El linaje del frío

R.P.B.
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En el veinte aniversario del indulto a Gamarro, aquel toro colorado al que Ponce hizo una faena inolvidable en El Plantío, Antonio Bañuelos evoca aquella tarde mágica que catapultó a la ganadería burgalesa. "Gamarro supuso un antes y un después"

Antonio Bañuelos, rodeado de recuerdos en La Cabañuela. - Foto: Jesús J. Matí­as

Era el quinto de la tarde. Colorado de pinta y 468 kilos en canal. Gamarro de nombre. Enrique Ponce, de celeste y oro, lo recibió con una tanda de verónicas y lo sacó a los medios. Había algo en el ambiente, cual si la tarde hubiera mutado en oro y todo pareciera posible. Incluso la magia y la perfección. Entre medias, un hondo pozo de silencio y de misterio. El ganadero Antonio Bañuelos se hallaba en el callejón, sosegado porque estaba siendo una buena tarde, y con cierta ansiosa curiosidad por ver cómo se desenvolvía aquel morlaco cuyas hechuras tanto le habían gustado; aquel animal de carácter solitario y huidizo que se pasaba los días a la sombra de un árbol de La Cabañuela, rehuyendo todo contacto, acaso preparándose para esa tarde de gloria. "Gamarro supuso un antes y un después para la ganadería", reflexiona Bañuelos veinte años después del indulto que catapultó al hierro burgalés, a los toros del frío.


"Nos hizo empezar por el final. Mientras algunas ganaderías nunca han conseguido que les indulten un toro, nosotros empezamos así. Ya durante el año anterior habíamos levantado mucha expectación entre las figuras del toreo, y gracias al empresario conseguimos aquel mano a mano entre Enrique Ponce y El Juli. Sí: hubo un antes y un después de Gamarro", apostilla mientras recorre con la mirada una de las estancias nobles de La Cabañuela, donde trofeos, fotografías, recuerdos y carteles ya empiezan a adquirir un tono sepia, dando medida del transcurrir del tiempo, nada menos que un cuarto de siglo desde que pusiera en marcha tan apasionado sueño. Y, sin embargo, parece que fue ayer: a la memoria de Antonio Bañuelos acuden precisas evocaciones de aquel soleado y caluroso 2 de julio de 1999. 


"Era una corrida muy bonita. Todos eran toros bajos de manos, con mucho cuello. La tarde iba bien, lo cual no es difícil con aquellos dos toreros en aquel momento. Yo tenía curiosidad con Gamarro. Tan solitario siempre -jamás se mezcló en ninguna pelea-, era manejable, tenía una nobleza extraordinaria". Nada más salir, Bañuelos comprobó que Gamarro humillaba mucho, pero con fijeza. Hacía el avión y embestía con casta y con codicia. Se comportó con el caballo y ya en banderillas se vio que era un buen toro. Entonces Ponce cogió la muleta. "La faena fue magistral e interminable", escribiría José María Sanvicens al día siguiente en este periódico.


Bañuelos lo recuerda así: "Desde que cogió la muleta, plantó las zapatillas, quieto, y Gamarro no dejó de embestir". Evoca con orgullo la bravura de la res sin olvidar el papel esencial que, para el brillo del animal, tuvo su pareja de baile aquella tarde: "Ponce supo transmitir toda la emoción, toda la plasticidad... Un toro excepcional se encontró con un torero excepcional. Y a un toro bravo es muy difícil torearlo y lucirlo. Ponce aún se acuerda de este toro". Muletazos en redondo, todo armonía y cadencia, con el paño barriendo la arena, la mano bien abajo; naturales de campanillas, alguno abrochado con trincherilla, y varios pases de pecho fueron llevando al tendido tanto asombro como dicha. Y el runrún creciente del indulto, que al cabo se convirtió en clamor: once mil almas, la plaza llena, solicitando la vida del bravo animal.


"Creo que, en aquel momento, fui incapaz de captar todo aquello. Esto no lo hubiera podido contar media hora después", confiesa el ganadero. Como la presidencia no decía esta boca es mía, el tendido rugió, tiñéndose de blanco. Mientras tanto, Ponce a lo suyo: más tandas en redondo, rematadas con muletazos por alto, rodilla en tierra, abaniqueo y desplante de rodillas, como describiría Sanvicens. Y Gamarro, con enorme calidad, sin perder codicia, pura bravura. Al cabo asomó el pañuelo naranja y aquello fue el delirio. Bañuelos necesitó tiempo para digerirlo, para ser plenamente consciente de ello. Recuerda, eso sí, la emoción del momento, la magia. Y algunos instantes deshilvanados: "Cuando llegó la hora de matar, alguien le dio una banderilla para simular la suerte. Y yo pensé que no había ninguna necesidad. Entonces, con mucha torería, la rechazó, y utilizó la mano. La plaza se vino abajo". Los ojos de Bañuelos se humedecen de repente y un leve temblor le atenaza la garganta pese al tiempo transcurrido. "Es que fue mucha emoción... Son recuerdos maravillosos. Y esas sensaciones sólo se dan en la tauromaquia".


En una de las paredes en las que se acumulan los recuerdos hay dos fotografías históricas de aquella tarde. Una recoge el momento en el que el diestro valenciano le da la estocada simbólica a Gamarro; en la otra, Ponce y El Juli a hombros flanqueando al ganadero, también a hombros. "Creo que en lo único en lo que pensaba en ese momento era en no caerme. No recuerdo nada. No puedo explicarlo", dice sonriendo, aún con emoción.


Una gran responsabilidad. Por la noche, recobrada la calma, ya con plena conciencia de lo sucedido, Antonio Bañuelos supo que aquel momento histórico y tan hermoso conllevaba una gran responsabilidad. "Algo así te obliga. Supone mucho. Te hace saber que hay sangre brava, buena. Y que exigiría mucho trabajo y sacrificio, una selección exhaustiva. En España se indulta un toro de cada 4.000 que se lidian. Gamarro fue una motivación para seguir creyendo. Y en esa línea hemos seguido, manteniendo la selección de los tentaderos así como las hechuras de las madres, para conseguir que año tras año, camada tras camada, las hechuras sean paralelas y se mantenga una regularidad de embestida bastante alta. En una ganadería que está en buen momento, pueden embestir un 50 o un 60 por ciento de los toros. Esa regularidad es la que mantenemos. Lo difícil no es tener un indulto nada más empezar, sino mantenerse después de veinte años con las figuras del toreo con las que estamos, en los carteles en los que estamos y a las plazas que vamos", indica.


Gamarro marcó toda una genética. Estuvo cubriendo muchísimos años. Bañuelos calcula que pudo engendrar 400 animales. Algunos hijos de Gamarro han sido posteriormente indultados. "El semental que viene de un indulto es, para el ganadero, el ejemplar más completo. Es la aportación del aficionado a la fiesta, a la cabaña brava, para que reproduzca sus comportamientos en el ruedo". También le enseñó al ganadero que el toro solitario y tímido suele ser más bravo que el peleón, que desarrolla más genio en la plaza mientras que el tímido desarrolla más bravura. "No es lo mismo embestir con bravura, que requiere nobleza -esperar a que te llamen, humillar, dejarte llevar muy despacio y muy templado- que el que se mueve mucho y levanta los pitones, el que se mueve todo el tiempo, va y viene y no deja al torero mandar".


Cada evocación de Bañuelos está teñido de nostalgia. "Todo está lleno de recuerdos, de afición, de pasión, también de sinsabores". Pero su entusiasmo por el toro de lidia sigue intacto. Gamarro murió hace cuatro años, tras una vida plena, pero su legado ha sido excepcional. Él abrió el camino. Él fue el rey de la manada, el iniciador de un linaje que no ha dejado de dar sus frutos. Por el campo de la ganadería burgalesa pastan y trotan hoy becerros que tienen ese mismo aire bravo y noble del quinto toro de la tarde del 2 de julio de 1999, el perfil reconocible de aquel morlaco colorado que se ganó seguir viviendo, que propició una de las faenas más hermosas de cuantas se han visto en el coso de El Plantío y que catapultó a la estirpe de los toros del frío para ubicarla en uno de los lugares nobles del escalafón taurino.

Y olé.