«La felicidad es un concepto que no me interesa nada»

Carlos Cuesta (SPC)
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Pablo d'Ors es de esas personas que desde el primer contacto deja un profunda huella. Para los que se acercan sin ningún prejuicio a este sacerdote, despierta en ellos una gran curiosidad y admiración.

«La felicidad es un concepto que no me interesa nada»

 
Pablo d’Ors (Madrid, 1963) es de esas personas que desde el primer contacto deja un profunda huella. Para los que se acercan sin ningún prejuicio a este sacerdote, despierta en ellos una gran curiosidad y admiración. Sin embargo, sus detractores le ven como una amenaza de que el mundo conozca la verdad limpia, sin fronteras. D’Ors ejerce también su vocación de escritor con títulos de gran calado reflexivo como Las ideas puras, Andanzas del impresor Zollinger, Sendino se muere y la trilogía del silencio (El amigo del desierto, Biografía del silencio y El olvido de sí). Es, además, el fundador de la asociación Amigos del Desierto, una red de meditadores que defienden la riqueza de la paz.
Su abuelo, Eugenio D’Ors, fue el creador del movimiento literario El Novencentismo. ¿Cree que como a él, le ha correspondido ser un líder que lleve luz al pueblo?
Mi abuelo era una persona extraordinaria y creo que no hay parangón posible. Lo digo con el corazón en la mano. Era un hombre que hay que compararlo con gente tan grande como Goethe o Morante, dos personas que crearon escuelas de pensamiento y abrieron horizontes nuevos. Me gusta el concepto de llevar luz. En eso, sí me siento identificado. 
Sus ideas no dejan a nadie indiferente, ¿qué hace para ganarse la reprobación de algunos compañeros y la admiración de otros? 
Creo que es una buena noticia que en la Iglesia y en el mundo haya pluralidad, divisiones y, en ese sentido, que existan personas que comulguen con lo que intento postular y gente que no. Esta realidad significa que hay pluralidad, pensamiento múltiple y que la Iglesia de hoy no es algo monolítico, como en el pasado. 
¿Uno afina más cuando está bajo el prisma de la lupa?
El prisma de la lupa me agrada porque las cosas hay que verlas de cerca. Yo insisto mucho en la cercanía física para la comunicación. Si hay distancia, difícilmente puedes hacer llegar lo que tú eres, lo que sientes o dices. Pienso que uno de los factores por los que el libro Biografía del silencio está teniendo tanta aceptación es por que es una odisea privada, trata de mi propia experiencia y también de mi interioridad. 
¿Compara las críticas hacia usted con una actitud de rechazo al cambio dentro de la Iglesia?
En general, casi nadie quiere cambiar, no solo la Iglesia. Supone poner en cuestión nuestra manera de vivir y abrirse a horizontes diferentes y eso siempre da miedo y conlleva un riesgo. El mensaje de Jesús de Nazaret comienza así: «Conviértete y cree en el Evangelio». Es decir, cambia de vida para descubrir lo que es la Vida con mayúsculas. Esta es la buena noticia. 
¿Cuál es su principal argumento ante la existencia?
Lo que he comprendido a mis 52 años es que el ser humano es silencio, palabra y acción, y que los grandes personajes de nuestra Historia, como Santa Teresa, son aquellos que han cuidado y han sido insignes en los tres ámbitos. Estoy convencido de que si yo no fuera una persona que hace silencio, ni mi palabra ni mi gesto podría llegar a nadie. 
¿Qué argumento ofrece a una persona con una enfermedad terminal en sus últimas horas?
No necesita un argumento, lo que precisa es una presencia amorosa. Si vas con palabras, vas de cráneo. No se trata de razonar con el moribundo o de pensar con él. Lo importante para acompañar a un enfermo, sea terminal o no, es ser uno mismo. Y que más puedo decir, que nadie muere como no ha vivido. La muerte, en general, hace justicia a nuestra biografía.
¿Se siente más cómodo con la élite cultural o con el pueblo?
Me siento a gusto con mis amigos. No me considero de la élite cultural, sino una persona sencilla de verdad, porque creo que soy un ser como cualquier otro; no me considero diferente a nadie.
Algo especial tiene que tener usted cuando el Papa Francisco le nombró miembro del Congreso Pontificio de Cultura del Vaticano.
Nunca he sabido porqué. Me parece importante la idea de tender puentes: yo estoy por vocación y por naturaleza entre la religión y la cultura, la Iglesia y la sociedad, la vida y la muerte, la creencia y la increencia… y ese es un lugar incómodo, porque casi nadie puede decir Pablo D’Ors es de los nuestros. A veces, me siento muy incomprendido, aunque no me duele. Acostumbro a llevarlo bien, con bastante sentido del humor.
Habla de la elocuencia del silencio y del poder que tiene la meditación, pero cuando sale a la calle y ve el mal tan de cerca, ¿qué le sugieren estos conceptos?
Cuando uno sale a la calle lo que se encuentra es una belleza y una luz extraordinarias, esa es la verdad. No estoy negando que haya zancadillas, horror, mal, es evidente que es algo que existe, pero hay muchísima más bondad y más luz y belleza que todo el mal, lo que pasa es que, en general, no se ve. Nosotros meditamos para darnos cuenta de que lo que prima es la bondad. Nuestra visión tan oscura de la realidad es una percepción deformada, no estamos enfocando bien. 
¿Cómo se vence al materialismo, a la competitividad y al poder del dinero?
Empezando por uno mismo. En general, se cosecha lo que se siembra. Si uno se preocupa por que la semilla sea buena, recogerá bondad. Es raro que se ofrezca  el bien siempre y  se reciban solo bofetadas. 
En su caminar por medio mundo buscando siempre ha perseguido el camino y la pureza. Pero, ¿dónde está la verdad? 
La verdad es una persona, es Cristo. Él es el camino, eso es lo extraordinario, que no es una referencia de llegada, sino un itinerario que hay que recorrer. Quien está en este punto, está en la verdad, lo importante es caminar, lo que se traduce en ser humilde, sentir los pies en la tierra y tender hacia un horizonte, aunque haya problemas y adversidades.
¿Y dónde encontrar la felicidad? 
Es un concepto que no me interesa nada. Porque detrás de esta idea está el bienestar y a mí me interesa más el «bien ser», y por eso, más que de felicidad prefiero hablar de plenitud. Nosotros descartamos el dolor y, sin embargo, la gente feliz que he conocido no es la que no haya pasado desgracias. Se puede estar bien con un cáncer, esto es lo que la mentalidad contemporánea no entiende y, por eso, me gusta poco hablar de esta idea, porque tenemos una imagen idílica, sentimentaloide y un poco infantil. La buena noticia es que cualquier cosa que nos pase, hasta lo más cruel, puede ser motivo de humanización y, por tanto, no importa lo que nos ocurra, sino como se viva. Aunque parezca increíble, es así.