Visitando a la Virgen de las Viñas

Máximo López Vilaboa
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La historia de la devoción mariana en la capital ribereña cuenta con fieles tanto locales como forasteros de paso

La imagen de la Virgen de las Viñas lucía así en torno al año 1915.

Hoy se celebra la fiesta de la Virgen de las Viñas, tan arraigada entre los arandinos pero que tantos de fuera de la villa también sienten como propia. Durante siglos, el hecho de ser la ermita de la Virgen de las Viñas lugar de paso, al pie del camino Real Toledano primero y de la Nacional I después, hizo que la devoción a la patrona de Aranda se sintiera como propia entre personas que no tenían su origen en la capital de la Ribera. El santuario y el agradable entorno que lo circundaba hacían que fuera un lugar ideal para hacer una parada en el camino, algo que muchos aprovechaban para rezar una salve para pedir protección en el camino. Todos los años, en la explanada de la Virgen de las Viñas, una persona muy próxima que viene siempre el Día de la Función, me evoca sus recuerdos de infancia yendo de Madrid a las vacaciones en las costas del Cantábrico: la parada obligada para dar buena cuenta de la tartera a la sombra de la arboleda, estirar las piernas, que los niños puedan jugar alrededor de la ermita y que así se les haga más llevadero el largo viaje… Y además esa salve a la Virgen, eficaz guía de los caminantes, para pedir la feliz conclusión del viaje. Mi amigo me evoca aquellos recuerdos que inauguraban su verano infantil, con la nostalgia de tiempos pasados pero también desde la emoción de saber que algunos de los que le acompañaban en aquellos viajes, con parada en Aranda, ya pueden contemplar el auténtico rostro de la Virgen de las Viñas. Sencillas historias como ésta nos enseñan que la Virgen de las Viñas no es patrimonio exclusivo de los arandinos: con cuánta devoción se han acercado tantos viajeros al trono de la patrona de Aranda, cuántos ‘forasteros’ nos han dado lecciones de devoción mariana a los pies de la Virgen de las Viñas… Como el Padre Damián Janáriz (1870-1947), aquel navarro que, con su Historia y novena de la Virgen de las Viñas (1924), enseñó a generaciones de arandinos a rezar a su patrona.
Hoy reproducimos una fotografía tomada hacia 1925 que ilustra muy bien lo que ha sido la ermita de la Virgen de las Viñas, como lugar de parada para los viajeros. Junto a uno de los modernos vehículos de entonces, posan los viajeros, pero también vemos las mulas como medio de transporte todavía habitual en aquella época.
El origen de este lugar, auténtico centro de peregrinación mariana, que ha trascendido el ámbito local, lo situamos en el período de la Reconquista. Cuenta la leyenda que en Quintanilla de las Viñas había una comunidad cristiana que tuvo que huir ante la persecución musulmana. En su viaje hacia las tierras del Duero portan uno de sus mayores tesoros: la imagen milagrosa de la Virgen de las Viñas. En lo alto del monte Costaján son martirizados pero antes habían logrado esconder la imagen mariana. De todos estos mártires anónimos únicamente nos ha llegado el nombre de la abadesa: Doña Munia. Mucho tiempo después, cuando esos terrenos habían vuelto a dominio cristiano, un labrador sube a cuidar su viña y se le aparece la Virgen María. Le pide que se construya una ermita para que se rinda culto a la imagen que se esconde en esa tierra. Como en tantas otras apariciones marianas, las autoridades civiles y eclesiásticas, se resisten a creer el relato que procede de una persona a la que consideran ingenua y fácil de engañar. Sucederá una historia muy parecida siglos después con las palabras del indio Juan Diego y el origen de la Virgen de Guadalupe, en México. La Historia se repitió en Fátima y en Lourdes, cuando no quieren creer las palabras de unos niños. En este caso sucede lo mismo, nadie le cree y el labrador vuelve a la viña, donde se lamenta ante la Virgen de la incredulidad de sus paisanos. Es evidente que éstos sólo van a creer la aparición milagrosa por medio de una prueba que consideren inexplicable y de algo que saben mucho los arandinos como es el ciclo de la viña. La Virgen María le entrega dos racimos de uvas bien maduros en un tiempo en que todavía no es posible. Era la prueba por la que todo el mundo creería, la forma en que todos le podrían hacer caso… Las autoridades suben al monte Costaján y el labrador indica cuál es el lugar donde la Virgen le ha indicado que escondieron su imagen aquellos cristianos de Quintanilla de las Viñas antes de recoger la palma del martirio. Ahí estaba la imagen que, entre emocionada expectación, fue desenterrada para ser bajada con la mayor solemnidad posible a la parroquia del pueblo. A partir de ese momento comenzaron los trabajos para construir una ermita que albergara la imagen de la Virgen y que sirviera como lugar de veneración mariana.
Desde entonces han sido numerosísimos arandinos y no arandinos los que en momentos importantes de sus vidas han visitado a Virgen de las Viñas en su ermita, como la historia que me contaba mi amigo de sus viajes de pequeño. Son innumerables las historias personales y familiares en torno a la ermita, sencillas historias que jalonan una advocación mariana antiquísima y jornadas festivas, como la de hoy, que amplían una historia que ya tiene varios siglos.