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"Los conflictos bélicos tienen muchos agentes implicados"

Javier Villahizán (SPC)
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"Los conflictos bélicos tienen muchos agentes implicados"

Independencia e imparcialidad. Esa es la filosofía escrita a fuego en el ideario de Médicos sin Fronteras (MSF), una organización humanitaria con cinco décadas de historia a sus espaldas que ha estado presente en los conflictos más duros y peligrosos del planeta, desde Sudán del Sur y Somalia a Afganistán, Siria o Yemen.   

Muskilda Zancada es la delegada de MSF en la zona centro -Madrid, Castilla-La Mancha, Castilla y León y Aragón- y una de las mejores conocedoras de algunos de los conflictos más enquistados del planeta, como Siria, Libia o Afganistán.

Médicos sin Fronteras nace en 1971 a raíz del conflicto de Biafra, en Nigeria. Cincuenta años después, la organización humanitaria sigue siendo más necesaria que nunca. ¿Sentís una especie de frustración o de fracaso de la sociedad o de sus instituciones y gobiernos por estar peor que hace medio siglo? 

En estas cinco décadas los conflictos han cambiado, los contextos han evolucionado y los retos para las organizaciones humanitarias se han multiplicado. Hay fenómenos como la globalización, la revolución tecnológica y las migraciones que son nuevos y nosotros nos hemos tenido que adaptar a estos nuevos retos. 

Cuando empezamos, el mundo era bipolar, había una Guerra Fría, los conflictos africanos eran parte de lo cotidiano y ahora el planeta es multipolar, es más complejo, hay más países que tienen agenda y que están presentes en los nuevos conflictos. 

MSF se ha ido adaptando, pero la receta es la misma: estar y llevar asistencia medico humanitaria y ayudar a personas que están en un estado crítico a que se puedan levantar de nuevo y sigan con sus vidas.

¿Cómo es el mundo al que se enfrenta ahora MSF?

Son crisis más complejas y en un espacio para trabajar más reducido. Hoy es más difícil trabajar que hace 50 años. Los conflictos bélicos actuales tienen más agentes implicados, se enquistan, hay una falta de respeto hacia la población civil, al derecho humanitario, a las leyes de la guerra, a las agencias que ayudan sobre el terreno, se ataca a la profesión médica, se ha vuelto peligroso actuar. Hay una erosión del espacio humanitario y una dificultad mayor para que nosotros podamos llegar a estas personas. Algo que ven nuestros equipos a diario en Siria, Yemen, Sudán del Sur y Afganistán. Conflictos que causan, además, muchos más desplazamientos, hoy en día son más de 82 millones las personas forzadas a huir de sus hogares, el más alto de la Historia.

Y esto genera otro desafío, que los fundadores de la organización ni hubiesen imaginado, como es la problemática sobre la migración y el refugio, tanto en el número de personas que se ven obligadas a huir como en el deterioro de la acogida. MSF nos hemos vistos forzados a abrir proyectos en la UE debido al trato recibido por los refugiados y emigrantes, con políticas migratorias que son muy malas y que levantan muros tanto físicos como burocráticos y que también los criminaliza.

Han tenido incluso que actuar en Europa, ¿por qué?

Trabajamos en campos de refugiados de las islas griegas o incluso rescatando a inmigrantes en el Mediterráneo central, que se ha convertido en la ruta migratoria más peligrosa del mundo, donde más de 25.000 personas han perdido la vida en los últimos años ahogadas. Además, nuestros buques de rescate han salvado la vida a 82.000 personas.

¿Qué sucede con las llamadas crisis olvidadas, aquellas de las que ya nadie se acuerda pero siguen presentes sobre el terreno?

Ese es precisamente otro de los desafíos a los que se enfrenta Médicos sin Fronteras, las crisis que siguen ahí y están olvidadas, como República Centroafricana, Sudán del Sur o el Congo, en donde su gente vive en de crisis permanente.  

También estamos muy pendientes de todo lo que sucede en el cinturón del Sahel, que es una franja de violencia, donde la gente está confinada a la fuerza y donde estamos viendo situaciones durísimas. Es en los conflictos olvidados donde tenemos nuestra mayor inversión operacional y donde menos repercusión hay.

Pero son en los últimos conflictos, los de Siria, Libia o Yemen, donde los cooperantes y médicos se han convertido en blanco de las distintas milicias armadas que operan allí, ¿qué está pasando? ¿Nos hemos vueltos locos?

Estamos comprobando una tendencia bastante inquietante. Estamos viendo discursos que criminalizan nuestro trabajo y lo manipulan por intereses de agendas políticas. Hay también una mayor inseguridad y nosotros, al final, somos un blanco fácil. Pero no tenemos armas, somos médicos y enfermeras y nuestras únicas armas al final son las vacunas y la aceptación de la gente.

Hemos visto en los últimos años ataques a la profesión médica y a la labor humanitaria, hospitales que son atacados y civiles que son asesinados en sus campos.

¿Cuál ha sido la misión más peligrosa que recuerda?

Mi experiencia como expatriada de MSF en la misión en Siria, lo que vi ahí fue muy duro, porque Siria se ha convertido en una especie de miniguerra mundial, incluso 10 años después de iniciarse el conflicto. Los miles de muertos, pero también los millones de personas que han tenido que huir. Lo que he vivido allí es la dureza de un conflicto contra la población civil, como los ataques a hospitales o los hasta 200 barriles bomba que caían a diario sobre Alepo...

¿Os consideráis héroes para soportar el sufrimiento ajeno y también el propio?

No creo que seamos héroes. El trabajo de MSF es una forma de vida y lo que nos mueve es un compromiso profundo por querer estar al lado de las personas que se encuentran en extrema vulnerabilidad.

En Médicos sin Fronteras más del 80 por ciento de las 45.000 personas que trabajan en la organización es personal local, personas que contratamos en el lugar de origen. 

¿Os sentís respaldados por la sociedad y los Gobiernos occidentales, o la población del primer mundo ya está anestesiada y no presta atención a esta clase de conflictos?

Hay un respaldo que es clarísimo que es esta cadena de humanidad, es decir, el apoyo de la base social, con más de siete millones de personas que nos apoyan como socios en todo el mundo. Aunque sí que es cierto que estamos más expuestos a ciertos ataques que hace 50 años, de manipulación, señalamiento e incluso criminalización.

Ha pronunciado varias veces la palabra criminalizar, ¿quién o quiénes les intenta criminalizar?

En algunos casos hay un discurso, instalado en la sociedad, de cierta falta de entendimiento al trabajo que realizamos en el Mediterráneo, sobre todo cuando rescatamos a personas que están huyendo de Libia, de la guerra, y se nos ha llegado a acusar de estar traficando con ellos. Sin embargo, esta situación es la inversa, es decir, nosotros atendemos a poblaciones que están huyendo del horror y tienen todo el derecho a querer salvar su vida, como haríamos cualquiera de nosotros.

Otro ejemplo es aquel que está vinculado a las leyes antiterroristas, sobre todo en la zona del Sahel. Así, las personas que se encuentran en zonas controladas por un grupo considerado terrorista se considera que apoyan a este grupo y se les criminaliza. Nosotros también nos vemos afectados por esta dinámica, vemos como nuestros equipos tienen más reducido el acceso a estas poblaciones, y limitada nuestra capacidad de llevar ayuda médico-humanitaria independiente.

Desde hace dos años, todos convivimos con la pandemia de la COVID-19 como podemos y nos permiten las restricciones sanitarias, en su caso supongo que el trabajo sobre el terreno en estas condiciones será aun más complicado de lo que ya lo era.

Sin duda. El impacto de la pandemia ha sido histórico, tanto de personas fallecidas como en términos sanitarios, económicos, y de parálisis de la vida normal. La vacuna contra la COVID-19 se ha conseguido en un tiempo récord, sin embargo aún hay demasiada población sin vacunar en países de renta media y baja. Ha trastocado la ayuda humanitaria y hemos tenido que reducir proyectos cuando más necesarios eran. 

En el llamado primer mundo estamos ya con la tercera dosis y con vacunas infantiles y sin embargo en África solo se ha llegado a una inmunización del siete por ciento.

No se entiende que las vacunas se distribuyan de forma tan desigual. Garantizar un acceso equitativo no es sencillo, pero hay varias iniciativas sobre la mesa que lo facilitarían. Cuesta comprender que no haya un plan global para que la vacuna llegue a todo el mundo, como solución a esta situación excepcional. Porque el problema es del conjunto del planeta, hasta que no estemos todos vacunados, no vamos a salir de esta.

¿Vacunáis también de la COVID en los lugares donde estáis presentes o no es vuestra labor?

Hemos vacunado en algunos países, pero seguimos teniendo muchos problemas. Nosotros lo que hacemos fundamentalmente es prestar apoyo a los estados para crear estructuras de salud y que sean ellos los que vacunen. Se trata de un apoyo indirecto.

¿Cómo aventura que será el mundo y la ayuda humanitaria en un horizonte de dentro de 10 años o de otros 50, el tiempo desde el que nació MSF?

Hay un deseo compartido por todos, que llegue el momento en que podamos cerrar las oficinas porque no sea necesario el trabajo de Médicos sin Fronteras. Que no hagamos falta y que podamos dedicarnos a otra cosa.

Pero la realidad es que cada vez tenemos más difícil realizar la ayuda humanitaria, más que hace 50 años, tenemos problemas también por como somos percibidos por la sociedad aunque hay un apoyo grandísimo hacia nuestro proyecto y nuestros objetivos. Seguiremos persistiendo, somos gente muy tozuda porque somos el último reducto de humanidad. Ahora, un hospital en Yemen es el último reducto de humanidad. Somos seres humanos que ayudamos a otros seres humanos.