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Rafael Monje

DE SIETE EN SIETE

Rafael Monje

Periodista


Esa prisa legislativa

27/12/2020

Cuando éramos jóvenes y pensábamos que la vida iba muy rápido, nunca imaginamos que aquel ‘allegro, ma non troppo’ se convertiría en muy tiempo en un frenético ‘presto agitato’, especialmente, gracias a algo tan inimaginable entonces como Internet. Parece que fue ayer, por ejemplo, a principios de la década de 1980, cuando la radio emitía una última hora que ponía a España en guardia. Todo el mundo, con el transistor en una oreja mientras la televisión se afanaba en hacer llegar alguna imagen a tiempo a uno de sus dos canales. Había que esperar al sesudo análisis radiofónico y, especialmente, a los periódicos impresos –no había otros–, ya a la mañana siguiente.
Aquellos se antojaban unos tiempos razonables, aunque hoy serían insufriblemente lentos. Nuestra generación aguardaba pacientemente a que transcurriera una semana para ver el siguiente capítulo de Heidi. Eran las reglas del juego y no había otra manera posible de hacerlo ni quien pudiera saltarse la espera. Hoy, sin embargo, con un televisor que superó hace décadas la Primera Cadena y el UHF para permanecer las 24 horas del día conectado a Internet, nuestros hijos  enarbolan el mando a distancia y se meten entre pecho y espalda toda una serie en un fin de semana, si los adultos no hacemos nada por evitarlo. ¿Qué significa todo esto? Que, solo en el caso de que seamos muy bien pensados, las prisas han llegado de tal forma al tuétano que este se ha secado y no da ni para hacer un caldito claro.
Si no, que se lo pregunten al Gobierno de España, con una capacidad de reacción que será examinada con estupor por los analistas políticos que caminen algún día sobre nuestras tumbas. Una capacidad de reacción muy variopinta e influida por quién sabe qué viento, si poniente o si levante, a la hora de calibrar la peligrosidad de la covid-19 o en el momento de acordar la declaración del segundo estado de alarma de la historia democrática de España. Recuerdo las horas perdidas en el Consejo de Ministros de marras, que me habría encantado observar por un agujerito: ‘Que no, Pedro. Que no firmo hasta que tenga mi parcelita de poder en la comisión que controla el Centro Nacional de Inteligencia. Te pongas como te pongas’.
Ahí no había prisa aparente pero sí la hubo en el ámbito legislativo, como ocurre con dos botones de muestra: la eutanasia y la reforma educativa. Solo recuerdo un episodio que fuese más fugaz que estos y hay que remontarse a la época de José Luis Rodríguez Zapatero. Con el presidente Rodríguez Zapatero se hizo la reforma fulminante del artículo 135 de la Constitución, sin referéndum, porque no había tiempo ni ganas ante la amenaza de que fuera la economía la que fulminase a España. El acuerdo fue inmediato y no hemos vuelto a presenciar nada parecido.
Ante estas casualidades que le vienen a la mente a cualquiera, resulta tremendamente llamativa esa proverbial prisa al tratar desde el punto de vista jurídico la eutanasia, a la que había que dedicar mucha atención al tratarse de una opción demandada por un sector mayoritario de la sociedad, según las estadísticas, pero que habría necesitado una más profunda reflexión y un claro consenso. 
También es curiosa e inquietante la perentoria necesidad de tramitar la reforma educativa en plena pandemia y a costa de ampliar la ruptura ya existente –con el Título VIII de la Constitución como yunque, aunque deberá ser como piedra de toque– con una serie de comunidades que ya han anunciado que ‘quien hace la Ley, hace la trampa’ y que buscarán el modo de eludir una ley más, precipitada, exenta de un gran acuerdo. Al final, lo que tenemos entre las manos es la libertad de elección, directamente enlazada con el libre albedrío que preconiza el cristianismo. Esperemos que, a base de toquetear los conceptos, no terminen quedando como la fruta de muestra: sin catar pero bien sobados.