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Morir por homofobia

Leticia Ortiz (SPC)
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La transexual Sonia Rescalvo fue asesinada a golpes en 1991 por un grupo de neonazis, en el primer crimen de este tipo documentado en España en democracia

Morir por homofobia - Foto: Juan Carlos Cárdenas/EFE

«O paras de grabar o te mato, maricón». Esa fue, según los testigos, la última frase que oyó Samuel antes de que la madrugada del sábado 3 de julio una turba de personas descargara su odio contra él en forma de puñetazos y patadas. Le dejaron tan malherido que los Servicios de Emergencias de La Coruña no pudieron hacer nada por salvarle la vida. Aunque la Policía continúa investigando y no ha confirmado la homofobia como móvil, miles de personas salieron a la calle en toda España para pedir Justicia y denunciar una lacra que, pese a que no suele ocupar la primera plana, sigue latente en la sociedad desde hace años. De hecho, el que se considera como el primer asesinato de odio LGTBI documentado en España ocurrió hace tres décadas.

Sonia (José Rescalvo Zafra según su partida de nacimiento) había huido a los 16 años de su Cuenca natal para poder vivir como mujer, ya que así se sentía desde que nació. Eligió Barcelona, una ciudad grande que le garantizaba el anonimato que tanto anhelaba y que era impensable en la España interior de los años 60. Además, en la Ciudad Condal podría dedicarse al espectáculo, su gran pasión.

Consiguió hacerse un hueco en el mundo artístico del Paralelo, un oasis de libertad en la Barcelona gris del franquismo que tuvo en el conocido Molino su buque insignia, aunque había muchos otros cabarets donde se programaban los espectáculos más atrevidos con la presencia de las vedettes más famosas del momento.

Sonia se colocó, precisamente como vedette, en el teatro Arnau, donde se hizo muy conocida y querida tanto por su vertiente artística como por su militancia, ya que participó en las aún tímidas protestas contra la dictadura franquista en los setenta y contra la opresión a la comunidad LGTBI.

Sin embargo, los tiempos de vino y rosas de los espectáculos de variedades pasaron cuando la democracia se consolidó en España. Y Sonia acabó en el mundo de la prostitución, la droga y la indigencia, lo que le empujó a dormir en la calle con frecuencia. La noche del 6 de octubre de 1991, Sonia Rescalvo se quedó a dormir con otra transexual, su amiga Dori, en el Parque de la Ciutadella, refugio clandestino de muchas personas que vivían expulsadas de la sociedad.

 

"Tocar el tambor"  

Después de beber en tres bares barceloneses, siete jóvenes neonazis (cuatro de los cuales tenían 16 años) que formaban parte de Vanguardia Nacional Revolucionaria, un grupúsculo de ideología ultraderechista, se colaron en aquel Parque por un agujero de la verja y se dirigieron a la glorieta de los Músicos, lugar habitual de reunión de homosexuales y transexuales.

El objetivo de aquellos chavales, según sus propias declaraciones ante los Mossos y en el juicio, era «tocar el tambor», es decir, patear con sus botas con puntas de acero a quienes se encontrasen en su camino. Les movía, según la sentencia, su «clara hostilidad hacia los vagabundos, indigentes, prostitutas, homosexuales, y demás grupos marginales».

Eran cerca de las tres de la madrugada cuando los neonazis agredieron «a unos bultos que tenían aspecto de travestis hasta que dejaron de oír sus respiraciones», como consta en el auto judicial. Sonia murió prácticamente en el acto, mientras que su amiga Dori, malherida, logró sobrevivir. En su huida se cruzaron con Miguel, un indigente que trató de parar la paliza y al que dejaron ciego a golpes. Los agresores acabaron su particular noche de caza en otro bar.

En la prensa, se habló al día siguiente del asesinato de un transexual negro. «Fue tal la paliza que le dieron que, al principio, los agentes pensaron que era una persona negra porque la habían dejado totalmente amoratada de los golpes», explicó el magistrado José Joaquín Pérez Beneyto que instruyó el caso.

 

Visibilidad 

Cinco meses después y tras una ardua labor de los Mossos d’Esquadra (en lo que fue su primera gran investigación criminal), los siete autores de la paliza mortal fueron detenidos y puestos a disposición judicial. El Frente de Liberación Gay de Cataluña y la Coordinadora Gay-Lesbiana, que se habían echado a las calles tras el fallecimiento de Sonia para denunciar la homofobia y la transfobia con un contundente «¡Ya basta!», se presentaron como acusación popular, lo que dio visibilidad no solo a este caso, sino a la violencia que sufría el colectivo LGTBI en España en ese momento. Por primera vez, sus denuncias se oyeron en un tribunal de Justicia.

En julio de 1994, la Audiencia Provincial de Barcelona condenó a los autores de las agresiones, «un asesinato consumado y otro frustrado», a penas que oscilaron entre los 23 y los 50 años de cárcel, al considerar que aquellos neonazis actuaron con intención de matar.