Más allá del vuelo del tutú

ALMUDENA SANZ
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La bailarina burgalesa Sandra Gallo inicia su carrera profesional en el Europa Ballet de Austria, con el que trabaja desde junio, tras graduarse en la Escuela Ana Laguna

Sandra Gallo pasará este mes sin actuaciones por las restricciones en Viena, pero en diciembre estará de gira en Croacia.

El vuelo del tutú maravilló a Sandra Gallo (Burgos, 2001) cuando apenas levantaba unos palmos del suelo. Esos volantes la llevaron a decir eso de ‘mamá, quiero ser artista’. Empezó en una academia y en cuanto pudo se matriculó en la Escuela Profesional de Danza Ana Laguna, de Burgos. Ni el sudor, ni la disciplina, ni las horas robadas a otros entretenimientos hicieron mella en esta joven que vive su sueño en el Europa Ballet, con sede en la ciudad austriaca de St Pölten. 
«Estoy súper contenta. Aún no me lo creo. Es una alegría trabajar en lo que te gusta, para mí no es trabajo, es algo que haría aunque no me pagasen. Esto es un sueño e incluso lo malo es algo bueno. Estoy aprendiendo de todo», enfatiza al otro lado del teléfono, a cientos de kilómetros de casa, lo más difícil de esta experiencia. «Tengo una conexión muy grande con mi familia y estar tanto tiempo lejos de ellos para mí es impensable. Cuando hacemos videollamadas se me sale la lágrima y más con esta situación tan complicada», expone con su cálida voz, que no pierde ese color ni cuando rememora los difíciles momentos que pasó durante los recientes atentados en Viena. «Estaba en el centro y oí los disparos. Pasé mucho miedo. Y tuve muchísima suerte porque hubo seis sitios con tiroteos y justo yo había pasado por todos. Como me dijo mi madre, tengo un ángel de la guarda. Luego no pude volver a St Pölten, cerraron todo, me tuve que quedar a dormir allí... Fue horrible», rememora y confiesa que hasta de esos momentos, en los que lo pasó realmente mal, intenta sacar una lección: «Sé que tengo que disfrutar cada día como si fuese el último». 
Y lo está haciendo. El trabajo y la convivencia con jóvenes de distintas partes del mundo la reafirman en su deseo de ser bailarina. «Ha sido una experiencia impresionante y espero seguir disfrutando», resume antes de remontarse en el tiempo y observar su aún corta carrera en la danza. 
Tenía tres años cuando esa falda vaporosa la hipnotizó. «Se movía y parecía que volaba». Su madre, que la veía bailar en casa en cuanto sonaba la música, la apuntó a una academia para ver si le gustaba. Desconocía entonces que ya no podría parar. Tras dar sus primeros pasos en Arabesque, donde luego ha impartido clases, a los nueve años hizo las pruebas del Conservatorio. Y ya entonces supo que quería ser bailarina profesional. 
Antes de graduarse, en la especialidad de Clásica, realizó audiciones para varias compañías. No necesitó tres para cantar victoria. La varita la tocó en la segunda, con el Europa Ballet. «No tenía muchas expectativas porque era más clásico y a mí siempre me han dicho que mi cuerpo es más prototipo contemporáneo». Sus pronósticos fallaron. Voló allí en junio y tiene contrato hasta el 1 de agosto.
Ya ha participado en varias producciones. El pasado septiembre colaboraron con la Ópera de Viena en la representación de Madame Butterfly, que repetirán en enero y marzo. Están trabajando en varios proyectos y tienen algunas citas cerradas como una gira en diciembre en Croacia con El Cascanueces, donde interpretará el papel de Clara. Noviembre, sin embargo, será un mes en blanco. 
El virus también hace de las suyas en el país centroeuropeo. Han decretado el estado de alarma y cerrado la hostelería. No tienen actuaciones, aunque sí libertad de movimientos por ser profesionales y pueden seguir con sus ensayos diarios. Reconoce que todo lo que está viviendo la ha cambiado completamente: «Me veo como otra persona. Cuando vives con tus padres, al final, ellos lo hacen todo, pero ahora estoy sola y te tienes que buscar la vida y ser valiente». 
La pandemia echa más incertidumbre si cabe al futuro de la danza. Pero Sandra Gallo lo tiene claro y quiere continuar volando con las zapatillas de punta y el tutú.