"El aislamiento te hace obsesionarte por nimiedades"

ALMUDENA SANZ
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El burgalés Javier Pérez de Arévalo se hizo farero en busca de la soledad necesaria para ser un compositor de renombre; durante 12 años vivió en el deLa Mola de Formentera y desde 2001 trabaja con los de Mallorca

Javier Pérez de Arévalo, en los años noventa, dentro del Faro de Llebeig, en la isla Dragonera (Baleares). - Foto: Jaume García Delgado

La música convirtió a Javier Pérez de Arévalo (Burgos, 1962) en farero. Soñaba con ser un gran compositor. En Segundo de Contrapunto en el Conservatorio de las Bernardas se desengañó de la enseñanza académica. «¿De quién voy a aprender más: de unas normas establecidas a finales del siglo XIX o de las grandes obras maestras?». Y se encomendó al ideal de Stravinsky. Pupilo de Korsakov, triunfó sin pisar un aula. Buscó en la naturaleza una profesión que le mantuviera y le alejara del mundanal ruido. Probó con farero. Se presentó a la oposición. Suspendió. «Llevaba ocho años en el conservatorio y solo veía notas musicales. De repente, me metía con electricidad, electrónica y hasta preguntas sacadas de primero de Telecomunicaciones... ¡No me enteraba de nada!». Se apuntó en una academia especializada en Madrid. A la segunda, aprobó y en 1987 cambió tierra adentro por agua salada. Su primer destino lo llevó a Adra (Almería). Adolfo le enseñó disciplina y método. Siete meses después estaba en Algeciras, La Línea y Tarifa y un año más tarde, en 1989, llegó al Faro de La Mola en Formentera. Allí vivió durante 12 años y acarició su ansiada soledad.

Pérez de Arévalo, farero, músico, escritor, historiador, filósofo, adopta su estampa jipi para volver a esos finales de los ochenta y todos los noventa en los que fue vigía de la isla y último inquilino de esa torre.
«Vivir en un faro es una experiencia vital. Era una forma de vida en aquella época. Si no la pasas es difícil describir. Empiezas a coger puntos de referencia muy diferentes a cuando vives en una comunidad. Los fareros teníamos fama de estar zumbados, te obsesionas por nimiedades, le das importancia a cosas que en la vida social no la tienen. No hay calendario, no hay lunes, ni martes... Te vuelves una persona muy obsesiva. Me veía dentro de las entrañas de la ballena que se traga a Jonás. Pero es una experiencia única, que te atrapa, y el problema es salir del faro. Es un antes y un después. Sufres un desgarro», se explaya.

(El reportaje completo, en la edición de papel de hoy de Diario de Burgos)