Una juventud curtida por dos crisis

H.J.
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La generación nacida entre 1985 y 1990, a la que la recesión financiera truncó el final de sus estudios, se enfrenta de nuevo a la incertidumbre económica cuando empezaba a lograr la ansiada estabilidad

De izquierda a derecha Eva Martín, Gorka Manero, Carlota Martínez y Andrés Seoane - Foto: ALBERTO RODRIGO

Carlota, Andrés, Eva, Gorka, Diego y Melissa nacieron en una España que iba como un tiro. En la segunda mitad de los años 80, con el país como miembro recién llegado a la entonces llamada Comunidad Económica Europea, el paro no era un problema y las perspectivas dibujaban un futuro prometedor.

Completada la transición a la democracia, alejados los fantasmas del 23-F, con el turismo disparándose y los fastos del 92 en el horizonte, cuando sus padres los trajeron al mundo difícilmente podrían imaginar que serían víctimas del atropello de dos crisis económicas sin dejar de ser jóvenes.

Los burgaleses nacidos entre 1985 y 1990, que ahora cumplen entre 30 y 35 años, sufrieron el crack financiero de finales de la década pasada cuando ni siquiera habían terminado de estudiar y ahora que empezaban a plantearse mejoras laborales, comprarse un piso, independizarse por fin o ampliar la familia se enfrentan a otro momento de tremenda incertidumbre.

El coronavirus ha mandado a unos cuantos al pozo sin fondo del desempleo, a otros les está obligando a replantearse sus prioridades y a todos les tiene inquietos por no saber cuál será su mañana.

Seis de ellos nos cuentan cómo están viviendo la situación desde sus circunstancias particulares mientras comentan también lo que escuchan entre su familia y amigos. Cuatro residen en Burgos capital y los otros dos viven fuera de la provincia, e incluso fuera de España en el caso particular de uno de ellos, como botón de muestra del éxodo al que masivamente se han visto obligados para labrarse un futuro mejor.

Su juventud, aunque ya estén más cerca de la plena madurez que de la adolescencia, todavía les permite conservar las energías suficientes para tener una mirada optimista y ganas de reinventarse, pero si la pandemia y sus consecuencias sobre el mercado laboral se prolongan demasiado acabarán por hacerles perder la ilusión y convertirlos en toda una generación tristemente acostumbrada a vivir en crisis.

Unos se replantean sus prioridades, otros están en paro y a todos el futuro les tiene inquietos.

Carlota Martínez Sáez (1990)

Profesora de Historia

"Parece que no tenemos derecho a la tranquilidad"

La primera crisis la golpeó cuando estaba en la universidad y recuerda aquello como "una espada de Damocles porque tenías que esforzarte con una presión constante, matándonos a estudiar porque el peligro estaba ahí, el final de los estudios era un embudo y mucha gente a la que conocías se iba al paro". Con dos máster en su currículum y tutora de segundo de Bachillerato en el colegio Saldaña, estaba a punto de comprarse una casa pero ha decidido congelar por el momento este tipo de planes. Es consciente de que en la enseñanza concertada "dependemos de la coyuntura, de la natalidad que influye mucho y de aquí a unos años no se sabe cómo irán las cosas". Mientras tanto sigue también impartiendo cursos para la asociación de antiguos alumnos de la UBU y siente "desolación porque la mitad de mis amigos se han ido al ERTE. Parece que nosotros no tenemos derecho a la tranquilidad".

Eva Martín Karraskedo (1985)

Licenciada en Humanidades. Desempleada

"No quería renunciar a formar una familia y pensé que después habría menos problemas para encontrar trabajo"

Como tantos de su generación, tiene una licenciatura (Humanidades) y dos máster, pero primero tuvo que trabajar en un bar para pagarse los estudios y después en un hotel hasta que llegó su segunda hija hace cuatro años. "Decidí tener hijos porque no quería renunciar a una familia y mientras no trabajaba podía dedicarme a ellos. Pensé que después tendría menos problemas para encontrar trabajo (sin bajas por maternidad, escolarizados...) pero... no", relata. Ahora apunta con tristeza que "con todo lo que luchas y te esfuerzas para poder estudiar, te ves con 34 años, poca o ninguna experiencia en tu campo (poco currículum) y sin esperanzas de que la cosa mejore". Ahora ignora qué pasará con ella y si tendrá más tiempo para prepararse las oposiciones de enseñanza secundaria o habrá suerte con alguno de los currículums que ha dejado en centros concertados.

Gorka Manero (1987)

Técnico de prevención de riesgos

"Estudié lo que quería pero luego no había nada"

La decisión de cursar Ciencias del Mar en Vigo no podía sonar mejor. Una carrera nueva y aparentemente bonita, pero cuando acabó se topó con la realidad: "No nos cogían a nadie. Si no eras biólogo o geólogo no interesabas. Estudié lo que yo quería pero en el mundo laboral luego no había nada". Tratando de diferenciarse del resto y de mejorar hizo un máster y tampoco mejoraron sus perspectivas. Desechó la idea de irse al extranjero a la vista de las experiencias frustradas de otros amigos y finalmente se especializó en Prevención de Riesgos Laborales. Ahora trabaja en una empresa burgalesa y "la impresión general entre mi círculo más cercano es que ya nos costó salir de aquella y ahora volvemos otra vez a la incertidumbre, al miedo a que muchas cosas caigan en picado".

Andrés Seoane (1990)

Licenciado en Comunicación Audiovisual. Desempleado.

"Trabajaremos en tareas digitales que todavía no existen"

"Si ya de por sí mi titulación tenía poco paro, encima nos topamos con la crisis", ironiza este licenciado en Comunicación Audiovisual que ha trabajado en dos periódicos locales (entre ellos Diario de Burgos) y una radio. "Aprendí más en una semana en la redacción del DB, haciendo especiales de pueblos, que en cuatro años de carrera", recuerda de aquella etapa periodística que finalizó para dar paso a tres años en la Universidad Isabel I. Allí se incorporó al departamento de comunicación y posteriormente pasó a encargarse de márketing y contenidos digitales, hasta que justo hace unos días acaba de perder el empleo. Con ello se ha frustrado el proyecto de irse a vivir con su pareja y admite que no sabe qué hará ahora. Quiere quedarse en España, no descarta tampoco una experiencia en el extranjero, pero de algo se muestra convencido: "Ya demostramos que podíamos sacrificarnos y ahora nos tendremos que reinventar, reciclarnos profesionalmente y acabaremos trabajando en tareas que ahora todavía no existen, en un mercado laboral digital".

Diego Gorráiz (1989)

Ingeniero, ahora trabajando en hostelería en Edimburgo

"Mis trabajos peor pagados han sido justo los de ingeniería"

Estudió por tradición familiar, cuando para un ingeniero de Caminos "parecía imposible que faltara el trabajo" ante la profusión de obras públicas y privadas, pero al año de iniciar la carrera estalló la primera crisis. Gracias a una beca de la Junta estuvo tres meses en Manchester (Reino Unido), después en un estudio en Burgos y peritando como falso autónomo en Madrid. "Los trabajos que peor me han valorado económicamente han sido precisamente los de mi sector, pues estaba bastante lejos de los mil euros mensuales", relata, así que pensó en convertirse en Policía Nacional, aburrido de la ingeniería. Tras dos intentos fallidos, a principios de febrero se fue a Edimburgo y allí le pilló el coronavirus, trabajando como recepcionista nocturno en un hotel mientras sigue preparándose online para hacer otro intento de opositar. Ha sido el único de sus compañeros que ha conservado todo este tiempo el empleo, aunque ahora ejerce como vigilante, y por ello respira en cierta medida aliviado: "No tenía pensado volver a corto plazo, así que esto de momento no me trastoca mucho".

Melissa Barbero (1986)

Arquitecta de interiores, ahora en San Sebastián

"Hay que enfocar esperanzas y fuerzas para reinventarnos"

Al acabar la carrera, y a la vista de la crisis que comenzaba entonces, decidió irse a hacer la temporada en una isla. De ahí pasó a Barcelona, donde estuvo siete años que le dieron para cursar dos másters y trabajar en estudios de interiorismo, tiendas de decoración y como camarera en bares para compaginarlo con los estudios. En Madrid empezó de freelance y hace medio año se fue junto a su socio y pareja a San Sebastián. Allí han montado el estudio ‘Espacio en Bruto’, enfocado a las reformas de interiores, diseño de mobiliario y realización de infografías en 3D. Ya están notando los efectos secundarios de la Covid "pues proyectos en los que habíamos puesto mucha ilusión se cancelan porque los clientes no se atreven, no pueden o no quieren meterse ahora en reformas". Cuenta que trabajar por cuenta propia es al mismo tiempo frustrante y empoderador, un proceso de crecimiento personal rápido "a base de prueba y error". De cara al futuro tiene claro que hay que enfocar "esperanzas o fuerzas, no sé el qué, para reinventarnos".