Los miércoles, ruleta

A.G.
-

Abaj, asociación que trabaja contra la ludopatía, lamenta la proliferación de salas de juego en la ciudad y ofrece apoyo para superar la adicción

De izquierda a derecha, Pedro, exjugador; Edurne, su mujer; Mauricio, también exjugador, y David Burgos, psicólogo de Abaj. - Foto: Miguel Ángel Valdivielso

Se quedan en la puerta porque están autodenunciados. Para una persona jugadora estar autodenunciada significa que ha pedido expresamente que se le impida la entrada a cualquier sala de juego. Se trata de una medida que adoptan muchas de ellas y que aunque no soluciona la ludopatía por sí sola sí les ayuda a crear conciencia sobre el grave problema que padecen. En este caso, además de Pedro y Mauricio, exjugadores rehabilitados, Edurne, la mujer del primero, también ha solicitado -para apoyarle- que no le dejen pasar a estos lugares llenos de máquinas por las que durante tantos años se le ha ido a ella y a tanta gente la economía familiar y la tranquilidad. Así que los tres se limitan a posar delante de uno de los muchos que han invadido las esquinas de la ciudad en los últimos tres o cuatro años, en este caso en la avenida de la Constitución. Son las nueve y media de la noche de un día cualquiera de entre semana, hace un frío que pela y no se ve a casi nadie por la calle, la mayoría de la gente prefiere tomar una cerveza con los amigos en los bares o cenar con la familia y ver la tele. Las pocas almas que aparecen tienen un destino clarísimo: tentar a la suerte acertando el ganador o el autor del primer gol del Barça-Manchester United o vaciarse los bolsillos delante de una ruleta de este casino de segunda en cuyo interior reina la desolación.
Entre las luces chirriantes y los ruidos -algo mitigados- que invitan a gastarse la pasta, media docena de veinteañeros se ensimisman delante de las pantallas en las que rueda un balón. Nadie habla con nadie, no se comentan los lances del partido, probablemente porque lo que importa no es el juego bonito o el honor de unos colores sino acertar en la apuesta. En el otro lado de la sala, apenas cuatro almas meten dinero a a la ruleta una y otra vez. En la barra, la encargada de pedir la identificación a todos aquellos que quieren echar allí un rato discute a grito pelado con un chaval en chándal que acaba de salir de un pequeño habitáculo del que llega un fuerte olor a tabaco, y que parece no entender por qué está tan enfadada. Se diría que todos ellos forman parte de una familia de esas que o no se hablan o se vocean todo el tiempo por cosas nimias como subir o bajar las persianas o sacar al perro.
Para cualquier novato en cuestiones de juego, acercarse a una máquina que promete hacerle rico es todo un arcano, un misterio insondable en forma de botones que pulsar con diferentes leyendas, algunas de las cuales parecen contradictorias entre sí. "No es necesario haber tenido que estudiar en Harvard para hacerlo", advierte Mauricio, con toda la razón. "No les interesa que sea difícil apostar sino todo lo contrario, que te dejes cuanto más dinero, mejor", añade Pedro, refiriéndose a quienes diseñan y gestionan las tragaperras, pero lo cierto es que hay que dedicarle un tiempo a cada una para comprender el mecanismo. Los habituales del lugar se lo saben de memoria y van pulsando teclas con la misma cadencia todo el tiempo sin que de los inventos salga ningún premio. No parece que sea una noche de mucha actividad.
Tampoco bulle el público en un amplio salón que en la calle Vitoria promete riquezas inmediatas. Después del rito de enseñar el carnet de identidad para confirmar que se es mayor de edad y que no se tiene prohibido el paso, se accede a una inmenso salón con un bingo -tras el que se encuentran máquinas de todo tipo- que tiene un punto de sordidez a pesar de la simpatía de quienes venden los cartones. Son las once de la noche, apenas hay cuatro mesas ocupadas y solo en una hay más de una persona. En las demás, solitarias y solitarios esperan que lleguen sus números de la suerte sin levantar la cabeza. A David Burgos no le cuesta imaginar detrás de cada uno de ellos un drama económico y personal. Es el psicólogo de la Asociación Burgalesa para la Rehabilitación del Juego Patológico, que ha clamado muchas veces contra la proliferación de este tipo de establecimientos que, a su juicio, están haciendo un daño terrible.
Está muy acostumbrado a ver a náufragos del juego. "Llegan desencajados, cansados, con ojeras. Es gente que no duerme, que no vive con normalidad porque llevan muchos años de adicción a sus espaldas y lo único en lo que piensan es en jugar y en cómo ir trampeando para encontrar el dinero, en cómo esconder su adicción". Pedro confirma lo que dice David: "Yo me pasaba el día haciendo cuentas mentales, si sacaba dinero de un sitio cómo lo iba a reponer, si me gastaba tanto y ganaba, qué iba a hacer con ello, pero nunca salían las cuentas". Tal es el estado de tensión y estrés en el que viven que el psicólogo asegura que a los quince días de estar en terapia les cambia hasta el físico: "Cuando cuentan todo lo que les pasa, confiesan a las familias -que en algunos caso no saben nada- lo que están haciendo, se quitan un peso infinito de encima y se les nota en la cara en un par de semanas. Luego queda mucho trabajo por hacer pero desde ese momento se empiezan a recuperar".

Terapia psicológica gratuita y grupos de apoyo
La Asociación Burgalesa para la Rehabilitación del Juego Patológico (Abaj) lleva desde 1988 tendiendo una mano a las personas adictas al juego y en todo este tiempo se ha convertido en la principal y casi única referencia en Burgos para estos enfermos y a sus familias, a quienes prestan su apoyo de forma gratuita. 
En la actualidad, son algo más de un centenar de personas las que se encuentran en terapia para dejar el juego. Lo hacen con apoyo psicológico pero también con la ayuda de exjugadores con los que comparten sesiones en grupo. "Cuando llegas aquí no solo les ayudan a dejar de jugar sino que todos, afectados y familiares, se desnudan por completo y salen a relucir los miedos, las angustias, todo lo que llevas arrastrando", reconoce Edurne, mujer de un exjugador y tesorera de la entidad. Abaj no tiene sede propia sino que utiliza la de Cruz Roja (que está ubicada en la calle del mismo nombre, junto al estadio de fútbol de El Plantío), donde atienden los lunes y jueves a partir de las 19 horas. Su teléfono de contacto es 627409707.