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La naturaleza coge el pincel

I.L.H.
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El agua se levanta, cambia de estado, fluye y se deja envolver en la obra más reciente de María José Castaño. Su pintura se hace tridimensional al dejar que el paisaje -y sobre todo el río- sean la mano ejecutora. Esa nueva forma de crear se muestra

Las telas bajo el agua del río Tinto absorbieron los colores de los minerales. - Foto: Luis López Araico

En su afán de atrapar la naturaleza y sobre todo la fluidez del río, María José Castaño ha dejado que el paisaje tenga presencia física en el cuadro, que intervengan el agua, las piedras, las ramas de los árboles, el viento y el sol de forma directa, dejando que sean las manos que ejecutan la obra. En lugar de pintar del natural, es la naturaleza la que coge el pincel y crea los volúmenes en esta etapa asilvestrada de Castaño. En ella su pintura se vuelve tridimensional al tratar de envolver el paisaje, rodear al agua y transformar su estado para abarcar las curvas infinitas del universo, que es lo que significa el término griego Lemniscata que da título a la exposición que presenta desde el 10 de junio en el CAB. 

En el estudio que posee en Los Llanillos hace tiempo que la naturaleza se adueñó de su obra, aunque hasta ahora lo había hecho como metáfora:«Hace cuatro años empecé a frotar las piedras del río sobre el lienzo que luego quería pintar. Lo hice también con la arena del mar y el salitre. Es algo que me viene de antaño. En primero de carrera frotaba los objetos; recuerdo haber envuelto un teléfono y frotarlo para captar su tridimensionalidad. Luego hice algo parecido con unas campanas: las envolvía, frotaba y al abrirlas se desplegaban. Todo ese lenguaje se quedó ahí porque me decanté por la pintura y el paisaje. Y ahora ha vuelto a salir».

Esa vena escultórica adquiere con su nueva obra toda su tridimensionalidad y hace que el agua adquiera sus tres estados: líquido, sólido y gaseoso. El agua se levanta, se mueve en telas, cuadros e instalaciones, se evapora en troncos de árbol, se vuelve cascada y hielo, se convierte en cauce y se mimetiza en la obra hasta volverse inalcanzable, como si se escapara entre los dedos: «En mi mente al principio quería abarcar el mar. Pero durante el confinamiento me fui centrando en el río que tenía cerca, en el Arlanza. Tenía telas que había frotado y de repente me di cuenta que se levantaban a su antojo, como si el agua se adueñara de su movimiento», detalla.

En telas de más de diez metros, linos bañados en el agua rojo del río Tinto, planchas de plomo que discurren por un cauce, papel de embalar que se vuelve rugoso o flexible como los propios estados del agua, sedas aguadas que se endurecen, cartones fortalecidos a la intemperie y almohadas con la huella de las piedras, Castaño pinta y esculpe el misterio del agua y su imposible captura: «Es su movimiento lo que me atrae. El hecho de que se pierda entre los dedos y no pueda alcanzarlo lo hace maravilloso. Persigo envolverlo, frotarlo, darlo forma... y el agua sigue siendo inalcanzable. Pero eso es lo que me hace seguir trabajando».

Diálogo con el río. Están sus colores y su pintura, pero en las obras que se expondrán en el Centro de Arte de Caja de Burgos hay también otra Castaño, una artista volumétrica que va buscando que la naturaleza sea el cuadro y ella la intermediaria. Concebida como una instalación gigante, Lemniscata. El camino del agua es también un trabajo de experimentación con materiales, texturas y el poder de la naturaleza.

Para concebir esta sorprendente y líquida obra Castaño se ha bajado al río con sus telas, linos, cartones, algodones o paños. Los ha froto con las piedras, arbustos y ramas, los ha sumergido en el agua, ha envuelto esos objetos con los soportes, los ha dejado al albur del viento, el sol o la lluvia dejando actuar a la naturaleza y ha hecho que el agua y el paisaje dejen su huella. «Todo se sale del cuadro. Me he desmadrado en el buen sentido», confiesa. 

Hay esculturas que tienen forma de remolino, bastidores hechos con los listones curvos de las cubas, sus tonos verdes y azules ahora más diluidos, la goma de una tolva serpenteando el horizonte, la tela hecha agua que sale a chorros de una cuba y los troncos como contenedores de ese río con el que entabla una conversación de tú a tú. «No es que sepa lo que quiero, sino que lo voy buscando».

Castaño se deja llevar y a la vez se hace roca hasta convertirse en un canto rodado hecho a sí mismo por el roce del agua. «A veces doto a las piezas de parafina para obtener una transparencia y textura acorde a lo que quiero; otras las dejo en el exterior para que actúe la naturaleza. En ocasiones las endurezco con acrílico mientras dejo que las piedras las marquen o las encolo dando capas y capas hasta conseguir rigidez y blandura. O mojo el lino y dejo que sus extremos se curven hacia dentro...», añade para explicar algunos de sus procedimientos.

El resultado es asombroso si asumimos además que todo está intervenido por el agua, el río y sus riberas, por el clima y el tiempo, y por la mano de una artista que crece en contacto con la naturaleza.