Rufián, hombre de Estado

Antonio Pérez Henares
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La aspiración de Sánchez es poder salir presidente en segunda votación con la abstención de Podemos y el apoyo de los separatistas y los filoetarras de Bildu

Rufián, hombre de Estado - Foto: Eduardo Parra

La novedad del cenagal político en el que se siguen revolcando los vendepeines políticos es que a Rufián, visto lo visto, se le ha ocurrido que bien él puede hacerse pasar por hombre de Estado. Siguiendo las directrices de su jefe, el frailón Junqueras, y los consejos de algún sicólogo conductual argentino de los que aún no han colocado en la Administración, ha pensado que el nuevo disfraz puede colar y con el se ha presentado ante las teles.
Había que verlo pontificar, con voz en falsete y aires de san Francisco de Asís, tras haberse quitado de la solapa y para la ocasión el lacito amarillo de obligado cumplimiento separatista, sobre la necesaria estabilidad de la nación. De España, sí. Y, pásmense, había tertulianos que se lo creían y se entregaban arrobados a su prédica. 
Muy enfadados algunos, y Rufián ahora también, con el otro que utiliza y ya de tanto abusar no se lo cree ni él, el disfraz de humilde poverello, como compensación a su fatuidad y soberbia pertinaz, el cada vez más achaparrado Pablo Iglesias, que se ve camino de la marginalidad. Así que ya lo saben, el nuevo estadista de la izquierda mediática es ahora el ayer bufón separatista Rufián.
La cosa viene de lo de lograr investir a Míster NO, que ahora pretende ser el señor del SÍ. Pero lo primero, justo es reconocérselo, le sirvió para derribar y trepar, porque en España contra alguien y para destruir es más fácil juntar a muchos, pero cuando toca el intentar ser apoyado eso ya es harina de otro costal. Como además, de lo que se siembra se recoge, Sánchez se está encontrando con que su misma medicina es lo que le hacen tragar. O que le piden la hijuela, los hígados y el reloj. Todo esto, claro, diciendo que no, que todo se hace por el interés general, por el bien de la patria y el mejor servicio al personal. Para que lo entiendan, por la cartera, el ministerio y trinque personal, muy, muy personal.
A Sánchez y su gurú Iván Redondo se lo están poniendo mal. A día de hoy, a lo más que puede aspirar es a salir en segunda votación contando para ello, al menos, con la abstención podemita y con el apoyo esencial y el voto completo del nacionalismo, el separatismo golpista y los filoetarras de Bildu. Esos serían los votos y los muy apreciables, constitucionalistas y leales compañeros de viaje que permitirían por un pelo, que podía ser el del cántabro Revilla, conseguir sacar un voto más a favor que en contra. Y que hoy es la única esperanza que, aunque esto puede cambiar en tres minutos, puede albergar el hecho de conseguir la investidura.
Si eso es lo que, en esta tesitura, Pedro e Iván desean alcanzar. Porque lo otro que asoma y cada vez más es, digan lo que digan los adláteres, creer lo que dicen los políticos es cada vez más un acto inaudito, es que a los socialistas el ir a unas nuevas elecciones les puede convenir. Sobre todo si le pueden echar la culpa a Iglesias, que no resulta difícil porque bastante, y con antecedentes, tiene. Con un añadido. Que en estas próximas, sí son, ya sale de los cajones Errejón. Que va a morder y mucho a sus antiguos camaradas y que él si que quiere entenderse, pactar, colaborar y hasta, ya puestos, cuando toque y sea más oportuno, convertirse en uno más de Casa de la Rosa. 
Por el otro costado, pasa algo parecido también. Casado, que ha aprendido a callarse un poco, piensa que si lo provocan los de enfrente, un nuevo paso por la urnas no les vendría mal. Que irían algo a mejor y que iban a ser otros que les disputan el terreno, a tenor de los veletazos y voceríos que han montado, los que lo iban a pasar peor.
Pero todo esto, todos los días, a todas horas, desde hace ya una eternidad, resulta para la ciudadanía cada vez más insufrible. Cada vez la atención es menor en los ciudadanos y el hastío mayor a la clase política. Y al común de las gentes, cada vez a más y en mayor numero de gentes, todos esos devaneos, mentiras, trampas y regates les importan cada vez menos. Y si Rufián mañana se disfraza de Buda, como ayer se disfrazó de hombre de Estado, ya ni enfada ni hace reír ni llorar. Se mira para otro lado y ya está.