"Terminé un pleno a las tres y a las cinco di a luz"

Á.M.
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Blowin´in the wind. Conversaciones sobre Burgos (XXV).Carmen Santos de Quevedo. Abogada.

"Terminé un pleno a las tres y a las cinco di a luz" - Foto: Alberto Rodrigo

Gregorio Peces Barba fue testigo de su boda, preparó juicios con Felipe González y entró en la política de la mano de Juan Manuel Reol Tejada. Fue una mujer en un mundo de hombres, una pionera, una de las contadas concejalas de la primera corporación municipal de Burgos tras la dictadura y la única que ostentó la Vicepresidencia de la Diputación. Y ha sido abogada, activista de multitud de causas, madre de tres hijos... Una vida apasionante la de Santos de Quevedo. Todo comienza en 1946. Su padre, trabajador del Banco de España, vino un verano a Burgos, "conoció a mi madre y, como las mujeres tiramos mucho, al final se vino para acá". Ella tenía un año cuando su familia arraigo en un emplazamiento envidiable: La Flora.

De su infancia recuerda pasar las tardes jugando en las calles, "ir a jugar al Castillo desde que teníamos nueve o diez años, subir a los chapiteles de la Catedral sin ningún problema o entrar a misa por la puerta de la Pellejería, algo que era maravilloso y ahora no se puede hacer porque siempre está cerrada". Ese conocimiento de la ciudad vieja -y de la vieja ciudad- le provocó una "pena profunda" cuando el entorno de la Seo entró en "una época de abandono y degradación" que ahora "se ha recuperado felizmente".

Sus padres animaron a Carmen a cursar estudios universitarios. Se fue a Valladolid a estudiar Derecho. "Entonces eran muy pocas las que salían fuera a estudiar, pero yo tenía claro que quería trabajar y, a ser posible, ayudando a la mujer". De ahí que parte de su carrera la desarrollara en el ámbito del Derecho Familiar (también Civil). Pero la Universidad, por entonces, tampoco era el refugio de las libertades que cabría esperar. "Cuando estaba en tercero, nos encerramos en la Catedral de Valladolid para reivindicar los derechos de los estudiantes. Éramos como 40 mujeres y 400 hombres. Vino la Policía y me libré de que me detuvieran porque me ayudaron a salir por los tejados, pero el rector de la Universidad sí se enteró de quiénes habíamos estado allí. Abrió expediente a todas las mujeres y a ningún hombre. Su argumento no era que fuéramos una rojas, que tampoco era el caso. Su argumento era que éramos unas fulanas por habernos encerrado con los hombres. Mi padre se fue a hablar con el rector y le puso los puntos sobre las íes. Los expedientes no proliferaron, pero yo me fui a Madrid a terminar la carrera", recuerda.

Cuando lo hizo, la única mujer colegiada en Burgos era Carmen Conde, madre del magistrado Pablo Llarena. Conde aprobó después la oposición para ser secretaria judicial, lo que en cierto modo dejó a Santos de Quevedo como la ‘madre’ de las abogadas burgalesas. "En uno de los primeros juicios que tuve en la magistratura -por entonces no existía el juzgado de lo Social- me tocaba defender a unas trabajadoras de ORY. La secretaria era Conde. En un momento dado, el juez se enfadó y dijo que lo mejor que podíamos hacer la secretaria, la letrada y las empleadas era irnos a casa a hacer las labores propias de nuestro sexo. Tal cual". Hoy se ríe de todo aquella ‘trama social’ del Burgos más casposo posible, pero se las tuvo de todos los colores. Y también fuera de los juzgados. "Empecé a dar Derecho en la filial del Juan Yagüe, un instituto que había en la barriada del (por entonces) mismo nombre. Era en un bachillerato administrativo gracias al que después me fui encontrando a muchas de mis alumnas trabajando en los juzgados, en el Gobierno Civil o en la Tesorería de la Seguridad Social. La cuestión es que no nos pagaban bien, así que la Caja de Ahorros del Círculo Católico dijo que nos adelantaba el sueldo, pero con la condición de que fuera nuestro marido a firmar. Y para el pasaporte igual, tenía que ir el ‘maridito’ a darte permiso. Si te llevabas bien no era problema, pero si no, imagínate". Ella se llevaba bien, conste. 

HACIA LA POLÍTICA. Las barreras, advierte, empezaban a caer en la vida real. Recuerda que al poco de casarse (con el también abogado Mariano Martínez de Simón) "hubo un  conflicto importante en una empresa mirandesa que por entonces se llamaba Altamira". "Yo participé de la defensa, vino Gregorio Peces Barba e invitamos a Felipe González, que por entonces todavía era un abogado. Preparábamos los juicios en mi casa o en mi despacho y ninguno puso nunca la más mínima pega", ejemplifica. No era mala compañía: uno fue presidente del Gobierno de España y el otro presidente del Congreso y rector de la Carlos III.

Su primer acercamiento a la política ("en la Universidad no me afilié a ningún partido, pero en realidad militaba en un montón de causas", aclara) fue a través de "un partido fundado por Antonio Martín, algo anterior a la UCD", pero "Juan Manuel Reol Tejada supo que estaba entrando en política y me llamó para sumarme a su proyecto político, que me pareció muy interesante. A través de Reol conocí a Paco (Francisco) Montoya, que después sería el presidente de la Diputación con el que trabajé". La amistad de Carmen con Paco, como ella llama siempre al que fuera primer presidente provincial de la democracia, se mantuvo firme hasta el fallecimiento de Montoya, en 2013. "Fue un hombre muy trabajador y nada personalista. Él creó la denominación de origen Ribera del Duero, por ejemplo, y nadie, salvo algunas bodegas muy concretas, parece acordarse". Ella, sí.

No faltó quien le interpeló con mala sombra que su presencia en las listas electorales obedecía al simple hecho de que era una mujer. "Contesté que si esa era la forma de entrar y poder trabajar por lo que me gustaba, adelante". Y entró. Fue una de las tres únicas concejalas elegidas en las urnas en las elecciones 1979 (celebradas un martes, por cierto). Las otras dos fueron Lucía Eroles y Rosa de Lima Manzano, a las que se uniría Carmen Munguía por la renuncia de José Luis Calzada Picón.

De ese tiempo recuerda que la política no era un campo de trincheras en las que los contendientes perseguían aferrarse a un sustento vitalicio. Había motivos, había objetivos y "había categoría". "Rosa Manzano y yo éramos muy amigas. Yo estaba en el partido de gobierno y ella en el PSOE, pero las dos vimos que faltaban guarderías en Burgos. Nos fuimos a ver qué habían hecho en Madrid y Pamplona y al final se abrió la primera guardería municipal, la de Río Vena". Sí, esa que se iba a empezar a construir de nuevo en este mandato en el que tanto se ha discutido sobre quién debía salir en las fotos.

Recuerda a compañeros de otros partidos "que aportaban muchísimo, como Luis Escribano, del PSOE; Leandro Alzaga, del Partido Comunista, o Enrique Plaza, por entonces en Coalición Democrática", y afirma con rotundidad que "se trabajaba mucho, empezando por el propio (José María) Peña", con el que por cierto "no fueron fáciles las relaciones entre el grupo del Ayuntamiento y el de la Diputación, que era en el que yo estaba". Efectivamente, Santos de Quevedo se volcó en la política provincial y fue elegida vicepresidenta de la Diputación. Se pateó la provincia. Enterita.

Aquellos pueblos y comarcas se parecían poco a los de hoy. Cuando salieron a comprobar el tajo que tenían por delante, Carmen y sus compañeros se toparon con escenas "inimaginables". Esa España poblada era también la España vaciada. Vaciada de inversiones, dotaciones, infraestructuras y servicios. "La mayoría de los pueblos no tenían ni siquiera una carretera por la que llegar. Paco (Montoya) y Eusebio (Barañano) tuvieron una magnífica idea: la Diputación compró tres máquinas de asfaltar y puso a disposición de los pueblos dos o tres trabajadores que pudieran dirigir los trabajos, de forma que los propios vecinos podían trabajar en el asfaltado de la carretera de llegada y en las del propio municipio. Fue un éxito porque había meses en los que prácticamente no había tarea en el campo. Para evitar que todo se convirtiera en un mar de alquitrán, establecimos premios para los municipios que incorporaran jardines y otros elementos".

También firmaron "el primer convenio con la Iglesia para tratar de salvar las iglesias que todavía se podían salvar". Es eso que hoy se conoce como ‘convenio de las goteras’, otra decisión visionaria. Mientras Santos de Quevedo pide un té antes de relatar estas historias, tres diputados provinciales toman café en la barra del establecimiento del Espolón en el que nos hemos citado. Ninguno parece saber quién es.

HACIA EL FUTURO. La pasión por la política activa le duró cuatro años, pero sigue al cabo de cuanto sucede en todos los ámbitos de la administración y a la actualidad de lo partidos. No lo lleva bien. "A veces pienso que me he trasladado a vivir a un pueblo de la provincia. Menos culturalmente. Mira, ahí sí he descubierto una gran oferta. Una de las cosas que más ganas tenía de hacer era ir a la ópera. Nunca había tenido una tarde libre, así que estuve yendo a Madrid dos años. Hasta que me enteré de que Van Golem retransmite los estrenos de Londres y se ven y oyen estupendamente. Pero lo demás me entristece mucho. El comercio se está muriendo; no entiendo por qué en Valladolid o Vitoria tienen tanto y tan buen comercio y aquí no paran de cerrar. Y luego veo que hay mucha empresa pero los jóvenes se van. Soy una persona optimista, pero no puedo serlo con el futuro de la ciudad", lamenta.

Cuenta que cuando piensa en política acaba "llorando por las esquinas, y si se trata del Ayuntamiento lloro por adelantado". Acudirá a cumplir "como persona responsable que soy" con su derecho al voto, pero admite que es probable que decida el sentido del mismo "unos veinte minutos antes". Ella, que trabajó codo con codo con algunas de las personas más influyentes de la Transición, tiene una teoría acerca del desgaste que sufren los partidos políticos y, por proyección, la política en general. "Si te pones a analizar los número uno, dos y tres de cada lista... Nos quedamos todos en casa. En los partidos hay gente que cada vez vale menos. Yo soy fan de los jóvenes, me encanta ver a personas jóvenes ocupando puestos de responsabilidad y creo que están muy preparados. Sin embargo, ¿cuánta de esa gente joven válida y preparada hay en los partidos? ¿Cuántos de los que están han trabajado en algo? No, estar en el partido desde las juventudes no es hacer una carrera. Los líderes buscan a otro más tonto para que haga de número dos sin hacerle sombra. Y así consecutivamente, el dos pasa a ser el uno. ¿Cuánta gente válida de verdad conoces metida en política?, interpela. A otra cosa.

Al balance de lo que quedó atrás. Santos de Quevedo es rápida con el retrovisor: "Estoy contenta: he trabajado y he salido adelante. Lo que me preocupa es el futuro de España y de mis nietos, eso sí", resuelve. Y tanto que trabajó. Ha ejercido durante 45 años y tuvo que hacer de la necesidad virtud para cumplir con todas las responsabilidades que asumió. "Recuerdo que terminé un Pleno de la Diputación a las tres de la tarde y a las cinco di a luz a mi tercer hijo, una niña. Llamé al presidente y le dije que tenía una niña. Me dijo: ya sé que tienes una niña. Le contesté: no, otra nueva".  Poco después se vio envuelta a una reunión interminable en el Gobierno Civil. "Tuve que salir pitando porque seguía dando el pecho y se me salía la leche". "Ahora -termina- se habla mucho de las madres trabajadoras, pero antes también lo fuimos, y con muchos menos medios que ahora. No había madrugadores y en vacaciones los niños eran para ti, no para el centro cívico. Antes era la imaginación al poder, ahora recurrir a papá Estado y, si no me lo solucionan, me enfado". Olvidamos advertirles que Carmen tampoco tiene pelos en la lengua. Lo hacemos ahora.