Diez años del crimen de Legión Española

I.E.
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El inspector que investigó el doble asesinato se ganó la confianza de Cristina Ramos para recuperar los cuerpos de su madre y su hijo el día de su arresto. Un cigarro pudo dar al traste con sus propósitos

Los restos de los globos hallados en la Cartuja y en el coche de la asesina encajaban como un puzzle, prueba de que ella era la autora. - Foto: Luis López Araico

Era el año en que Miguel Carcaño mató a Marta del Castillo y ocultó su cadáver en un lugar que ni él ni sus cómplices han revelado aún, lo que ha causado gran dolor a la familia y numerosos quebraderos de cabeza a los investigadores. Ya en ese 2009 -la joven fue asesinada el 24 de enero- en la Policía Nacional cundió el temor de que otros homicidios «se sevillanizaran», es decir, que se diera el caso de otros crímenes en los que, aun deteniendo al autor, los cuerpos de las víctimas no aparecieran. Pues bien, ese mismo año -que también fue el del atentado contra la casa cuartel y el del asesinato de Carlos Sáenz de Tejada a manos de ETA-, tuvo lugar en Burgos un doble asesinato en el que esa posibilidad planeó sobre la Comisaría. Fue el que cometió Cristina Ramos Maté, quien mató a su madre y a su hijo pequeño en su piso de Legión Española y después abandonó sus restos en dos parajes distintos, La Cartuja y el término de Sotragero. La rapidez con que la Brigada de la Policía Judicial se puso a investigar la denuncia de la desaparición de la abuela, la habilidad de sus hombres y mujeres para que la homicida ‘derrotara’ y confesara y la pericia de la Científica en el hallazgo de pruebas permitieron que el caso se cerrara con éxito y con los dos cadáveres en la mesa de autopsias.   
Los protagonistas de aquella investigación -de la que se cumplen 10 años en este 2019- rememoran los hechos. Alfonso Rodríguez, inspector actualmente al mando del Grupo 2 de Robos de la Comisaría, recuerda aquellos días. El 5 de agosto se topó en su mesa con una «nota» en la que se detallaba que inquilinos del número 15 de Legión Española echaban de menos a una de sus vecinas, Teresa Ramos. El prurito profesional venció a la tentación de meterla en el cajón, pues en ese mes no son pocos los burgaleses que se van de vacaciones o al pueblo y desaparecen de su casa sin avisar a nadie. Esa misma tarde acudió con otro compañero al Primero B del bloque. No contestó nadie, pero escucharon los gemidos de un perro que arañaba la puerta.

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