El Burgos vaciado recibirá a más de 144.000 veraneantes

G.Arce
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Madrileños, vascos y burgaleses de la capital integran el grueso de la población flotante de agosto en la provincia. Hay pueblos que quintuplican su vecindario

El Burgos vaciado recibirá a más de 144.000 veraneantes - Foto: Diario de Burgos Patricia González

Si hay una imagen que visualiza a la perfección el impacto de la despoblación y el envejecimiento es la provincia de Burgos en pleno agosto: todo lo que fue y ya no será este territorio se resume en apenas unos días de casas con las ventanas abiertas, niños jugando por las calles, comercios y bares llenos de clientela, campos y huertos en plena actividad de la recolección... Se estima que durante este mes el número de vecinos en los pueblos -sin contar la capital- se dispara hasta un 44%, pasando de los 181.000 habitantes que mantienen durante el resto del año a los 325.000 que se esperan alcanzar a lo largo de estos días estivales.
No, no hay un contador de veraneantes, ni controles de paso a las entradas de la provincia, pero sí un padrón de habitantes actualizado cada año y un censo de viviendas y una oferta hostelera que permiten estimar la población estacional máxima que puede tener cabida en cada municipio. Estos datos son los que contrasta al detalle la Encuesta de Infraestructura y Equipamientos Locales, un trabajo anual impulsado por el Ministerio de Política Territorial y Función Pública y del que se desprende, entre otras muchas conclusiones, que la mitad del mundo rural burgalés habita fuera de la provincia.  
Se puede pensar que 144.000 habitantes de población estacional máxima son muchos, pero su número se comprende mejor con solo comprobar que en Bilbao habitan más de 50.000 nacidos en Burgos, que en Madrid superan los 40.000 y en Barcelona los 14.000, por citar algunos ejemplos. La capital, Burgos, también se ha nutrido de habitantes de la provincia en las últimas décadas. Todos han creado familias en sus lugares de emigración pero mantienen la casa en pueblo, una segunda residencia que pasa de padres a hijos y de hijos a nietos y que permite mantener un vínculo a prueba de años en la mayoría de los casos.
Todo ese entramado familiar, trufado de recuerdos de infancia y amistades ancestrales, es el que vuelve a los orígenes por unos días, revitalizando la provincia como si fuese una primavera tardía cada año, con sus fiestas, sus tardes de baño en el río o la piscina, sus tertulias hasta la medianoche sentados en el banco de piedra, sus paseos por el soto, sus aventuras de caza, pesca, fútbol, bolos, tuta, encierros, bailes, amores...
El boom poblacional es mucho más extraordinario en la medida en la que más ha sufrido la emigración un municipio. Así, de acuerdo a la encuesta citada, hay una veintena de municipios que pueden llegar a quintuplicar su padrón durante estos días, como es el caso de Jaramillo Quemado, Alfoz de Bricia, Tejada, Arauzo del Sauce, Villaespasa, Cantabrana, Aguas Cándidas, Cuevas de San Clemente, Mambrillas de Lara, Santa María Ribarredonda, Valluércanes, Arija, Carcedo de Bureba, Miraveche, Piérnigas, Poza de la Sal, Quintana Bureba, Rublacedo de Abajo, Valmala, Valle de Manzanedo y Villanueva de Teba. Son muy pocos en invierno y, a pocas familias que lleguen en agosto, las cifras se multiplican extraordinariamente, lo que aumenta la presión sobre unos servicios de abastecimiento y depuración de aguas, basuras, atención sanitaria, seguridad, telecomunicaciones, etc.
Belorado, Condado de Treviño, Espinosa de los Monteros, Medina de Pomar, Oña, Salas de los Infantes, Villadiego y Villarcayo, todos ellos con censos fijos que superan el millar o varios millares de vecinos, doblan también su población. Briviesca puede llegar a superar los 10.000 habitantes y Medina rozar los 20.000 en los próximos días, por citar algunos ejemplos.
Por contra, los menores crecimientos demográficos estivales se registran en los principales núcleos del alfoz de la capital, que presentan una población más estable durante todo el año y que incluso experimentan crecimientos en el censo gracias a su cercanía a la capital, los precios más atractivos de la vivienda y el incremento y la mejora de los servicios públicos. Son Albillos, Arcos, Arenillas de Riopisuerga, Buniel, Cardeñadijo, Cogollos, Fuentespina, Orbaneja Riopico, Quintanilla Vivar, Rabé de las Calzadas, Sotragero, Torresandino, Villagonzalo Pedernales, Villalbilla de Burgos, Villariezo y Villayerno Morquillas, entre otros.
Lo mismo ocurre con Miranda de Ebro y Aranda de Duero, que son emisores de veraneantes a los pueblos de su órbita geográfica.
vivienda. Todo lo anteriormente expuesto se matiza con la comparativa de las sucesivas encuestas. En el año 2000, hace casi dos décadas, el aluvión de veraneantes era incluso mucho mayor, alcanzando los 282.000. En conjunto, la provincia podía llegar a soportar 465.600 habitantes en las fechas clave del verano, un número imposible de alcanzar ahora.
A principios de siglo se contabilizaban 133.500 viviendas en nuestros pueblos, el 52% de las cuales eran residencia de los censados, de la población estable, el 37% de los veraneantes y había un 10% que estaban desocupadas. En 2011, el  censo de vivienda realizado por el Instituto Nacional de Estadística, se contabilizaban 161.429 viviendas, el 50% de las cuales eran principales. El último censo registra aún más crecimiento y contabiliza 172.600, buena parte de las misma se localizan en el alfoz de la capital y en los grandes núcleos urbanos de la provincia.
A las casas particulares hay que sumar la oferta hostelera, que suma 9.800 plazas (sin las de la capital). Dentro de ellas hay hoteles, casas de turismo rural, albergues, hostales de carretera, pensiones...
La encuesta sitúa 353 plazas hosteleras en Santo Domingo de Silos, una referencia turística. Su alcalde y hostelero, Emeterio Martín, asegura que el turismo «da la vida al pueblo y, lejos de ser una moda pasajera, no deja de crecer». Más de 50 empleos dependen durante agosto de la llegada de los turistas. Es más, buena parte de la economía de Silos descansa en los viajeros, que han desplazado a la agricultura. En este caso, los turistas son los que pernoctan (una o dos noches) y los veraneantes los que llenan las terrazas y la barra de los bares. «Este mes estamos a tope. Gracias a agosto y a los puentes festivos es viable tener un hotel en el mundo rural».
otro verano. Pero hoy no solo hay menos gente y más casas vacías, también ha cambiado la forma de veranear. Antaño, la casa del pueblo era ocupada a lo largo y ancho de todas las vacaciones escolares, los meses de julio y agosto. Hoy, la temporada alta rural se ha estrechado desde el Día de Santiago, el 25 de julio, hasta el Día de la Virgen. Son fechas extraordinarias en el mundo rural: gente, coches, animación, consumo...
La primera quincena de julio y la de septiembre queda reservada para los jubilados, que apuran del buen tiempo para disfrutar de la tranquilidad rural y los últimos coletazos de la huerta. Los más fieles suman junio y octubre, hasta la fiesta de Todos los Santos. Para ellos el paso por el cementerio y el recuerdo de los que antaño vivieron en los pueblos marca el final del verano y el principio del largo invierno del Burgos rural.