que es un lugar semejante a un colegio con la diferencia de que «los niños acuden para aprender y los abuelos para no olvidar lo que aprendieron».

En los ratos que comparten juegan a las cartas, intercambian historias, y, de cara al buen tiempo, salen al patio. Además, en fechas puntuales como en Carnaval, el Día de la Mujer y Navidad, preparan actuaciones conjuntas. El hecho de que los niños visiten a los ancianos promueve el interés de estos por valorar las necesidades y en un futuro apuesten por los servicios en los pueblos.